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viernes, 30 de junio de 2017

LA CARNE


Acabo de leer esta novela; en realidad podría haberlo hecho en el mismo momento en que se publicó, 2016, pero por circunstancias que no vienen al caso, aunque creo que algo tienen que ver con lo que ocurre en La carne, he “tenido” que ir a la Feria del Libro de Madrid, ver a Rosa Montero y no poder dejar de saludarla porque no es sólo una de mis autoras preferidas, me gustaría pensar que, de pertenecer a su círculo y vivir en Madrid, podríamos haber congeniado a la perfección, incluso ser amigas. Puede que sea totalmente pretencioso por mi parte, pero esta es la impresión que tuve la primera vez que leí algo de ella, creo que fue Te trataré como a una reina, y el presentimiento que me invadió al hablar con ella sobre la Historia del rey transparente, por cierto, novela de 2005 que aún sigo recomendando a mis alumnos.

El caso es que he terminado La carne y justo al final me ha decepcionado «Querido lector, quisiera pedirte un favor. Y consiste en que guardes silencio [...] porque, si se cuenta, se arruina la estructura, el ritmo y el misterio del texto. Muchas gracias» ¡¿En serio?! Después de que tengo el libro lleno de anotaciones, porque me ha fascinado (lo he leído en dos días, y eso que no dispongo de mucho tiempo últimamente), ¿cómo voy a guardar silencio?... Pues, intentaré hacerte caso, querida autora, y no desvelar demasiado de la trama. Sí puedo decir, creo, que nada más empezar, se produce una expectación ansiosa en el lector derivada de los temas universales que aparecen: el amor y el desamor, la pasión y el dolor, el temor a la soledad y la fortaleza del ser humano, el pánico a la derrota y la vitalidad ante ella, el miedo al fracaso personal y el triunfo profesional o la frustración profesional y el triunfo personal. Son temas absolutos, lo novedoso es que todos ellos están condicionados, tienen en su origen en los malos tratos.

La carne es una novela en la que la fragilidad de la persona aparece desde el mismo momento en que nacemos y no nos abandona hasta la muerte, terrible consecuencia que se instala en el universo para recordarnos precisamente que somos frágiles, que somos tan débiles que en cualquier momento se pueden romper los hilos que nos mantienen.

¿Dónde está el origen de la desgracia? ¿Es el propio destino? En este sentido, el universo de La carne, el universo real, no difiere tanto del que aparece en El peso del corazón y la protagonista, Bruna Husky me ha recordado en numerosas ocasiones a Soledad; Bruna sabe que está programada para vivir 10 años, Soledad ha cumplido 60, por lo que también es plenamente consciente de su fecha de caducidad, ambas perciben su debilidad, ambas piensan con tristeza en la muerte y a las dos las embarga la soledad, aunque son mujeres duras, luchadoras, que intentan fortalecerse tras cada caída para llegar con alegría al final y para vivir con entusiasmo ese día a día que marca implacable el paso del tiempo.

Por eso Soledad decide montar una exposición sobre Escritores malditos; malditos porque fueron considerados malvados, miserables o de malas costumbres. En un momento de la novela, a la arquitecta responsable se le ocurre, para la muestra, el nombre de Escritores excéntricos, después de conocer que aparecerán William Burroughs (se arrancó un dedo como prueba de amor a su degenerado amante), Philip K. Dick (esquizofrénico), Pedro Luis de Gálvez (fusilado por los fascistas —entre otras razones— por fanfarronear con que había matado en la guerra a miles de ellos), Guy de Maupasant (sifilítico y suicida en potencia), María Lejárraga (excluida socialmente por divorciarse de Martínez Sierra, para quien había escrito toda su vida, a pesar de las infidelidades de él y haber tenido un hijo con una actriz para la que María debía escribir papeles teatrales), María Luisa Bombal y María Carolina Geel (dispararon por celos a sus amantes), o Josefina Aznárez, única escritora ficticia de todos los nombrados que formarán parte de la exposición, pero que sirve para hacer un guiño a otros autores reales como Eslava Galán en Misterioso asesinato en casa de Cervantes «unos cuatro meses después de que Josefina quedara huérfana, llegó a Santander un caballero de mediana edad llamado Luis Freeman [...] Nadie sospechó ni por un instante que ese tipo alto y bien plantado de suave acento extranjero fuera la pobre Josefina.»

La historia de Josefina Aznárez es una metanovela que aparece en La carne. Pero no sólo eso, estructuralmente La carne guarda sentido con el contenido, pues la exposición que Soledad quiere montar tendrá forma de espiral, y como en una espiral vamos pasando de un escritor a otro, de un personaje extraño al libro a otro que conecta a la perfección con alguno de La carne, de un suceso ficticio de otro libro que se enreda en la realidad de esta novela «Soledad sabía bien cuál era su futuro, sabía en qué se iba a convertir, porque Dolores era su retrato de Dorian Gray», a un sentimiento ilusorio engarzado en otro real, de un libro casi real escrito por Montero a otro ficcional escrito por Ana, la vecina de Soledad «...le puse de forma provisional El libro de las Anas, porque son historias de varias mujeres jóvenes y sus relaciones amorosas que son un desastre [...] —Llámalo Crónica del desamor. Seguro que le pega —dijo Soledad».

Como en el infierno de Dante vamos bajando esa espiral hasta llegar a lo más profundo del ser humano, a la realidad total y absoluta, a la verdadera Rosa Montero.

Pero como en La loca de la casa, donde se mezclan también literatura y vida, biografías y autobiografía, hemos de tener en cuenta que lo más probable es que los sueños y la realidad se confundan para, en la mayoría de casos, salvarnos de nuestros miedos, de la mediocridad.

No sé por qué razón, en un principio, al ojear la sinopsis del libro, no me apeteció leer La carne. Inmediatamente me pasó por la cabeza Hombres desnudos, de Alicia Giménez Barlett, y no tenía ganas de enfrentarme de nuevo a la humillación de sentirse inútil o infravalorado en una sociedad dura hasta el extremo con el ser humano. Nada más lejos de la realidad; la verdad es que fue la propia Rosa Montero quien, en la Feria, me convenció de que no “sufriría” con el libro y, efectivamente, me he alegrado enormemente de leerlo; si en Hombres desnudos el lector experimenta una catarsis que lo deja en paz consigo mismo, en La carne, no sólo el lector, quiero creer que su escritura ha sido también catártica para la autora, pues consigue mezclar la realidad y la ficción para que sea la propia vida la que resulte una purificación. Al leerla, le lector se siente bien, se identifica con Soledad, sufre con ella, la entiende, empatiza y, en muchas ocasiones la admira, no sólo por su bondad, por su desprendimiento hacia los demás, sino por su ironía, sarcasmo en ocasiones, y casi siempre su fino sentido del humor a pesar de los horrores vividos: «En realidad, ahora Dolores se parecía de verdad a la madre de ambas. A esa chiflada que las encerraba en un armario cuando salía —y salía todo el rato—, supuestamente para que no se hicieran daño. A esa malvada. Hacía falta ser mala para llamarlas Soledad y Dolores. Y lo peor es que las dos habían cumplido el terrible mandato nominal».

Esa liberación interior queda casi explícita en el texto «...hago lo mismo que con los personajes de mis novelas, te metes dentro de esas vidas [...] es lo que decía el romano Terencio “nada de lo humano me es ajeno”».

Montero empatiza con sus personajes, con todos, por lo que consigue que los sueños (espero que los suyos también) se hagan realidad.

Realidad-ficción, catarsis lectora-catarsis creadora, literatura-vida, amor-desamor, éxito-fracaso, humillación-dignidad... Lo que rige la novela es la dualidad; como connota el título, la carne es la esencia del libro, pero no lo sería sin el complemento de la mente. No sabemos si el cuerpo es el que aporta sentimientos a la mente o es ésta la que condiciona, al menos de forma subjetiva, a la carne. Parece que será el cuerpo el que domine, pero no todo es lo que parece.

El dualismo antitético comienza con el nombre de la protagonista Soledad Alegre; a su vez se desdobla en Dolores Alegre, su gemela, a través de la cual nos transmite el dolor atroz que atormenta su psique, aunque también lo haga el deterioro físico.

Asimismo hay un antagonismo entre los supuestos amantes, su edad no encaja aunque sus mentes y sentimientos lo hacen perfectamente.

El suspense narrativo es constante aunque la claridad y fluidez de la escritora transformará, a cada paso, la angustia en ternura.

La humillación de los protagonistas es evidente, pero el humor sutil con que aceptan la vida arrebata gran parte de esa degradación.

Es real como la vida misma, pero la magia de Rosa Montero envuelve todas y cada una de las páginas.


«Escritores malditos», pero la maldita es esta sociedad que los rechaza.

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