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viernes, 30 de junio de 2017

LA CARNE


Acabo de leer esta novela; en realidad podría haberlo hecho en el mismo momento en que se publicó, 2016, pero por circunstancias que no vienen al caso, aunque creo que algo tienen que ver con lo que ocurre en La carne, he “tenido” que ir a la Feria del Libro de Madrid, ver a Rosa Montero y no poder dejar de saludarla porque no es sólo una de mis autoras preferidas, me gustaría pensar que, de pertenecer a su círculo y vivir en Madrid, podríamos haber congeniado a la perfección, incluso ser amigas. Puede que sea totalmente pretencioso por mi parte, pero esta es la impresión que tuve la primera vez que leí algo de ella, creo que fue Te trataré como a una reina, y el presentimiento que me invadió al hablar con ella sobre la Historia del rey transparente, por cierto, novela de 2005 que aún sigo recomendando a mis alumnos.

El caso es que he terminado La carne y justo al final me ha decepcionado «Querido lector, quisiera pedirte un favor. Y consiste en que guardes silencio [...] porque, si se cuenta, se arruina la estructura, el ritmo y el misterio del texto. Muchas gracias» ¡¿En serio?! Después de que tengo el libro lleno de anotaciones, porque me ha fascinado (lo he leído en dos días, y eso que no dispongo de mucho tiempo últimamente), ¿cómo voy a guardar silencio?... Pues, intentaré hacerte caso, querida autora, y no desvelar demasiado de la trama. Sí puedo decir, creo, que nada más empezar, se produce una expectación ansiosa en el lector derivada de los temas universales que aparecen: el amor y el desamor, la pasión y el dolor, el temor a la soledad y la fortaleza del ser humano, el pánico a la derrota y la vitalidad ante ella, el miedo al fracaso personal y el triunfo profesional o la frustración profesional y el triunfo personal. Son temas absolutos, lo novedoso es que todos ellos están condicionados, tienen en su origen en los malos tratos.

La carne es una novela en la que la fragilidad de la persona aparece desde el mismo momento en que nacemos y no nos abandona hasta la muerte, terrible consecuencia que se instala en el universo para recordarnos precisamente que somos frágiles, que somos tan débiles que en cualquier momento se pueden romper los hilos que nos mantienen.

¿Dónde está el origen de la desgracia? ¿Es el propio destino? En este sentido, el universo de La carne, el universo real, no difiere tanto del que aparece en El peso del corazón y la protagonista, Bruna Husky me ha recordado en numerosas ocasiones a Soledad; Bruna sabe que está programada para vivir 10 años, Soledad ha cumplido 60, por lo que también es plenamente consciente de su fecha de caducidad, ambas perciben su debilidad, ambas piensan con tristeza en la muerte y a las dos las embarga la soledad, aunque son mujeres duras, luchadoras, que intentan fortalecerse tras cada caída para llegar con alegría al final y para vivir con entusiasmo ese día a día que marca implacable el paso del tiempo.

Por eso Soledad decide montar una exposición sobre Escritores malditos; malditos porque fueron considerados malvados, miserables o de malas costumbres. En un momento de la novela, a la arquitecta responsable se le ocurre, para la muestra, el nombre de Escritores excéntricos, después de conocer que aparecerán William Burroughs (se arrancó un dedo como prueba de amor a su degenerado amante), Philip K. Dick (esquizofrénico), Pedro Luis de Gálvez (fusilado por los fascistas —entre otras razones— por fanfarronear con que había matado en la guerra a miles de ellos), Guy de Maupasant (sifilítico y suicida en potencia), María Lejárraga (excluida socialmente por divorciarse de Martínez Sierra, para quien había escrito toda su vida, a pesar de las infidelidades de él y haber tenido un hijo con una actriz para la que María debía escribir papeles teatrales), María Luisa Bombal y María Carolina Geel (dispararon por celos a sus amantes), o Josefina Aznárez, única escritora ficticia de todos los nombrados que formarán parte de la exposición, pero que sirve para hacer un guiño a otros autores reales como Eslava Galán en Misterioso asesinato en casa de Cervantes «unos cuatro meses después de que Josefina quedara huérfana, llegó a Santander un caballero de mediana edad llamado Luis Freeman [...] Nadie sospechó ni por un instante que ese tipo alto y bien plantado de suave acento extranjero fuera la pobre Josefina.»

La historia de Josefina Aznárez es una metanovela que aparece en La carne. Pero no sólo eso, estructuralmente La carne guarda sentido con el contenido, pues la exposición que Soledad quiere montar tendrá forma de espiral, y como en una espiral vamos pasando de un escritor a otro, de un personaje extraño al libro a otro que conecta a la perfección con alguno de La carne, de un suceso ficticio de otro libro que se enreda en la realidad de esta novela «Soledad sabía bien cuál era su futuro, sabía en qué se iba a convertir, porque Dolores era su retrato de Dorian Gray», a un sentimiento ilusorio engarzado en otro real, de un libro casi real escrito por Montero a otro ficcional escrito por Ana, la vecina de Soledad «...le puse de forma provisional El libro de las Anas, porque son historias de varias mujeres jóvenes y sus relaciones amorosas que son un desastre [...] —Llámalo Crónica del desamor. Seguro que le pega —dijo Soledad».

Como en el infierno de Dante vamos bajando esa espiral hasta llegar a lo más profundo del ser humano, a la realidad total y absoluta, a la verdadera Rosa Montero.

Pero como en La loca de la casa, donde se mezclan también literatura y vida, biografías y autobiografía, hemos de tener en cuenta que lo más probable es que los sueños y la realidad se confundan para, en la mayoría de casos, salvarnos de nuestros miedos, de la mediocridad.

No sé por qué razón, en un principio, al ojear la sinopsis del libro, no me apeteció leer La carne. Inmediatamente me pasó por la cabeza Hombres desnudos, de Alicia Giménez Barlett, y no tenía ganas de enfrentarme de nuevo a la humillación de sentirse inútil o infravalorado en una sociedad dura hasta el extremo con el ser humano. Nada más lejos de la realidad; la verdad es que fue la propia Rosa Montero quien, en la Feria, me convenció de que no “sufriría” con el libro y, efectivamente, me he alegrado enormemente de leerlo; si en Hombres desnudos el lector experimenta una catarsis que lo deja en paz consigo mismo, en La carne, no sólo el lector, quiero creer que su escritura ha sido también catártica para la autora, pues consigue mezclar la realidad y la ficción para que sea la propia vida la que resulte una purificación. Al leerla, le lector se siente bien, se identifica con Soledad, sufre con ella, la entiende, empatiza y, en muchas ocasiones la admira, no sólo por su bondad, por su desprendimiento hacia los demás, sino por su ironía, sarcasmo en ocasiones, y casi siempre su fino sentido del humor a pesar de los horrores vividos: «En realidad, ahora Dolores se parecía de verdad a la madre de ambas. A esa chiflada que las encerraba en un armario cuando salía —y salía todo el rato—, supuestamente para que no se hicieran daño. A esa malvada. Hacía falta ser mala para llamarlas Soledad y Dolores. Y lo peor es que las dos habían cumplido el terrible mandato nominal».

Esa liberación interior queda casi explícita en el texto «...hago lo mismo que con los personajes de mis novelas, te metes dentro de esas vidas [...] es lo que decía el romano Terencio “nada de lo humano me es ajeno”».

Montero empatiza con sus personajes, con todos, por lo que consigue que los sueños (espero que los suyos también) se hagan realidad.

Realidad-ficción, catarsis lectora-catarsis creadora, literatura-vida, amor-desamor, éxito-fracaso, humillación-dignidad... Lo que rige la novela es la dualidad; como connota el título, la carne es la esencia del libro, pero no lo sería sin el complemento de la mente. No sabemos si el cuerpo es el que aporta sentimientos a la mente o es ésta la que condiciona, al menos de forma subjetiva, a la carne. Parece que será el cuerpo el que domine, pero no todo es lo que parece.

El dualismo antitético comienza con el nombre de la protagonista Soledad Alegre; a su vez se desdobla en Dolores Alegre, su gemela, a través de la cual nos transmite el dolor atroz que atormenta su psique, aunque también lo haga el deterioro físico.

Asimismo hay un antagonismo entre los supuestos amantes, su edad no encaja aunque sus mentes y sentimientos lo hacen perfectamente.

El suspense narrativo es constante aunque la claridad y fluidez de la escritora transformará, a cada paso, la angustia en ternura.

La humillación de los protagonistas es evidente, pero el humor sutil con que aceptan la vida arrebata gran parte de esa degradación.

Es real como la vida misma, pero la magia de Rosa Montero envuelve todas y cada una de las páginas.


«Escritores malditos», pero la maldita es esta sociedad que los rechaza.

miércoles, 21 de junio de 2017

MI VERDADERA HISTORIA


Última novela de Juan José Millás, y, aunque es cierto que apenas llega a las cien páginas, no se puede considerar relato, o cuento, en todo caso novela corta.

Mi verdadera historia contiene las recurrencias típicas, existencialistas, de las novelas de Millás: el hecho en sí, el tema fundamental, que ahora comentaremos, es en realidad la huida de la verdadera obsesión del narrador protagonista: su padre, aquél que enmarca el principio y el final de todo lo que sucede. «Yo escribo porque mi padre leía». Mediante estos términos recíprocos el protagonista está dispuesto a corresponder a su padre de la misma forma en que él se ha comportado. En cuanto ha declarado su actuación, y mediante la función fática, establece un contacto con el lector para que se involucre en el cuadro que va a describir: «Miradme», y que connota su universo: lóbrego «los muebles oscuros», conminatorio «no grites», opresor «no corras por el pasillo», imperativo «baja la televisión». Este universo en el que se mueve ha conseguido hacer de él, asimismo, alguien confuso, inseguro «oscuro yo también detrás de la butaca», inexistente; ni siquiera tiene nombre, a lo largo del texto es llamado como «pobre crío», «el idiota», «el niño de los cojones».

La causa, tanto de este ambiente como de su personalidad aparece asimismo en las epíforas de cada una de las oraciones antes expuestas, «papá lee».

Así pues, el principio de la novela despierta ya en el lector una desazón que no lo abandonará hasta el final. La función apelativa introduce un primer desdoblamiento. El protagonista exhorta al lector a que se convierta en él, a que sienta un dolor parecido a la ansiedad mística del «muero porque no muero», «sentid en vuestro corazón cómo se detiene el mío [...] y huid de la escena del crimen sofocándoos porque no respiráis y asfixiándoos porque respiráis demasiado».

El ambiente inquietante y repetitivo, expuesto desde el primer momento, revela otras recurrencias u obsesiones del autor: El espacio de actuación es reducido, no tanto como el de Desde la sombra, pero este universo se queda en la familia, una familia que se divide empequeñeciendo aún más el ambiente del protagonista puesto que él no se relacionará con ambas partes a la vez.

El microcosmos que rodea al protagonista es el que verdaderamente le influye a la hora de tomar decisiones, actuar o pensar; de hecho, ninguno de los dos lugares en los que se desarrolla su historia le pertenece plenamente, en ninguno de los dos se siente identificado. Está solo desde el principio —esa soledad tan millasiana— y de alguna forma lo asume, puesto que, al darse cuenta de que es aceptado por alguien ante quien no ha podido desdoblarse, la abandona. El desdoblamiento en el que vive se convierte entonces en una ironía del destino que lo atrapa emplazándolo al nihilismo absoluto.

No obstante, el lector se identifica con el protagonista en algunas circunstancias, cuando no en todas. No sólo el protagonista, también los otros personajes son víctimas de una angustia existencial de la que intentan salir identificándose, al menos en algunos momentos, con la soledad, y en otros con la dualidad; el sentimiento de culpa escondido que martillea la mente en un devenir constante consigue personajes atormentados, hiperbólicos en el sufrimiento, en el remordimiento insistente y, sin embargo, hay situaciones específicas que nos conectan a la lectura: el desamparo, el sentimiento infantil de no sentirse querido o aceptado, la irracionalidad de determinadas acciones, «mi madre lleva un rato observándome. Ella asustada, desvía la vista», la compasión mal entendida, lo pernicioso, la morbosidad, el no querer admitir la realidad para eludir responsabilidades y malos momentos «le da miedo iniciar una conversación seria, una conversación que pudiera conducirnos a hablar del accidente», el comprometerse con alguien a quien no se quiere porque sólo se aprecia a uno mismo, la necesidad de alimentar un ego desmesurado hasta resultar ridículo «La tele hizo de él un hombre necesitado de audiencia: solo habla para gustar», el miedo al paso del tiempo y la negación a sus estragos (las anáforas temporales acortan ese tiempo que, aunque queramos, no se detiene «Ya oía el ruido de las sirenas [...] Ya me encontraba [...] Ya lograba [...] Ya cerraba la puerta [...] Ya alcanzaba...»), el egoísmo «Cada uno en su sitio, cada uno en su mundo, con un secreto horrible circulando entre los tres»... son actitudes que se dan en la realidad; la clave es que Millás las aglutina todas en los tres personajes.

Irene no es sino la consecuencia fatídica de todas ellas «En cierto modo, la estoy matando para acabar con el último testigo de un crimen». Como una Ofelia del siglo XXI debe soportar la llaga que el protagonista le provoca; ella es la que constantemente le recuerda que la vida y la imaginación se confunden, por eso, nuestro Hamlet particular decide abandonarla «pienso que si me casara con Irene, si tuviéramos hijos, heredarían el estigma del que soy portador».

En Mi verdadera historia se desdibuja, como en el resto de novelas del autor, la línea que separa realidad y ficción, que no es otra cosa que continuar la vida impostada que nos hemos fabricado o romper con todo y empezar de nuevo, pero esto en la existencia diaria cuesta trabajo, puede que el protagonista lo sepa e intente un final realista, más previsible, que lo diferenciaría del resto de novelas de Millás; sin embargo, este final probable se traduce en siniestro al sustituir los antónimos recíprocos con los que empezó la novela por otros complementarios «En todo caso se enterará cuando lea este relato al que estoy a punto de echar la llave, todavía no sé si desde fuera o desde dentro. Si me quedo dentro seré un hijo de ficción el resto de mis días.»

El protagonista ha completado, y perfeccionado, la labor que su padre hizo con él.

Hay algo sin embargo, que caracteriza a Millás y que no he encontrado: el humor; es una novela demoledora. Puede que sea una novela corta pero el sello de identidad de Juan José Millás está presente en las heterogéneas dobleces de la existencia, que quedan expuestas en las escasas cien páginas; con tenacidad exhaustiva la novela evoca que la vida es una sucesión de hechos, repetidos en su mayoría, que se diferencian muy poco de los sueños, lo único que puede cambiar es el punto de vista con que los observamos «»siempre estoy empezándola, como si se repitiera [...] Pero cada versión es diferente [...] mi forma de mirarlos —los sucesos— se modifica con el paso del tiempo».


Muy bueno Millás, con más o menos humor, pero siempre profundo, tocando en la llaga.

jueves, 15 de junio de 2017

LAS BARBAS DEL PROFETA



Libro basado en una de las materias, ya eliminadas tan injustamente del currículo de Educación, como otras que forman parte de las Humanidades. La Historia Sagrada era una asignatura que, si bien en algunos momentos hacía temer por nuestro final tras la muerte, en muchos era fuente de placer y para despertar la curiosidad, la imaginación y el gusto por la literatura. Indudablemente había pasajes incomprensibles, no entendíamos cómo de una pareja nada más se pobló la tierra, más aún cuando Adán y Eva tuvieron 2 hijos, Caín y Abel, pero ya se sabe, lo inexplicable era alegórico, metafórico o parabólico. Pero por mucho que nos recordasen que no había que tomar las cosas al pie de la letra, he de reconocer que, en momentos difíciles de mi infancia, odiaba profundamente a Adán y Eva pues yo me imaginaba que, de no haber sido por su pecado tonto, podría haber vivido en ese paraíso, sin preocuparme de los estudios o carencias infantiles.

El caso es que ha ocurrido así en todas las religiones, y en todos los mitos, y estaba bien que los niños, aunque no leyeran la Biblia, supieran quién era Job, o Abraham o lo más elemental de una religión a la que, eso sí, pertenecía todo el mundo y sin embargo muy pocos lo hacían por convicción, de hecho si realizásemos, ahora o antes, encuestas para saber quiénes son los lectores de la Biblia, probablemente no llegásemos al 25% de los llamados católicos. Esto, que no admite discusión en otros aspectos de la vida, nadie que no tenga el título correspondiente puede ser médico, o fontanero, en la religión se relaja de forma alarmante puesto que el estudio de la Biblia no es obligatorio para formar parte de la comunidad cristiana. Debe haber otros intereses por parte de la iglesia, si no no se explica que tampoco haya subsistido la Historia Sagrada, materia que, según quién la redactara, informaba de algunos aspectos bíblicos con mayor o menor profundidad. Yo la cursé; era entretenida y me sirvió para ampliar mi cultura. Más tarde, cuando me introduje algo más en la religión griega, latina o egipcia, me di cuenta de que muchos de los pasajes de la Biblia tuvieron su fuente en diferentes mitologías y religiones. Así que sí servía la Historia Sagrada para ayudar a las cabecitas que la estudiaban a ser críticos y razonadores en un futuro, aunque en la infancia no entendiésemos cómo pudo parir María y seguir siendo virgen (imagino que los niños griegos tampoco entenderían cómo Zeus en forma de lluvia de oro logró fecundar a Dánae y que ésta pariese a Perseo nueve meses después). Lo que es innegable es que cuando consigues realizar tus propias interpretaciones, cuando logras cuestionar diferentes escritos, sean bíblicos o no, empiezas a formar tu identidad y, lo más importante, empiezas a valorar los libros en general y la literatura en particular.

Pues Las barbas del profeta es un libro para todos, para quienes no hayan estudiado Historia Sagrada, porque van a aprender algo de ella y de paso de su cultura, y para los que sí la cursamos, porque pasaremos un rato súper divertido, agradable y reflexivo, como siempre que leemos algo de Eduardo Mendoza. «El segundo mandamiento que Jehová dio a Moisés en el monte Sinaí dice: No te harás imagen ni ninguna semejanza de lo que está arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra» ¿Por qué la religión católica ha sido entonces tan explícita con sus imágenes, tanto pictóricas como escultóricas? ¿Para que sus seguidores no diesen rienda suelta a la imaginación? ¿Para infundir temor entre los fieles? Es cierto que hay imágenes que asustan, pero otras no lo han conseguido «La figura patriarcal de Dios padre sale más favorecida. En cambio el Espíritu Santo no tiene arreglo».

No debemos  perder de vista a nuestros mitos originales, puesto que en ellos está la base de lo que somos y la base de nuestro pensamiento; al conocerlos podremos recapacitar, en este caso con Mendoza, sobre lo que se considera ético, o moral, o simplemente fe ciega o creencia.

Y como todo lo que escribe este autor, nos ayuda a reflexionar en profundidad y con una sonrisa constante derivada de la amenidad e ironía de su estilo. «Pero seamos sinceros: Jesucristo no nos caía simpático. El mensaje de amor y perdón poco tenía que ver con nuestras circunstancias, y por el contrario, la insistencia en la renuncia, en el sacrificio y la penitencia no encajaban en la cabeza de unos niños que sólo querían jugar y ser felices» (Seguro que ha debido ser por esto, o algo parecido, por lo que ya no se estudia Historia Sagrada, ni mitología, y seguro que, por algo similar tratamos de evitar a las nuevas generaciones todo lo que suponga memoria histórica).

Las barbas del profeta es un libro que pide a gritos la concordia, que medita sobre la importancia de la convivencia, que refleja, por supuesto, la personalidad de este último y merecidísimo Premio Cervantes, hombre de paz y de gran sentido del humor, cualidades que se ven en su obra y que, en la que nos ocupa, aporta asimismo el sello de identidad sobre el autor «Entre los ángeles hay un grupo muy numeroso que es el de los ángeles de la guardia. Es un concepto más próximo al mundo de las hadas y los enanitos. Los adultos pocas veces piensan que un ser invisible está siempre a su lado, velando por su pupilo y anotando cuidadosamente sus buenas y malas obras».


martes, 6 de junio de 2017

EL ASESINO DESCONSOLADO



Es una pena, pero la octava entrega de la juez Mariana de Marco no es una novela policíaca. O al menos, no de las buenas. He leído las otras siete, he seguido las peripecias de la jueza y, las primeras novelas de la saga me gustaron, eran diferentes, no llegaban a novela negra sino que, mucho menos escabrosas constituían una trama bien hilada que quedaba salpicada por las anécdotas personales de la protagonista.

José Mª Guelbenzu dotó a Mariana de unos atributos propios de cualquier detective de novela policiaca, rasgos que conforman la personalidad investigadora que, en algunos casos, desvelan una mente atormentada y en otros una singularidad en la persona, pero en todos son los responsables de la genialidad de quien los porta.

Mariana de Marco tenía como principales características la intuición y la constancia en el trabajo, características laborales, porque sus atributos personales son la desinhibición sexual, un físico despampanante y una afición por el whisky que raya casi en el alcoholismo. En El asesino desconsolado, Mariana ha cumplido 46 años y mantiene su físico en plena forma, gracias a las carreras que practica por las mañanas; asimismo su adicción al alcohol no ha disminuido, la capacidad de recuperarse tras una noche bebiendo es casi mágica, sin embargo la intuición escasea, si no es que desaparece; a la jueza de Marco le falla el olfato de investigación, de hecho, no hay en la novela una inspección como tal, tampoco encontramos observación detallada, ni por parte de la policía, que se deja llevar limitándose a resolver lo que dice Mariana, ni de la propia Mariana que se aleja de su trabajo para meterse de lleno en su vida privada, en concreto en la relación que mantiene con Julia, su mejor amiga y con Javier Goitia, su presunto novio.

Ambos vínculos se desarrollan, en esta novela, poco definidos; nos queda la impresión de que con Javier intenta echar un pulso constantemente para ver quién tiene el poder en la relación, para ser ella quien dirija en todo momento los actos y las decisiones. Han pasado años desde que su marido la dejó y aún no lo ha superado. En cuanto a su unión con Julia es, como poco, ambigua; la mayoría de ocasiones no queda claro si es mera amistad o si traspasa los límites del cariño para introducirse en la atracción sexual, es cierto que Julia confiesa en El asesino desconsolado ser bisexual, pero, y no es que importe, en Mariana no es del todo evidente. En cualquier caso he visto una evolución insegura en su vida privada, se han dado demasiadas coincidencias que han influido en su conducta y han conseguido afectar a su trabajo.

En cuanto a la trama hay que buscarla con detenimiento. Todo gira en torno a un edificio al que se acaba de mudar Julia; en el momento en que lo está celebrando con su amiga Mariana llaman a la puerta y al abrir se encuentran con un cadáver apuñalado por la espalda. ¿Por qué llama el asesino y sale corriendo? ¿Por qué no lo deja simplemente tirado y se va? No lo sabemos. Sí nos damos cuenta de que el edificio es algo peculiar. Ni uno solo de los vecinos tiene un comportamiento normal; encontramos un chico medio loco, un hombre de negocios que parece ser su jefe, dos primas dudosas cuyo comportamiento pasa de la intromisión a la mala educación, y el asesinado, un jubilado, en principio muy normal, cuya única extravagancia era poseer un cuadro, o copia, de Monet.

Lo lógico es encauzar la investigación por el cuadro, pero se va liando todo y aparece muerto el portero, y cuando creían haber dado con la clave, también muere el galerista.

Lo más curioso no es esto, que podría estar bien, lo increíble es que apenas se soluciona nada. Los asesinos son descubiertos casi de casualidad, además suponemos que la policía los arresta pero no queda claro, como tampoco lo queda si el cuadro es verdadero o falso. Javier Goitia es enviado a París, por Mariana, para enterarse de la autenticidad del cuadro pero la novela termina antes de que llegue. Tampoco sabemos cómo Mariana consigue que Bartolo, uno de los asesinos, delate a los que faltan, ni qué fue lo que confesó Arturo, y podríamos haber estado al tanto puesto que el narrador, en tercera persona, es omnisciente y al principio mezcla la resolución del crimen con la de su vida «La vida junto a Javier se presentaba muy problemática [...] Tampoco le agradaba la idea de separarse de Julia [...] De pronto, sus pensamientos cambiaron de rumbo y regresó a la escena del crimen.»

Otras veces la voz narrativa cambia a Julia quien, en primera persona, cuenta aspectos tanto de su vida como de la de Mariana «Después de un silencio pedimos el postre. Desde unos días atrás Mariana manifestaba un comportamiento errático.» Efectivamente, tanto vagar de un lado para otro, de Marco descuida el caso, así que después de un lío que siempre vuelve al mismo sitio, Guelbenzu termina la novela de forma apresurada. Además de los cabos sueltos antes mencionados nos encontramos que la causa de que el libro se llame El asesino desconsolado, que parecía prometer algo imaginativo por los emoticonos llorosos, es algo totalmente infantil y casi fuera de contexto, como si el crimen no se tomara en serio; la idea religiosa es increíble del todo. Asimismo el argumento deja en suspense si las amigas continuarán juntas o no, y si Mariana continuará con Javier de la misma forma que hasta ahora. Lo que está claro es que deberá recuperar la intuición si quiere enganchar a los lectores. Ella no duda en creerse que, de pronto, ebria como estaba, le vino la solución gracias a algo que le reprochó Javier «se me hizo la luz cuando dijo que veía triple: esa palabra, triple, tres, fue la que me sugirió tres crímenes, tres asesinos cubriéndose entre sí». Puede ser por los efectos del alcohol, pero esa solución ya la apuntó antes Julia, y ni la juez ni el policía la tuvieron en cuenta:


—Es que [...] insistió Julia— son tres ejecuciones diferentes.
—Exactamente —afirmó Mariana.
—Tres —repitió Julia—. Las cuchilladas fueron distintas, una de un zurdo y la otra de un diestro. Y luego un estrangulamiento. Todo distinto


Y, por supuesto, creo que Mariana de Marco debe madurar como persona, dejar de obsesionarse por su físico (y el de su amiga) e intentar pensar en algo más profundo, para no caer en el mal gusto como le ocurre con Julia que, al ser violada por Arturo Álvarez, debe aguantar la salida de tono de su amiga «Yo creo que en cuanto se le pase la furia sexual que le ha dado por ti que, dicho sea de paso, estás muy buena —Mariana intentó quitarle hierro al asunto—, tendrá mucho que pensar y más que decirnos». En fin, más que broma parece una trivialización del asunto, y más cuando insinúa que la culpa ha sido de ella «y en albornoz, no te digo; así se puso Arturo como se puso. A quién se le ocurre abrir a casi un desconocido con esa pinta». No me gusta esta Mariana frívola, parece que esté quemando los últimos cartuchos de juventud, o madurez; el caso es que no es normal que su pensamiento sea tan tópico, y las situaciones por las que pasa, más tópicas todavía. Tanto ella como su amiga Julia son dos mujeres maduras, de éxito profesional, por lo que no me resulta creíble que piensen constantemente en su cuerpo «En más de una ocasión algún perro fue azuzado por su amo deseoso de trabar conversación con aquella alta y atractiva mujer» «Mariana, que se sabía atractiva, e interesante de cuerpo...» «¡Cáscaras! —exclamó divertida—, parezco más una modelo que una devoradora. Volvió a probar poses cambiando el ángulo de visión...»