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domingo, 5 de noviembre de 2017

NO ME TOQUES



Cuando terminamos de leer No me toques tenemos la impresión de que la estructura era algo desordenada, esto es sólo una impresión, otra magia de la literatura, porque en realidad está escrita a modo de diario, es decir, ordenado por días de forma lineal; puede que encontremos algún flashback o prolepsis que aportan cierta sorpresa al lector, pero en general es como un informe policial que el comisario Luca Maurizi, de la Jefatura de Roma, escribe desde el 7 de junio de 2010 hasta el 5 de julio del mismo año, cuando da el caso de la desaparición de Laura Garaudo por concluido. En este “informe” aparecen cartas de amantes de la protagonista, notas de secuestro, noticias periodísticas… diferentes modalidades con distintos tipos de letra para que sigamos el caso como si fuese actual

IL MESSAGGERO
LA DESAPARICIÓN DE LAURA GARAUDO
PODRÍA SER UN RAPTO

Si esto es así, incluso cada capítulo lleva como título el día del mes, ¿cómo antes he señalado el desorden estructural? Puede que sea porque el contenido no responde a ninguna modalidad textual concreta, en realidad no es un diario, aunque sepamos casi en todo momento los pasos que va dando Laura; tampoco es informe porque el comisario Maurizi no va dejando en comisaría el resultado de todas sus pesquisas, y sin embargo el lector no solamente es consciente de dónde está Laura, sale de Roma y pasa por Florencia, Pisa, Padua, Murano, Madrid… sino que, y esto es lo más importante, va tomando conciencia de cómo es esta chica, una joven de vida algo desordenada, capaz de cambiar de amante de forma constante a pesar de estar casada con el famoso escritor Mattia Todini, un sesentón que sabe perfectamente de la vida sexual de su mujer pero no se inmiscuye porque la adora, y ella a él; por eso siguen juntos aunque Todini no quiera profundizar sobre el porqué del comportamiento extraño de su mujer; la deja sola el tiempo necesario para que se le pase un malhumor que la invade de vez en cuando, sabe que tiene cartas guardadas de sus amantes y es incapaz de leerlas por considerarlo una profanación y no le interesa investigar sobre respuestas o silencios que Laura tiene ante él, se conforma con tenerla a su lado y a ella le basta sentirse, más que querida, protegida por un señor que la cuida, la respeta, le da libertad absoluta y no se enfada con las imprudencias que pueda cometer. Es una relación extraña la que mantiene el matrimonio, y Luca Maurizi es el encargado de desentrañar cómo es cada uno. El retrato psicológico que consigue de Todini no es demasiado profundo pero le basta darse cuenta de que para él, su mujer es como una hija, la que quiere y venera pues supone el acompañamiento a su vejez; por eso decide, incluso cuando es consciente de que Laura no ha muerto, a pesar de que las pistas señalen lo contrario, continuar la investigación para llegar a entenderla, para profundizar en una personalidad difícil, para saber por qué ha desaparecido o ha decidido desaparecer.

Para ello se entrevista con todos sus allegados, amantes, examantes, el profesor de universidad con quien trabajó en una investigación sobre Nolli me tangere, un cuadro de Fra Angélico en el que ella fue capaz de intuir algo que hasta entonces no había salido a la luz; se entrevista con su única amiga, que lo conduce a otra obra artística que impresionó bastante a Laura, The cocktail party, una representación teatral de T.S. Elliot; esta chica es quien lo pone al corriente de una novela que Laura terminó, todos pensaban que la estaba escribiendo al amparo de su marido para sacar provecho, y se la dio a ojear a ella. Así pues, Giulia es la única persona que leyó la novela puesto que una vez que lo hizo, Laura la destruyó «…me dijo que se había percatado de que no había escrito una novela, sino un balance de quiebra […] la historia de un girar en el vacío […] Creo que fue esto lo que le dio miedo. Y por esa razón, cuando se la devolví, la quemó».

El señor Todini permite al comisario leer las cartas de Laura puesto que todo lo demás que le pertenecía, el ordenador, los libros, las llaves de un piso que tenía (y que pone en venta), su dinero… todo se lo lleva sin dejar rastro. De esta forma conocemos que, a pesar de su inteligencia, y de la pasión con la que la abordó, dejó a medias la tesis sobre Fra Angélico porque se enamoró perdidamente del cadete Ernesto, perteneciente a la Academia Naval; por esta razón lo dejó todo y se fue con él. Al poco, Laura le comunicó por carta que estaba embarazada a lo que Ernesto respondió aturdido, primero, pues no se encontraba preparado para tener un hijo, pero tras meditarlo, pidió permiso en su destino para reunirse con Laura y celebrar la noticia, sin embargo Laura ya había abortado. En este caso es Ernesto el que la deja al no entender su reacción, mucho menos el que hubiera tomado la decisión tan repentinamente.

Asimismo, al leer la obra de Elliot, el comisario avisa al señor Todini de que su mujer puede haber huido con Wilson Peixoto, una especie de padre espiritual que les presentaron en el homenaje a un escritor brasileño; de hecho, el abogado de Laura vende su casa y transfiere todo el dinero a una cuenta de Peixoto a modo de dote. Pero la idea de que Wilson Peixoto quiera aprovecharse de Laura no se sostiene dado que él es millonario.

Entre todas las pesquisas que Manzini va desentrañando con gran agudeza se encuentra con las barreras típicas de la sociedad, las noticias periodísticas que llevan a falsas pistas y la presión de la propia policía que lo insta a cerrar el caso para no quedar más en ridículo ante todos, así como la presión moral del propio Todini, que vive en continua congoja desde la desaparición de su mujer; incluso es internado en el hospital al leer la noticia de su secuestro. Pero ambos, Maurizi y Todini, saben que no ha sido recluida, que ella está bien y que va dejando pistas de por qué ha tomado la determinación de desaparecer. Y entre todos los que han tenido contacto con ella llegan a la conclusión final, sorprendente para el lector, pero lógica para una personalidad inconformista como la de Laura. Por medio de los diálogos Andrea Camilleri desentraña a fondo la psicología de Laura Garaudo hasta el punto de que el lector empatiza con ella y respeta su decisión, como así hace el comisario.

Camilleri escribe una obra corta, bien podría llevarse al teatro pues lo de menos son las fechas del seguimiento de la investigación o las analepsis que surgen de vez en cuando. Si el personaje queda perfectamente retratado es por lo que piensan y dicen de ella cada uno de los que han tenido contacto con Laura.

No me toques podría encuadrarse en el teatro psicológico, aquél que deriva del realismo y naturalismo de Meyerhold para imbuirse con Antón Chejov o Luigi Pirandello en una reflexión vital sobre los grandes interrogantes de la existencia, el ser, el parecer, la verdad, el tiempo… la muerte.

Pero no es teatro, es una novela dialogada en la que, el creador de Salvo Montalbano, que curiosamente esta saga policiaca no ha sido llevada al teatro pero sí adaptada a la televisión por el propio Andrea Camilleri, utiliza a otro policía con rasgos que nos recuerdan a Montalbano, como la inteligencia, la fidelidad, el ser un antihéroe, la cultura que posee derivada de la lectura, el razonamiento y, sobre todo, la falta de prejuicios. Al coincidir estos dos detectives en la base de las novelas, al tratarse de novelas policiacas en las que lo de menos es la acción y lo más importante el sentido del humor, la bondad, la ingenuidad incluso de los personajes, me da la impresión de que éste es el sello del autor, un guionista televisivo, director teatral y novelista nonagenario, lúcido, inteligente y bueno.

El estilo es bastante coloquial, al tratarse de diálogos es usual dejar frases inacabadas

—Quizá porque querían retrasar el descubrimiento del secuestro.
—Es posible, pero…
—¿Pero…?

O utilizar expresiones corrientes típicas entre el habla policial —o de cualquier trabajo—, siempre de superior a subordinado

—¿Y cuál es esta prueba?
—Una rosa del desierto
—¿Qué coño dice?
—Disculpe. La rosa estaba dentro de un paquete…

Asimismo encontramos reflexiones enigmáticas, tanto de personajes reales de la novela

—…Y, como es natural, de esas cartas habrá obtenido una imagen, como poco, pésima de Laura.
—Con sinceridad, no.

como de otras metateatrales que sirven para aportar soluciones definitivas

Reilly: […] Ha dicho dos cosas: ¿cuál es la primera?
Celia: Una conciencia de soledad… Que uno está siempre solo.
Reilly: ¿Y el segundo síntoma?
Celia: Éste es aún más extraño… es un sentimiento de pecado.

Por supuesto no falta el humor, el buen humor, hiperbólico, metafórico, derivado en este caso de la criada, más preocupada por sus labores cotidianas que por lo que les pueda ocurrir a sus señores, gente que vive otras experiencias más idealistas

—¿Qué podía hacer? Lo he arrastrado hasta la cama y he llamado a su médico.
—¿Qué ha dicho el médico?
—Que ha sido el golpe de la carta…
—¿El médico ha leído la carta?
—Eh, sí.
—Y ahora, ¿dónde está?
—¿El médico? ¡Y yo qué sé!
—No, hablaba de la carta.
—¿Y dónde va a estar? Sobre la mesa de la cocina.
—Déjela allí. Llego enseguida.
—Pero deprisa. Tengo que ir a hacer la compra.

Aunque parezca increíble, en este informe policial-diario dialógico, lleno de referencias al arte, a la cultura, y a la biblia incluso «Nunca le he preguntado si era creyente o no, pienso que no lo es, aunque aplica al pie de la letra el precepto “Ama al prójimo como a ti mismo”», hay un fondo poético que es lo que consigue que la novela se lea de un tirón, mientras experimentamos, con esa protagonista ausente, sus mismos sentimientos.

Como director y guionista televisivo conocí a Camilleri en la serie policíaca Montalbano; por cierto, le puso ese nombre a su protagonista en honor de Vázquez Montalbán, a quien siempre le estuvo agradecido por haberle descubierto los secretos de la novela negra; por eso, según el propio Andrea, al recibir en 2013 el premio Pepe Carvalho, fue «sentir el calor de la amistad». Debe ser eso, que los grandes y los buenos se juntan y quedan unidos eternamente.


Pues me gusto la serie del comisario Montalbano, también disfruté con el joven Montalbano, pero no conocía al Camilleri novelista y, aunque un poco tarde, me he sentido reconfortada por dos cuestiones, la primera es que queda gente buena en el mundo, la segunda es que se pueden pasar los 90 años con una lucidez increíble.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

EL SÉPTIMO CÍRCULO DEL INFIERNO


La última novela de Santiago Posteguillo, si es que podemos considerarla novela, es apasionante, aunque ciertamente su encuadramiento en un género literario sea difícil —esta sociedad nuestra que ha conseguido tenerlo todo estructurado, incluso nuestra mente—.

¿Por qué, entonces, El séptimo círculo del infierno la he incluido como tal? Puede que porque consta de una serie de personajes ficticios, u obras literarias que conviven con sus autores en cada capítulo y que, aunque no tengan una trama en común los veintinueve capítulos que la componen, sí estén regidos por un mismo tema, todos son personajes malditos pues la sociedad los ha incluido en ese círculo dantesco al que iban los criminales o los blasfemos. Y sin embargo, Santiago Posteguillo encierra en este séptimo círculo del infierno de la Divina Comedia, el río Flegetonte, de sangre hirviente, guardado por el Minotauro y centauros, en el que las harpías y perras famélicas devoran o lanzan piedras a quienes quieran abandonarlo, a todos los perseguidores de la literatura, sacando a la luz, como si de un Orfeo se tratase, a esos libros que nunca han debido estar prohibidos por ser considerados pecado.

El autor califica al libro de «viaje literario» por el que la Historia pasa, y en la que los autores deben sortear «persecuciones, enfermedades, pérdidas de seres queridos, prisiones, intolerancia, campos de exterminio, servicios secretos, dictadores y hasta corruptos». Realmente es un infierno, y lo más grave es que no ha terminado. En pleno siglo XXI y en plena democracia sigue estableciéndose una censura sutil, por eso Posteguillo critica abiertamente los libros catalogados, en la web de la librería del Museo del Prado, desde LA1, moralmente aceptables, hasta LC3, censurables del todo por sexo o cuestiones religiosas; lista a la que le gustaría pertenecer pues están, entre otros «Goytisolo, Benedetti, John Irving, José Luis Sampedro […] por mencionar algunos autores inmortales y perversos. Un dulce infierno». Asimismo, Posteguillo, ataca la reducción  de «las asignaturas de humanidades. Eliminan horas de historia, arte, latín, griego, literatura, filosofía y tantas otras materias claves en la evolución del pensamiento humano». Está claro que el gobierno tiene miedo, como lo han tenido los gobernantes de todos los tiempos, de que llegue un momento en el que aparezca la revolución más temida «la de la inteligencia». Gracias Santiago por ser tan directo, gracias por apoyar, de manera indirecta —o directísima— a tantos profesores que, consternados, ven impotentes cómo no pueden educar a sus alumnos por el simple hecho de que no hay horas disponibles.

Pero no es momento ahora de analizar la buena, mala o pésima situación educativa por la que atraviesa nuestro país, sino de profundizar en esos autores que este escritor ha rescatado del olvido e insta a que los leamos, que reflexionemos sobre lo que ellos ya hicieron tiempo atrás.

En el siglo VIII a.C., Safo queda unida, mediante la escritura, a la actualidad, en este capítulo aparece el padecimiento que, al separarse de su adorada Atis, dejó escrito en un poema. Para insistir en su dolor pero también en sus ganas de luchar por los derechos de la mujer, no me cansaré de recomendar Atardecer en Mitilene, obra teatral de Andrés Pociña.

Es curioso cómo Horacio, tan conocido por sus odas, en el año 42 a.C. dejó por escrito el miedo que sintió en la batalla de Filipos y su huida

Contigo compartí el desastre de Filipos y una huida poco honorable, abandonando mi escudo de forma innoble…

Y es curioso porque, a pesar de su vergüenza, si no lo hubiese hecho probablemente no habríamos podido leer los mejores versos de la poesía latina.

Otro dato extraordinario de este “viaje” es el del escritor Rustichello da Pisa quien, en el siglo XIII, conoció a Marco Polo en la misma celda y redactó sus viajes, asombrado de que hubiese visitado Asia, porque Marco Polo no sabía escribir y, curiosamente fue Rustichello quien lo dio a conocer a la posteridad, aunque él, que «ya tenía algunos romances en lengua provenzal sobre los caballeros del rey Arturo […] fue un escritor tan genial como invisible».

Si hablamos de escritores invisibles no debemos olvidar a Cristina de Pizán quien, muertos su padre y su esposo, siguió adelante, sola, escribiendo, y en el siglo XIV fue capaz de entregar todo un manifiesto en favor del reconocimiento de los derechos de la mujer «germen de ideas feministas» La ciudad de las damas, leída o conocida por muy pocos en el siglo XXI.

Creo que a estas alturas queda clara mi admiración por el Siglo de Oro, por eso me ha encantado recordar ese Hombres necios con el que sor Juana Inés de la Cruz burló a la censura de la Inquisición, la misma que le prohibió ir a la universidad sólo `por ser mujer «siempre tan necios andáis / que, con desigual nivel, / a una culpáis por cruel / y a otra por fácil culpáis».

En el siglo XIX, nuestro donjuán por excelencia, José Zorrilla, intentó enamorar a Emilia Serrano a golpe de verso y, una vez que lo consiguió se zafó de ella como si fuese el propio Tenorio. Pero Emilia no quedó maltrecha, llegó a ser baronesa de Wilson y escribió numerosos artículos, obras literarias y el primer libro de viajes sobre el continente americano que existe, aun así todos recordamos los versos ripiosos y machistas de Zorrilla y pocos se acuerdan de la baronesa.

En fin, El séptimo círculo del infierno está plagado de sorpresas, la mayoría de ellas referidas a mujeres que han debido luchar contra el intrusismo, la ignorancia o el olvido, como Concha Espina que no llegó a conseguir el Nobel por un voto, y que a pesar de ser feminista, liberal y católica en el siglo XX, pocos han leído su novela El metal de los muertos, sobre los mineros en Córdoba, donde fue y convivió un tiempo para escribir con plena conciencia y denunciar las condiciones en las que trabajaban.

Sin embargo a Pearl S. Buck sí le concedieron el Nobel de literatura y, aun así estuvo proscrita en China desde que llegó el comunismo por haber tomado «una actitud distorsionada y vil hacia la gente de la nueva China y sus líderes», a pesar de haber luchado por la discriminación de los chinos en EE.UU. y haber constituido una agencia de adopción para niños mestizos que nadie quería.

Otra que fue vetada por el Comité de Actividades Antiamericanas, por haber simpatizado en algún momento de su vida con los comunistas, fue Vera Castany quien, a pesar de que sus novelas adaptadas al cine supusieron verdaderos éxitos de taquilla, no pudo escribir durante 10 años.

Son mujeres que han combatido el horror, que han superado su miedo al maltrato, la tortura, y se han impuesto sobre todos aquellos que sí han caído en el olvido como el marido de Buchi Emecheta, nigeriana que hubo de separarse para poder escribir, al tiempo que trabajaba, sacaba a sus hijos adelante y recibía el premio de la Orden del Imperio Británico. Premios que, a veces y a pesar de ser siempre justos y merecidos, no trascienden lo que debieran. En ocasiones, alguna famosa y aceptada, como Doris Lessing, llegó a utilizar un pseudónimo, a modo de experimento, sin obtener reconocimiento; de hecho al firmar como Jane Somers en obras similares a las que tuvieron éxito, éstas fueron catalogadas como «un precioso suéter tejido por una mujer con artritis», mientras que utilizando su nombre real consiguió el Nobel de 2007.

Todos conocemos, o al menos hemos oído hablar del spanglish pero pocos saben que este idioma puede que se deba a Dolores Prida, cubana que tuvo que exiliarse a Nueva York donde escribió su teatro de esa forma. Probablemente la cátedra de spanglish de la universidad de N. Y. se formó gracias a ella.

Merece la pena leer El séptimo círculo porque no sólo expone anécdotas o sucesos de otros tiempos sino otros totalmente actuales que todos deberíamos conocer, como que en 2004 se estrenó en Londres Romeo y Julieta en O.P. “original pronuntiation” y resultó que, teniendo en cuenta los cambios fonéticos surgidos desde hace años, los chistes del genio universal sonaban mejor y eran más atrevidos, pues al pronunciar como se hacía en el barroco, no se traducía «De hora en hora, maduramos y maduramos, / de hora en hora, nos pudrimos y nos pudrimos» sino «De puta en puta, maduramos y maduramos, / De puta en puta, nos pudrimos y nos pudrimos». No cabe duda de que este verso haría reír mucho más a un público ávido de morbo en los juegos de palabras y que hoy podemos recuperar en el Teatro Globe.


Y merece la pena llegar al final del viaje para ser testigos de la feroz crítica que Posteguillo hace no sólo a estos culpables del abandono de la cultura humanística; también arremete contra los gobernantes que, incultos e incapaces de pensar en algo que no sean ellos mismos y su bienestar, realizan experimentos con seres vivos sin saber nada de ciencia o de otra cosa que no sea corrupción, como el caso de Ana Mato que decidió matar a Excalibur, el perro de una enfermera contagiada de ébola, por si su animal de compañía lo transmitía al resto de la sociedad, en vez de preocuparse, como han hecho en otros países, de promover laboratorios y científicos en condiciones que puedan resolver estos problemas. Ya ha pasado un tiempo, y España sigue a la cola de la ciencia, así pues, nuestro autor nos ofrece una lista de perros que, a través de la literatura, lo han dado todo por sus dueños: Pilot, en Jean Eyre, Argos y Ulises, Buck, en La llamada de la selva, Crab, de Los caballeros de Verona, Laska, de Ana Karenina, Fang, de Harry Potter… o Cujo, el perro con rabia de Stephen King, que le regalaría a la ex ministra, Ana Mato.

jueves, 19 de octubre de 2017

LLUEVE SOBRE MI LÁPIDA


En la última novela de Juan Ramón Barat he encontrado los aspectos literarios que definen al autor junto a otros nuevos que me han sorprendido gratamente. Así pues, si ya me gustaba la narración de este valenciano, y no dejo de recomendarla a los jóvenes porque creo que es una buena fuente para iniciarse en la lectura, ahora considero que se hace imprescindible. Cualquier chico, a partir de 12 años (es por poner la edad con la que suelen entrar al instituto porque no me gusta etiquetar la literatura, de hecho yo sigo leyendo intrigada sus aventuras, puede ser que incluso antes también sea bueno que lean estas novelas), se siente fascinado por las tramas de Daniel Villena, el protagonista de una saga que empezó con Deja en paz a los muertos —que supuso un éxito rotundo— y ha terminado, por ahora, con Llueve sobre mi lápida. La mezcla de aventuras, peligro, investigación, realidad, suspense y personajes malísimos que son descubiertos por el protagonista es todo un acierto, una llamada al lector para que no se aburra; de hecho a la novela no le sobra ni le falta una sola página. Los capítulos se suceden con naturalidad y siempre terminan en un clímax acertado para que los lectores ansíen seguir leyendo. De la misma forma, el relato concluye dejándonos igual de intrigados que los anteriores, aviso claro de que habrá una próxima entrega.

En la anterior de la saga, La sepultura 142, Daniel Villena vio, sólo él, un coche rojo con el que terminó la novela; coche que ha tenido protagonismo en Llueve sobre mi lápida «Intenté mover mis pies, pero era imposible. Mis zapatos se habían adherido al asfalto de manera siniestra. Alcé los ojos aterrado […] y vi con espanto que nadie viajaba en el interior de aquel automóvil. Un Alfa Romeo rojo». También esta última acaba con otra visión de Daniel, así que esperamos impacientes la próxima.

Es un recurso que Barat maneja a la perfección, mantener la curiosidad, por eso es absolutamente recomendable para nuestros adolescentes y jóvenes.

Otro recurso es el empleo perfecto de la lengua, las expresiones coloquiales propias de cierta edad conviven en armonía con otras cultas, de un lirismo exquisito; abundan las metáforas sin resultar empalagosas, aumentando la belleza de lo escrito, algo que empieza a olvidarse, por desgracia «La carretera zigzagueaba como una serpiente plateada. La extensión ilimitada del firmamento se combaba sobre el mundo y en ella flotaba la luna creciente vertiendo una blancura sulfúrica sobre la oscuridad».

Las personificaciones añaden tensión a situaciones ya de por sí intimidatorias «Contemplé la tumba, roída por la humedad y devorada por el paso del tiempo».

Hay comparaciones totalmente poéticas que acrecientan el sentimiento del protagonista «Alicia temblaba como un árbol azotado por el viento».

Las frases cortas ayudan a profundizar en la crítica hacia estos países en los que vivimos y sin ningún pudor llamamos prósperos o simplemente civilizados «Estoy llorando mientras te escribo, mamá. Me siento muy triste. Pienso que el trabajo infatigable que hacemos no sirve para atajar esta hemorragia de muerte. La guerra en Somalia no es la única […] África entera se desangra en una guerra sin sentido. Y los países desarrollados no hacen nada».

El léxico culto ayuda a la función poética: palmatoria, sudario, cirio, luz espectral, flanqueaban…

Al mismo tiempo, y en feliz armonía, aparecen expresiones coloquiales hiperbólicas «¡Dios mío! ¡Me duele hasta respirar!». Locuciones que empezaron en la jerga juvenil y se han instalado en todas las edades «Este tío me da mal rollo», «estás como una cabra». Enunciados familiares «Me rugen las tripas». Dichos escatológicos «la mierda de los murciélagos…». E incluso metáforas empequeñecedoras que recuerdan a las usadas por Dante en su Divina comedia «y yo conduje con la cabeza hecha un avispero».

Otra técnica que da verosimilitud a la novela es el concepto de la familia, ya que, al ser un valor fundamental en las novelas de Barat, y sin caer en la cursilería, el autor plantea una relación de confianza, de respeto, libertad y amor; eso también gusta porque parece utópico, pero por eso es literatura, además son situaciones que aunque en la realidad no abunden demasiado, hay conexiones familiares en las que predomina el buen humor

—No seas protestona. Lo bien que lo estamos pasando aquí […] En Gélber te estarías aburriendo, todo el día tomando el sol, como las lagartijas…
—Hombre, ahí te doy la razón –concedió Alicia–. Desde luego contigo es imposible aburrirse. Con tanto muerto y tanto fantasma…

Otro recurso, sin lugar a dudas el más importante, es la sensibilidad de Daniel Villena para intuir, soñar e incluso vivir situaciones que en principio parecen paranormales pero que se van desarrollando desde una perspectiva lógico-deductiva, tal y como actúan la policía o los detectives. Comento esto porque, si es que alguien lee estas críticas, quiero que aquellas personas que por su religión o convicciones tienen prohibido creer en aparecidos, fantasmas, o muertos vivientes, no dejen de leer estas novelas. Aquí todo es real, los vivos están muy vivos y los muertos pertenecen al mundo de los sueños.

De hecho, en Llueve sobre mi lápida aparece un recurso de la Antigüedad: el sueño dentro del sueño, algo que en la realidad algunos hemos experimentado, soñar que soñamos, y ahí reside la confusión, pues si sueño que sueño ¿no estoy despierto? Esta pregunta es la que atormenta regularmente a Daniel, porque lo vive una y otra vez «Entré en el hostal sin hacer ruido, subí las escaleras de puntillas […] Abrí la puerta con cuidado para no despertar a los que dormían en las otras habitaciones. Al fijar la vista en la cama, ahogué un grito de pánico […] yo estaba durmiendo profundamente. Como un angelito. ¿Cuál de los dos era yo en realidad?».

Son novelas que no atentan contra nadie ni contra nada, al contrario tienen un fondo didáctico y moral, la finalidad que persiguen los protagonistas es ayudar a los demás y hacer el bien.

Dicho esto, en Llueve sobre mi lápida he encontrado algunas diferencias respecto de las anteriores. La primera es la madurez del protagonista, Daniel es un adulto en toda regla, ha terminado primero de periodismo y disfruta de más libertad; tiene permiso de conducir, y que su padre le deje el coche le permite moverse con total autonomía. Esto nos lleva a la segunda diferencia; el protagonismo que tenían sus padres y hermana ha cedido algo en favor de Alicia, su novia, quien puede considerarse, al menos en Llueve sobre mi lápida una coprotagonista. Entre ambos forman una pareja de detectives en la que ella, si bien toma la iniciativa alguna vez, es sin duda más audaz, imaginativa y realista. En La sepultura 142 ya encontramos cierto feeling entre ellos, pero ahora el nivel de comunicación y seguridad al que han llegado como pareja es envidiable. Por eso hay más escenas eróticas, que no de sexo, en esta novela que en las anteriores; los protagonistas han crecido y sus deseos también, aunque no se explicite demasiado sino que se insinúe:

—Eso es una declaración de amor.
Sus ojos color de caramelo me miraron intensamente. Su barbilla empezó a temblar.
—Tendrás que ser más convincente –musitó.
La levanté en volandas y crucé con ella media casa hasta llegar al salón y colocarla con cuidado sobre el sofá.
—Conque tengo cuerpo de saltamontes, ¿eh?

También es cierto que tanto el papel de Alicia como el de Daniel están marcados como viene siendo habitual en las parejas reales de jóvenes, ella está totalmente enamorada de él y no necesita a nadie más. Daniel también está enamorado de Alicia, eso es indudable, si bien a veces pueda sentirse atraído por otra chica, aunque sólo sea físicamente. Debe ser que las mujeres somos diferentes al menos en la juventud; si nos enamoramos sólo tenemos ojos para esa persona, ellos pueden separar los sentimientos.

Sin embargo está claro que en la novela hay un punto feminista muy importante, no sólo por el papel de Alicia, no sólo porque son mujeres, primero Inés Molina y luego Irene Villena, la hermana de Daniel, las que muestran una solidaridad extrema con los necesitados, no sólo porque es Alicia la que salva la vida a Daniel, y porque Úrsula contribuye a terminar con la maldición de Aurelio Valdivia. Es por todo, y puede que sea la conjunción de mujeres que rodean a Daniel Villena, por lo que él las trate también con un afecto especial, con cariño y respeto «Alicia se reía con Irene. Y yo comencé a ver a mi hermana con otros ojos […] Para ser sinceros, yo empezaba a sentirme orgulloso…».

También he encontrado en Rosaura, amiga de Inés, al espejo del propio autor. Rosaura es profesora de instituto, es una consumada lectora y autora de poesías y letras de canciones. No conozco en profundidad a Barat pero me atrevería a asegurar que también es tranquilo y disfruta ante una infusión y, por supuesto, Rosaura como Juan Ramón son músicos, ambos tocan la guitarra. Y nadie que no sea profesor puede dedicarnos palabras tan ciertas «la literatura es un mundo. Y la docencia. Creo que tengo suerte. Ser profesor es una tarea que exige dedicación. Tienes tus malos momentos, pero también te llevas muchas alegrías […] El profesor es un espejo donde la mayoría de esos jóvenes se mira todos los días. Es una gran responsabilidad».

La novela merece la pena porque como hemos visto no sólo se lee con facilidad, con intriga y apasionamiento, no sólo porque el argumento esté bien construido y el estilo no lo desdiga para nada, sino porque además fomenta una serie de valores que desgraciadamente nos tocan muy de cerca y se están perdiendo, o hace que nos demos cuenta de que nuestra insensatez, derivada de obtener más beneficios en nuestra sociedad, colabora a que nos olvidemos del cambio climático «—Me dijo que se iba a apuntar a SOSUR. —¿A esa plataforma que lucha contra la desertización del sureste español?».


Y, lo más importante, esa insensatez consigue que nos olvidemos de todos aquellos que no somos nosotros, unos porque nos pillan demasiado lejos, otros porque están tan cerca que los vemos desdibujados «Cada día llegan mil personas nuevas buscando ayuda […] muchas deben permanecer en las colas dos semanas para recibir su primera ración de alimento o su primera atención sanitaria»

sábado, 14 de octubre de 2017

CELESTE 65


Es curioso pero, a pesar de que no me llama la atención, he vuelto a leer una novela de espías sin saberlo; porque es la última de José C. Vales, a quien pienso seguir leyendo cada vez que edite algo nuevo. Me impactó tanto Cabaret Biarritz, que decidí serle fiel. Me encanta su estilo, irónico, sarcástico, ácido pero lleno de humor. Así pues, salió a la venta Celeste 65 y ya la he leído, pese a tener numerosas interrupciones, las propias de principio de curso. En este caso los espías van unidos al nacismo, estamos en 1965 y aún tenían poder; nadie había olvidado sus tropelías, ni siquiera ellos mismos, que se consideraban intocables.

En principio, Celeste 65, de destacar por algo sería por constituir una parodia de la alta sociedad nicense. Por el hotel Negresgo circula lo más granado de la época, actrices conocidas como Brigitte Bardot entre otras, Rainiero y Grace Kelly… la alta aristocracia de Niza se aloja, en pleno, junto a nuestro protagonista, Linton Blint, un inglés bastante necio debido al deterioro cerebral causado por el envenenamiento que, conscientemente o no, le produce su mujer, Laurine, aprovechando los pesticidas de la fábrica de fertilizantes de la que se convierte en dueño por herencia, y por la gran cantidad de medicamentos que le proporciona su psiquiatra, la doctora Val «de labios freudianos», y que él mezcla constantemente con alcohol.

Dejándose llevar por el consejo de un amigo, abandona la fábrica y su casa (se daba la circunstancia irónica, de que, encima, era un estudioso admirador de toda clase de insectos que lógicamente mueren a su alrededor, víctimas, como determinadas personas, de los pesticidas empleados por su padre), al tiempo que adquiere una nueva identidad. Y así es como llega a Niza, con una pensión desorbitada que le permite pasar una temporada sintiéndose, si no admirado, al menos respetado. La humillación sufrida tanto por su familia como por su psiquiatra «Mi Laurine resolvía, en esos casos, que era idiota […] Decía que no comprendía mis angustias; la doctora Val, sin embargo, sí que las comprendía, sobre todo el día que cobraba sus honorarios…», es sustituida por una felicidad idílica, ahora como Nigel Balquhider-Kolinch, nombre que le aconseja su amigo para evitar ser perseguido por los destrozos ambientales y humanos que su fábrica estaba ocasionando.

Aun así, a pesar de alternar con la sociedad más elegante de esta fastuosa ciudad, es incapaz de vencer su timidez extrema, su ensimismamiento y su falta de personalidad «Yo no tenía ningún inconveniente en pensar lo que me dijeran que debía pensar, y corriendo el riesgo de acabar con un peligroso dolor de cabeza […] escuché atentamente sus palabras […] y desde ese momento yo también decidí alejarme del estructuralismo como si fuera el mismísimo Belcebú». Teniendo en cuenta que no era estructuralista, ni conocía la teoría, más que falta de carácter, encontramos a un ser inocente fuera de lo común, de una simpleza extrema «Francamente me parecía asombroso que alguien pudiera saber tantas cosas sobre el sexo como para rellenar seis o siete volúmenes».

La joven Celeste será quien consiga despertarlo a los lujos, a la vida, al amor, y a experimentar de vez en cuando algún sentimiento de celos; sólo de vez en cuando porque la visión que Nigel tiene de sí mismo es demoledora, no sabe hacer nada ni lo intenta, se deja llevar por todos y reprime sin dificultad cualquier actividad propia de lujos excesivos «estuvimos debatiendo mi incapacidad para la actividad natatoria […] le dije a Myléne, era incapaz de coordinar los brazos, los pies, el movimiento de la cabeza, la mirada, la curvatura de la espalda, la posición de la pelvis, la inclinación de las cervicales, la respiración y…». Y así, como le va sucediendo todo en su vida, se encuentra sin saber cómo con un espía americano, Matt Mattison, que sin venir a cuento le relata sus hazañas por Alemania durante 1961, durante la construcción del muro de Berlín. En momentos como éste es cuando más resalta la ironía de Vales, pues se convierte en crítica hacia los horrores del nazismo «A Gretta la metralla se le incrustó en el cráneo […] El comando soviético se burló de ella, y jugaron a la gallinita ciega, aprovechando que no podía ver por el impacto de la metralla, y luego la violaron hasta que la creyeron muerta […] Matt decía que lo que más había lamentado —su madre— fue ver cómo había quedado el bonito uniforme de las Juventudes Hitlerianas…».

Asimismo Nigel mantiene una relación pseudoamorosa con Kira Kerasimova, otra espía a la que llama Ø (el sarcasmo hacia la ocultación es evidente), y que delató a Matt, a pesar de haber sido compañeros, quien, apresado, hubo de contar todo lo que sabía sobre la construcción del muro.

A partir de ahí, Linton-Nigel se percata de que está rodeado de espías, y él mismo es perseguido por el servicio de contraespionaje francés, que quiere deportarlo a Varsovia. Pero ni Kira, o Lucille Øorund, ni Celeste dan importancia a este hecho, y para tranquilizarlo Celeste llamará a los abogados de su tío (quien a su vez tiene familiares en el MI6).

Mientras tanto, la fábrica de fertilizantes Blint sigue causando estragos en países subdesarrollados (de nuevo la crítica a las sociedades acomodadas del primer mundo).

Sin embargo, es cierto que entre estos asuntos de espionaje, sin duda estrambóticos, algunos capítulos quedan intercalados con verdadero humor, el que te hace reír a pesar de estar en medio de hechos dolorosos. El capítulo 87, «Los días inexistentes», es fantástico. Nadie puede contar con más ocurrencia el cambio del calendario gregoriano «…el calendario que se había instituido en el Concilio de Nicea del año 325 había provocado tal descalabro en el cómputo de los días que seguramente estaban viviendo “en el día que no era”. (Esta idea me pareció a mí muy interesante […] en 1580 se decidió que había que poner la Tierra en hora y que había que adelantar esos once días […] Con gran temor de Dios se acordó que tras el jueves 4 de octubre de 1582 no vendría el 5 sino el 15 de octubre […] En una corte judicial española, según decían, un asesino quedó libre porque no se pudo decidir qué día había cometido el crimen…»

Por otro lado, Vales tampoco pierde ocasión para atacar, especialmente en Inglaterra, el comercio ilegal; de la manera más normal aunque totalmente hiperbólica, el anticuario Artjans Lew «que había visto casi todo lo que puede verse en el mundo del arte y en el universo de las miserias humanas, dijo que le sorprendería que el Reino Unido tuviera leyes restrictivas […] porque no se sabía que Londres hubiera tenido jamás restricciones de cualquier cosa, incluidas obras de arte robadas, dinero procedente de los negocios más turbios y criminales, o personas».

El hecho es que Celeste y su tío Artjans se encuentran con que el primer atlas del universo «La Uronographía» no será subastado sino vendido, por su condición dudosa y el origen problemático de su actual propietario. Las intrigas en el hotel se van multiplicando, así como las confabulaciones por una posición acomodada, y Nigel se encuentra inmiscuido sin saberlo ni entenderlo, aunque casi llegue a darse cuenta, puede que tarde, de todas las maniobras.

Celeste 65, tal y como nos tiene acostumbrados José C. Vales en sus novelas, está plagada de expresiones ingeniosas, algunas verdaderamente jocosas. Encontramos humor en las analogías «Celeste […] se sentó a mi lado y antes de que el Citroën hubiera empezado a ronronear alegremente […] había apoyado los pies vendados en el salpicadero del coche […] dada la turbadora presencia de Celeste a mi derecha, preferí pensar en cuestiones relacionadas con asuntos más serios. Por ejemplo, los faraones de la IV dinastía».

Humor en las afirmaciones imprecisas «El gerente, u otro caballero —nos resultaba imposible distinguirlo—, se mostraba intransigente».

Tópicos mordaces «Entonces se abrió la puerta del despacho y salió la gobernanta, una inglesa excepcionalmente laboriosa y limpia, por ser inglesa».

Agudas expresiones confusas «Me senté en la silla luisalgo».

Cómicas críticas, que se hacen especialmente duras, a la alta sociedad, al comparar sucesos banales con otros severos «Los clientes del establecimiento, aburridos turistas del verano mediterráneo […] que uno llegaba a pensar que nada combinaba mejor con el croissant, el bloody mary o el modern jazz que un buen escándalo sexual o una formidable degollina al estilo del ramadán».

Chistosas metonimias hipotéticas vituperables «mi cara parecía doblada y desfigurada, como un dalí lisérgico o un picasso alcoholizado».

Burlonas personificaciones, pues cosifican a la persona «otras opiniones, como la del coronel Du Picq y su bigote…».

Socarronas igualaciones inverosímiles «Acudieron a mi pensamiento embotado varias reflexiones filosóficas, como […] pensar que podía entender lo que sucedía a mi alrededor, […] que alguna vez se pudiera ordenar el caos del universo o la convicción absoluta de que el té ya se había quedado frío».

Incluso las curiosidades que aparecen no están exentas de humor, como tratar al espía británico y escritor de las novelas de 007, Ian Fleming, como un escritor de novelas baratas de espionaje.


Quizas sea Celeste 65 la novela más extraña de Vales, pues abunda, entre tantas expresiones cómicas y absurdas, la desolación y depravación del ser humano. En realidad, la vida del protagonista es amarga pero el autor tiene la peculiaridad de enfocar las situaciones desde otro punto de vista, de forma que sonriamos al leer las aventuras de Nigel, quien hace gala constante de una desmesurada estupidez, pues comienza no dándose cuenta de que está siendo envenenado por su mujer y su tía con el hexaclorobenceno de la fábrica que hereda de su padre «Con todo su cariño marital habitual, mi querida Laurine me preparó un vaso de aquella leche que sabía tan rara…» y termina sin percatarse de la justicia, poética en este caso, que preparan Celeste y su tío, el señor Levv. Nigel vive toda su vida como si fuese un sueño, y en realidad la novela es eso, un sueño de su autor, en el que el horror, los malos tratos conviven con lo más exquisito de la sociedad nicense, si bien es cierto que se vale de la metaliteratura para, mediante un guiño a su obra, conseguir que ésta se convierta en tabla de salvación para sus personajes «El señor Levv dijo que la niebla de aquellas jornadas había sido un milagro protector, hasta que llegaron a la escuela abandonada de Neuwelke, donde permanecieron escondidos tres días»; y emplea la literatura para lograr que, mediante un final sorprendente, los humillados consigan su venganza.

miércoles, 27 de septiembre de 2017

FIESTA CORRAL CERVANTES


La Fundación Siglo de Oro ha llevado a cabo en Madrid, un proyecto que parte de la iniciativa del actor, director y productor Rodrigo Arribas, para poner en marcha un teatro que recordase a los corrales de comedias, una sencilla carpa que se ha mantenido en pie durante un mes. La pena es que ha terminado. La alegría, que tendrá continuidad. Este año el ayuntamiento se ha volcado con la Cuesta de Moyano, en la que durante 30 días los madrileños, y el resto de los españoles que con suerte por cuestiones laborales, hemos disfrutado desde un auténtico carrusel veneciano, hasta casetas en las que vendían diferentes golosinas: garrapiñados, crêpes, dulces… o distintos objetos de artesanía: bolsos, pañuelos… Conforme subíamos la cuesta, tres contenedores con bebidas y comida para tomar un refrigerio y charlar, porque el tiempo lo ha permitido, han dado cita en el lugar a diversos actores, espectadores y amantes del teatro en general. Se ha hecho allí, sentados en palés acomodados como mesas y sillas, la espera, muy agradable, hasta que comenzaba el espectáculo en el corral, al estilo del siglo XVII. En ese Corral Cervantes he visto tres obras de teatro, y no sabría por cual decidirme, pues las tres han resultado de una calidad inigualable.

La Calderona, dirigida por Pablo Viña, y David Ottone a cargo del espacio escénico. La marca de Yllana teatro es inconfundible, pues el trabajo en equipo es evidente, aunque en este caso sólo dos actores Pablo Paz y Natalia Calderón den vida a diversos personajes, sin olvidar, claro está al DJ Hardy Jay.

El personaje de la actriz María Inés, conocida en el siglo XVII como la Calderona ha sido el punto de partida para construir su vida a golpe de rap; una comedia, con el punto oscuro que cualquier historia de una mujer, y actriz, hubo de tener en el Siglo de Oro, por muy querida del rey Felipe IV que llegase a ser, y madre de don Juan de Austria. Pues sí, parece increíble que una niña abandonada en un portal consiguiera destacar como una de las mejores actrices de su tiempo y desafiase a esa sociedad que no perdonaba ni la condición social ni la sexual; y parece increíble que Yllana haya sido capaz de contar esta historia a modo de comedia, una comedia increíblemente divertida en la que durante hora y media, con un DJ que interviene en escena sólo para poner la música, Pablo Paz represente el papel del rey Felipe IV, chulo y despiadado, de la reina Isabel, desesperada al ver que sus hijos se le mueren y ella es constantemente humillada por el pueblo, que la trata de cornuda, y de un monje lascivo inquisitorial que luego, diecisiete años después del nacimiento del hijo de la Calderona, que le arrebata el rey, le confirme a Juan de Austria quién es en realidad; y Natalia Calderón, además de la Calderona, haga de criada enana de la reina y de abadesa al final de sus días. Música, luces y poco más son suficientes para ponernos en situación.

Magistral la unión de los mejores versos auriseculares con expresiones actuales; fantástico el baile y la música de estos actores que demuestran ser verdaderos artistas. Y apoteósico el homenaje final hecho con diferentes títulos de obras del Barroco que conforman un texto que nos llega con un mensaje claro: los clásicos siguen vivos. Muy vivos.

Mujeres y criados. Hasta hace muy poco, ésta era una obra de la que sólo se conocía el título, sin embargo Rodrigo Arribas, fundador de la compañía Fundación del Siglo de Oro, la ha dirigido con acierto para llevar a las tablas del Corral Cervantes esta maravillosa comedia de la madurez del Fénix de los ingenios. Totalmente actual, pues trae a escena a dos grupos marginales del XVII, por un lado las mujeres, sin voz ni voto en nada que tuviera que ver con sus vidas, por otro, los criados, aquéllos que ocupaban una escala social bastante baja. Puede que Lope fuese consciente, al escribirla, del empuje que debía tener la mujer en la sociedad, del ingenio que había de mostrar para burlar todos los inconvenientes impuestos desde su propia familia, y de lo ridículo que iban resultando los matrimonios concertados.

Puede que el autor supiera que los diálogos divertirían, pues están escritos, con agilidad increíble, para “dar gusto al público”. Lo que quizás no esperase es que cuatro siglos más tarde el espectador continuara riendo durante hora y media. No cabe duda, de que el enredo ideado por una de las hermanas es inteligente: dos hermanas de la alta sociedad, enamoradas del camarero y del secretario de un conde, se ven en el aprieto de apartar los deseos del padre, casarlas con el propio conde y el hijo de un rico amigo. La casa de las hermanas se convierte en un espacio donde todos están a expensas de lo engaños de éstas. Por supuesto, es indiscutible que el argumento rompe una lanza a favor de la mujer; el tema es universal, ante el amor no hay fronteras, ni de clase ni económicas.

Pero lo mejor de todo, y esto no es sólo mérito del autor sino también de la compañía, es la actuación; con una mínima adaptación a la realidad: una Tablet para apuntar, unas patatas bravas para tomar un tentempié y un vestuario rompedor, a mitad de camino entre lo clásico y lo moderno: gafas de sol y bufandas para los criados galanes, faldas más cortas por delante que por detrás para las damas (el resto de personajes mantenían los trajes de la época), la Fundación Siglo de Oro nos hizo reír y aplaudir al final hasta que ellos decidieron desaparecer del escenario.

Los diez actores en escena estuvieron absolutamente fantásticos; ni una sola pega, ni a la dicción, ni a los movimientos, ni a los gestos, ni a la complicidad con el público. Una gozada en la que con total normalidad las damas y los criados se casan por amor y los galanes impuestos lo aceptan, tras intentar obtenerlas amparados en su derecho social, por evidente.

Los espejos de don Quijote. Emotiva la historia de la que Alberto Herreros es autor y director con un acierto total. Miguel de Cervantes, encarcelado al ser acusado de quedarse con la recaudación de impuestos, trabajo que obtuvo tras fracasar una y otra vez como escritor, y tras fracasar, por la invalidez de su brazo, como soldado; pero nuestro querido autor no tenía una mentalidad barroca, clásica seguro que sí y noventayochista puede que también, el caso es que se adelantó a su tiempo y sufrió, como les ocurre a quienes lo hacen; Cervantes vio venir la miseria a la que España iba abocada. Su lamento quedó reflejado en Los tratos de Argel; su ideal, en aquellas novelas cortas (que luego introdujo en el Quijote). La realidad que le tocó vivir al mayor escritor de todos los tiempos fue penosa (de nuevo esta España inculta que abandona las letras, las humanidades, el pensamiento, y olvida a los más valiosos, a las mentes más privilegiadas para, una vez muertos, o reconocidos por otros, reclamarlos como españoles; porque, eso sí, la patria ante todo).

Por ello ha sido emocionante la idea del encuentro ficticio que tienen Cervantes y Shakespeare en una cárcel de Sevilla. Herreros une el sueño de este encuentro con hechos reales, para mostrarnos el momento en el que don Miguel pudo tener la idea para escribir su inmortal novela y aportarle al genio inglés ideas para su Hamlet o su Romeo y Julieta. Ha resultado emocionante que Cervantes alentado por un carcelero entre el sueño y lo real (papel que encarna Pedro Miguel Martínez, actor tradicional de teatro, películas como Bienvenido a casa y series como Gran Hotel o Velvet entre otras), y su querida Dorotea, se decidiese a escribir la historia de un Quijano, en la que el carcelero le pide el papel de Sancho. No falta el humor, triste aunque de delicadeza exquisita, al servir los esqueletos que poblarían las cárceles de la época para que Cervantes, se sirviera de una calavera y se inspirara en la quijada para el nombre de su protagonista, y esa misma calavera sirviese a Shakespeare para crear a su príncipe de Dinamarca. La realidad utópica, la justicia poética que tiene la literatura y que nos conforma el espíritu. Esto es la magia del teatro, poder imaginar a dos genios alentándose a escribir y quedando unidos para la eternidad en un abrazo; en el abrazo de la paz, de la literatura, de la imaginación y de la ilusión que muchos de nosotros esperamos ver como la futura realidad entre los pueblos.

Don Gil de las calzas verdes. Por último, aunque no pertenece a la programación del Corral Cervantes, una vez en Madrid fue obligado asistir a la representación de Don Gil de las calzas verdes. Siempre es una fiesta ir a los Teatros Luchana, pero en esta ocasión supuso un lujo formar parte de un público subyugado por esta atrevida y divertida adaptación que la compañía Ensamble Bufo ha llevado a cabo de este don Gil de Tirso de Molina (Con calzas y a lo loco). No hay sorpresas en el texto, a excepción de escenas en las que, por largas, Caramanchel resume al espectador, o de otras en las que advertimos guiños a la actualidad al jugar con el nombre: Gil y pollas, Gil y Gil.

Sí hay sorpresas en el vestuario. Es indiscutible que tanto el director, Hugo Nieto, como la encargada de vestuario, Paola de Diego, han acertado haciendo uso de la sencillez y versatilidad en los trajes que sirven tanto para hombre como para mujer, según se pongan o no una especie de falda-delantal. Todos van vestidos de gris, a excepción primero de las calzas de don Gil, y después de las calzas, un sombrero y una capa verdes que se ponen al final los cuatro giles que comparecen al mismo tiempo en escena.

Sorpresas también en el mobiliario, sólo una caja de verduras para cada actor, que les sirve de asiento y que quitan y ponen del escenario a los lados del mismo, según conviene. Sorpresas, y muy gratas en el decorado: una pantalla en la que, para presentar la escena aparece una imagen del Madrid actual, de la calle correspondiente a la nombrada en la obra, y que desaparece en el momento en que continúa la representación; apenas unos segundos para poner en situación al público, y de paso, con algún comentario alusivo arrancar la carcajada. Y sorpresa, fantástica, la utilización del ritmo; los caballeros no llevan espadas sino bastones de madera que junto a timbales, crótalos, panderetas y palos, convierten la representación en una fiesta en la que los movimientos están ayudados por la percusión.


Una puesta en escena innovadora, fantástica, en la que por cuarto día consecutivo, Madrid me ha demostrado que los clásicos están vivos, son de plena actualidad y podrán adaptarse igualmente otros cuatrocientos años. Hugo Nieto es el encargado de dirigir a seis actores, dos de ellos hacen doble papel, aparte, claro, del triplete que ya Tirso, en su día, pensó para doña Juana-Elvira-Gil y que, en esta ocasión Sara Moraleda encarna a la perfección. Asimismo he quedado cautivada, creo que todos los espectadores, por la gracia, gestualidad y espontaneidad de María Besant en el papel de doña Inés, sin desmerecer por supuesto al resto de la compañía ¡Bravo!