Páginas

jueves, 28 de julio de 2016

LOS PODEROSOS LO QUIEREN TODO

Después de leer Los poderosos lo quieren todo me viene a la mente la palabra experimentación. No es que el autor haya ensayado con alguna técnica nueva (pues todas se muestran en alguna parte de nuestra literatura) pero creo que hasta ahora no había encontrado tantas juntas: Los nombres ridículos que parodian una característica de quien los porta han aparecido desde los griegos clásicos, y por supuesto causan hilaridad al tiempo que ayudan a hacernos una idea de cómo será el nominado. Los poderosos de esta historia son Hermógenes Arbusto, su mujer Ilustración Frondoso y sus hijas Maribel y Verónica Arbusto Frondoso; por el contrario el méndigo es Martínez, en claro apellido usual español que parodia la indiferencia e indolencia de los españoles. Igualmente, el político Luis Lajodiste, monseñor Lacón y Grelos, la inmigrante Altagracia Miamol, la prostituta Magdalena Desamants, el empresario Serafí Nadal-Zambomba y su auxiliar de contabilidad Florencio Capullo, el periodista Palito Escobosa o el canónigo Verdura conforman toda una galería de personajes tipo que, por desgracia, pueblan nuestra sociedad actual, por lo que se deforman, como tantas personas reales, hasta convertirse en esperpentos.

La incursión del diablo es también una baza atractiva, mucho más que los ángeles o el propio dios, asimismo muy socorridos para aportar ese punto de poder que nos beneficia, pero carentes de la sensualidad y sexualidad desenfrenada del demonio; la última incorporación es Lucifer, una serie de televisión entretenida cuyo protagonista intenta ayudar a una policía porque lo atrae irremediablemente ya que es la única que no ha sucumbido a sus encantos. Sin embargo Forcas, el diablo de José Mª Guelbenzu, termina haciendo una chapuza de trabajo, descubre la imaginación y siente que su realidad se tambalea «Traidores sentimientos». Será desterrado del infierno, aunque eso no le suponga un problema.

La venta del alma al diablo ha estado en las páginas de la literatura desde hace siglos; en la mente del ser humano probablemente desde que tiene uso de razón. Es muy tentador olvidarse de las normas, hacer lo que nos venga en gana en todo momento sin tener que pagar las consecuencias; todo lo contrario, disfrutaremos de belleza, o poder, o dinero, o éxito, o todo junto; es verdad que a cambio padeceremos durante toda la eternidad, pero quién piensa en eso si vamos a tener nuestros deseos al alcance de la mano para beneficiarnos cuando queramos.

El alemán Spies, en el siglo XVI, planteó la historia del teólogo Fausto, que quiere vender su alma al diablo a cambio de someterlo a sus órdenes durante 24 años. Continúa el mito fáustico con Goethe (alcanzando su cota máxima) y a partir de ahí muchos escritores han sucumbido a la tentación de experimentar con las pasiones del ser humano, Wilde, Calderón, Shakespeare... El problema es que no sería ético vencer al mal, el propio Goethe lo dijo «Las grandes pasiones son enfermedades incurables. Lo que podría curarlas las haría verdaderamente peligrosas»; por eso, todos aquellos que intentan burlar la ley divina o humana mueren de forma violenta y a manos del diablo, recordando una vez más su penar eterno.

Sin embargo, Forcas no ha hecho bien su trabajo por lo que el castigo de Hermógenes Arbusto queda como una parodia, sin darle tiempo a verlo venir, sin reflexionar sobre las consecuencias de sus actos.

Que un personaje encarne un mito es normal, incluso se ha dado el hecho de que dos mitos se igualen, no en vano se considera  a don Juan el Fausto español, pero cuando un personaje es el símbolo de Fausto, del tío Gilito, del padre de la bella durmiente y del Cid, la historia sobrepasa cualquier razonamiento y se incluye en los límites del tebeo, de la burla. Efectivamente, no sólo los personajes, la trama está construida como un tablado de marionetas, el propio título de los capítulos nos va dando pistas: Arriba el telón... Se amplía el escenario... Continúa la ficción... y, como ya hiciera Valle Inclán en su momento, Guelbenzu se basa en un cuento infantil (o varios) y deforma cualquier valor tradicional para construir una sátira paródica del poder estatal y eclesiástico, de la clase alta española y de tantos literatos que escriben exclusivamente por el premio, olvidándose de la verdadera pasión por la literatura «Naturalmente, no todos los asistentes respondían al mismo talante; también había jóvenes en los que, [...], el empeño literario surfeaba sobre el oleaje de las bajas pasiones». Los poderosos lo quieren todo es una parodia de la ambición desmedida y una sátira hacia todos aquellos que se aferran a lo material olvidando los sentimientos y la imaginación. De hecho, cuando Forcas descubre estas cualidades deja de ser demonio para convertirse en un ser humano. Fantástica comparación, más si tenemos en cuenta el título de la obra noventayochista Tablado de marionetas: para educación de príncipes (la pena es que probablemente no la lea quien debiera).

La última experimentación que he encontrado (y por favor, si alguien ha visto otra, ruego que lo diga) es la relación directa entre autor y personajes. Unamuno, también de la generación del 98, ya hizo que Augusto, el personaje de Niebla se rebelara contra su no existencia; cuando el autor “lo mata”, le envía un telegrama «enhorabuena, se ha salido usted con la suya».

Ahora es el narrador quien, quejándose del anonimato al que está sometido, cobra vida propia y establece su historia en paralelo con la trama de la familia Arbusto Frondoso: «Irrumpe el narrador», «El narrador de nuevo», «El narrador exige un descanso» (y como el autor no atiende a su propuestas) «El narrador precisa por su cuenta», «el narrador se impacienta», hasta que «el narrador toma decisiones», consiguiendo «un final precipitado», broche de humor fantástico en el que el propio Guelbenzu debe terminar la obra como puede; al quedarse sin narrador van pasando por delante del lector una serie de imágenes que describen (como una secuencia de cine mudo) el final de la novela, aunque el «Punto final» sea una escena teatral (de nuevo el tablado esperpéntico) entre el plumillas y Tomás Beovide, los dos pretendientes de las hermanas Arbusto Frondoso.

Fantástico recorrido por la literatura, como hemos comprobado, por lo que la novela no es sólo una parodia, sino un homenaje a la buena literatura y a los buenos escritores, y por contraposición una burla irónica a los que han brillado de manera incomprensible, y a la imposibilidad de unir la belleza del arte literario con la fealdad del sistema educativo.

Y, por supuesto, merece la pena dar un repaso al estilo, en el que en clave paródica encontramos variados recursos, como descripciones gradatorias ascendentes para reforzar la ausencia de gusto en algunos millonarios «...En realidad, y siendo un poquito críticos, la casa parecía una tienda...» o personificaciones de plantas que animalizan, por contraste, a los humanos «...más sucios que deteriorados, con breves balcones atiborrados de tablas de planchar, bicicletas, armarios de cocina [...] De cuando en cuando asomaban unos geranios sin mucha convicción». Las metáforas sirven para criticar a algunos inversionistas

...(su interlocutor) Tenía un parche en el ojo izquierdo, pata de palo y un pañuelo de lunares anudado a la cabeza... —No pretenderá usted [...] —Amigo, ¿por quién me toma? Yo soy un profesional —alardeó el pirata—, y por eso sé que no tiene usted un duro que rascar. —Volvía a tener el aspecto de ejecutivo trajeado...

Los juegos de palabras basados en la similitud de significantes ayudan a conformar una sociedad inculta, pero rica «Ah, ya lo entiendo: la maceta es una figura retórica. Una metástasis. —Metáfora —precisó Ilustra desconcertada.»

Las descripciones de los personajes y sus actos son de gran precisión gracias a la utilización de coloquialismos metafóricos, vulgarismos e incluso la unión de coloquialismos a imágenes humorísticas «Hijo, no sé qué te pasa, que estás hecho un hurón», «...su hija Verónica y un tirillas que debía doblarla la edad estaban pelando la pava», «...salió de naja en dirección contraria y salvó el muro de protección con agilidad digna de un contorsionista de circo».

Afloran los guiños a los grandes escritores, aunque de forma sutil. La llamada al Carpe Diem que Góngora hiciera en su soneto Mientras por competir con tu cabello, aparece en Tomás Beovide «Todo lo que él sentía dentro de sí no podía quedarse en humo, en aire, en nada», recordando al último verso del poema gongorino «en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada». La novela no sólo alude a la Edad de Oro y Plata de las letras españolas. Hasta la Edad Media nos retrotraemos al leer «Hermógenes [...] se limitó a echarles una de sus famosas miradas feroces, tan famosas y tan feroces que se dice que, en su juventud, acojonó a un oso pardo en los Montes de León». Claro recuerdo de nuestro Cid Campeador y su episodio del león en el robledal de Corpes.

Otro rasgo de estilo, humorístico, es que al narrador, omnisciente, lo saca de su error algún personaje que aparece de repente, mientras aquél continúa su relato «María Ilustración [...] avizoraba el encuentro desde detrás de una columna jónica que formaba parte del decorado (“Dórica”, le susurró un camarero al pasar) con el corazón palpitante». Las comparaciones que igualan la consideración y la delincuencia son primordialmente sarcásticas «cuyos preciosos conocimientos en materia fiscal, con especial referencia al blanqueo, ocultamiento de capitales y evasión eran harto reconocidos tanto en los más respetados círculos empresariales como entre la delincuencia internacional».


Los poderosos lo quieren todo es una parodia de nuestra sociedad actual ¿Somos conscientes de que todos formamos esta sociedad? ¿Somos conscientes de que la mayoría somos Martínez? ¿Somos conscientes de que sufrimos y permitimos los abusos? Ahí reside el punto amargo de la sátira.

miércoles, 20 de julio de 2016

EL LIBRO DE LOS BALTIMORE

Al leer la última novela de Joël Dicker me han llamado la atención varias cuestiones. La primera es que el autor retoma al escritor Marcus Goldman, protagonista de La verdad sobre el caso de Harry Quebert, para contarnos, en esta ocasión, la historia de su familia paterna. La segunda es que el modo narrativo es bastante original, casi constituye una técnica de estilo, pues parte de una vivencia literaria anterior y la filtra de manera espontánea en la actual para no volver a tocarla. La narración no es lineal; como en la vida misma, nos vamos enterando de los éxitos, fracasos, rencillas o formas de actuación de los Goldman afincados en Baltimore y de los residentes en Montclair, según lo vive el protagonista, lo recuerda o se lo cuentan, a veces demasiado tarde para rectificar comportamientos, siempre para poder cambiar de pensamiento y quedar en paz con él mismo.

Marcus Goldman, con el propósito de unir de nuevo a su familia, va desentrañando los hechos en primera persona; en ocasiones realiza un ensayo ficticio, en otras narra una crónica de sucesos, en otras cuenta sus recuerdos indudablemente edulcorados por el paso del tiempo; recuerdos en los que permanece el rencor hacia sí mismo por su comportamiento infantil, desde la perspectiva del adulto. Como protagonista aún no se ha percatado de que su forma de ser es fruto de todos aquellos que lo rodearon desde que nació, aunque como narrador va dejando pistas al pasar de ser el foco narrativo a un filtro por el que el resto de personajes expone el verdadero centro de la narración. Estos personajes se convierten en voces autónomas que razonan ideas y sucesos al tiempo que exteriorizan, en dosis justas, los sentimientos, para no desvelar nada hasta el final.

También es original la configuración de la novela; puede parecer caótica y, a pesar de todo, es envolvente. Casi al final retoma la entrada para, previsiblemente, acabar el libro, sin embargo sigue introduciendo datos, algunos incluso que parecía iban a quedar sin explicitar por haber figurado la explicación de forma implícita. Es por ello que, a fuerza de recorrer el tiempo a su antojo, con intensas analepsis o prolepsis abruptas, es capaz de construir un rompecabezas, y lo hace como suelen hacerse, empezando por las esquinas, con piezas que nada tienen que ver hasta que aparece la composición perfecta. De esta forma comienza con fragmentos que adelantan el drama para continuar con aquellos que dibujan la vida de los primos, a los que deja para seguir con lo sucedido en la juventud de los padres y abuelos, y retomar el drama por otra esquina. Nos damos cuenta, con la lectura, de que la vida puede ser bella o fea según el punto de vista, más o menos distorsionado, desde donde se observa. Poco a poco Marcus Goldman construye su cuadro, en el que introduce los elementos que va encontrando en su mente y que los llevan a otros, alejados en el tiempo o espacio, para terminar con una composición en la que todo queda perfectamente encajado, con sentido, con una explicación mucho más sencilla de lo que parecía en un principio.

Peso a todo, la maestría absoluta de Dicker reside en conseguir que nos quedemos expectantes al final de cada uno de los cincuenta y dos capítulos; cuando parece que vamos a enterarnos de por qué esto o aquello han sucedido de tal manera, nos equivocamos, pues, para el siguiente capítulo, el narrador ha encontrado otra pieza que encaja en otro sitio.

El lector no sabe por dónde va a continuar, qué es lo que Goldman, o cualquier otro personaje va a contar. Dicker es un maestro de la narración discreta, en cuanto opuesta a continua. Nada queda fuera de su lugar, ni al final de la novela ni durante su lectura. Todos los acontecimientos están relacionados y son coherentes en su composición; la trama va enlazando los hechos sin generar en ocasiones verdaderos eventos, sino que permanecen latentes hasta que pueden unirse a su vez a otros sucesos para conformar el episodio, que incluido en otros espontáneamente forman la trama, de la que sólo desvelamos el argumento al final de la novela.

Creo que lo fundamental de El libro de los Baltimore no son los personajes, a pesar de que el número de ellos es elevado, casi todos son puesto bajo una lupa y ninguno de ellos es plano o típico. El mismo personaje a veces intimida, otras causa desasosiego y otras veces nos hace dudar de cuál es su juego.

...a continuación se las ingenió para caerle mal a buena parte del cuerpo docente señalando las erratas de los libros de ejercicios, corrigiéndole a un profesor la pronunciación de una palabra latina y, por último, haciendo preguntas que se consideraban inapropiadas para su edad.

Le comentaba incluso a su marido:
—Si todo el mundo le coge manía, tiene que ser porque no es lo bastante amable, ¿no?

Creo que tengo algo que es suyo —dijo Hillel sacando de la mochila unas bragas.

El director del instituto reflexiona, con sus actos, sobre el significado de lo obsceno y de la hipocresía. La mayoría de provocaciones de Hill contiene una acción moral. Las buenas relaciones familiares ocultan las implicaciones reales por lo que se convierten en observaciones satíricas acentuadas, y el contexto oculta las verdaderas relaciones e incluso la verdadera identidad.

Todo lo cual hizo que me preguntara si habría sido yo, de niño, quien había soñado, y no ellos [...] ¿Fueron de verdad esos seres excepcionales a los que tanto admiraba? ¿Y si resultaba que todo había sido producto de mi mente? ¿Que desde siempre, yo había sido mi propio Baltimore?

La sumisión de Natham no es otra cosa que la consecuencia de una arrogancia desmesurada, un orgullo infundado y unos celos perniciosos.

Baltimore se convirtió en la penitencia de mi padre. La casa, los coches, los Hamptons [...] todo estaba presente para recordarle que lo que para su hermano había sido un triunfo, para él había sido un fracaso.

Y las adulaciones de los abuelos no son sino egoísmo puro, querer mantener las apariencias ante todo y vivir como siempre aunque sea a costa de sus hijos.

—No me habías dicho que los billetes de papá y mamá eran de primera clase. Este tipo de decisiones deberíamos tomarlas juntos ¿Cuánto te debo?
—Nada, no te preocupes [...] de verdad, déjalo. Entra dentro de lo normal.

Todos los actos de los personajes nos llevan a reflexionar sobre temas más o menos universales, pero siempre fundamentales para el ser humano, y en todos, Marcus Goldman se muestra partícipe directa o indirectamente. Sólo en la relación con Leo, su vecino actual, no es tanto parte de la narración como catalizador de la misma, que impulsa un tema paralelo, el arte de escribir:

Alcé el cuaderno en que estaba escribiendo y le sonreí amistosamente.
—Todo va bien, Leo. Gracias por el cuaderno.
—Le corresponde por derecho propio. El escritor es usted.

Lo esencial de la novela son los espejismos que van tomando formas diferentes hasta que nos acercamos lo suficiente para ver de qué se trata en realidad. Las verdades a medias se van aclarando cuando nos vamos adentrando en la oscura experiencia. Los momentos más duros de los protagonistas vienen sin esperarlos, de esta forma el lector se encuentra en un punto en el que puede entender situaciones que, por elementales, son inentendibles, puede asimilar el odio, la violencia, la envidia, el dolor, el amor, la ternura o la soledad y condensarlas todas ellas en la banda de los Goldman.

—Mis padres son bastante majos.
—Ya lo sé.
—Wood, ¿por qué me proteges?
—No te protejo. Es sólo que me gusta estar contigo.
—Pues yo creo que me proteges.
—Entonces, tú también me proteges a mí.
—¿De qué te protejo yo? Si sólo soy un canijo.
—Me proteges de estar solo.

En cuanto al estilo encontramos pocos sobresaltos lingüísticos, sin embargo la narración está plena de detalles, de ahí la longitud de sus novelas. Como en Marcel Proust o Tomas Mann encontramos una inclinación por las digresiones y los juegos de palabras que, con humor benevolente, anulan la tristeza restringida a una situación y lo absurdo de la vida diaria. Hay metáforas sinestésicas que, en medio del dolor, pueden traernos una completa felicidad

Mediante una sola bocanada de aquel olor había regresado a lo más hondo de mis recuerdos, al barrio de Oak Park, y había revivido, en el lapso de un instante, la felicidad de haber convivido con ellos.

Al lado de términos cultos «se ponía a gañir delante de mi puerta» encontramos coloquialismos, reforzados por pronombres catafóricos «El tío que no daba palo al agua, ese era él».

Hay algún que otro guiño a La verdad sobre el caso de Harry Quebert, pero mediante los personajes une sus dos novelas: su tío Saul queda marcado, como Marcus Goldman, por un profesor universitario «El profesor Hendricks era un hombre de izquierdas comprometido activamente con los derechos civiles. Tío Saul se sumó a algunas de sus acciones».

El realismo de la novela se intensifica al escribir, el protagonista, un panegírico en honor de su abuelo «Quiero honrar la memoria de nuestro abuelo Max Goldman [...] Descansa en paz»


Por último, es necesario reseñar que el humor esconde, la mayoría de las veces, ironías o sarcasmos que denuncian la sociedad actual «A la edad de seis años cumplía trabajos forzados en las canchas de tenis y había rodado un anuncio de yogures». Otras veces trata con dureza el machismo y la homofobia que pervive incluso en las familias «Prométeme sólo una cosa. Pase lo que pase, por favor te lo pido, no te hagas nunca marica. —Te lo prometo, papá». Aunque en casi todas las ocasiones el sarcasmo aparece como una bofetada a la hipocresía «—¡Qué mediocre es usted, señor director! [...] ¡Lo iguala todo a la baja! ¡Prohíbe a Steinbeck porque en el texto aparecen tres palabrotas [...] y se esconde detrás de unos reglamentos para justificar su falta de ambición intelectual».

martes, 12 de julio de 2016

LA NOCHE A TRAVÉS DEL ESPEJO

Novela dividida en 15 capítulos cuyas entradas aluden, en evidente homenaje a Lewis Carroll, así como el título, a citas de Alicia en el País de las Maravillas y a Alicia a través del espejo; concretamente los capítulos I, III, VIII, X y XV forman los cinco primeros serventesios de Jabberwocky, uno de los mejores poemas vanguardistas escritos en inglés.

La noche a través del espejo es una delicia; de rápida lectura, no sólo por la perfecta organización sino porque el ritmo es veloz, en claro recuerdo al conejo que siempre llega tarde aunque como el protagonista, Doc Stoeger, no sabe muy bien dónde debe dirigirse, y porque los golpes de humor son tan constantes que a veces nos sorprendemos pasándolo bien en una atmósfera terrible, en la que tienen lugar los tres asesinatos que, en el capítulo I adelanta el narrador.

—Me encantaría que hubiera un asesinato —respondí.
         Habría tenido gracia que Pete me dijera: “Doc ¿qué te parecerían tres en una misma noche?”
         Pero, por supuesto, no lo hizo. Aunque en cierto modo dijo algo aún más gracioso.
—¿Y si fuera un amigo tuyo?...

Como en las aventuras de Carroll, realidad y ficción se confunden en esta novela que empieza con el protagonista soñando y que, aunque despierta, no sabemos muy bien, por momentos, si sigue soñando, si su mente está afectada por el alcohol, o si lo que está ocurriendo es real. Tendremos que llegar al final para que todas las locuras vividas durante la noche en la que se desarrolla el argumento cobren pleno sentido.

Esta es la grandeza de Fredric Brown quien, caprichos del destino, se llama como un personaje literario de Chesterton al que recuerda nuestro protagonista, el padre Brown.

Doc, como el padre Brown, resuelve los crímenes más fantásticos e inexplicables, no porque sea un afamado detective, ni un excelente policía, sino por su conocimiento de la naturaleza humana, por el razonamiento psicológico que aplica al comportamiento de los hombres y porque se adentra a conocer el mundo mediante la imaginación, la agudeza y la reflexión, algo que, por otro lado, también consiguió Lewis Carroll.

En La noche a través del espejo he visto influencias de Chesterton, tanto Fredric Brown como el estadounidense tienen una gran habilidad para advertir que la explicación irracional es la más racional para desvelar los misterios. Ambos utilizan la paradoja como recurso irónico, a veces humorístico; y ambos, en medio del crimen y la desgracia destacan su asombro por la existencia, la alegría ante la vida, a la que constantemente hay que desentrañar, pues está llena de misterios.

Y sus protagonistas, Doc y el padre Brown son antihéroes, los dos encarnan a un hombre corriente, de buen corazón; los dos aplican la sensatez a través de la burla y para ambos la vida normal está plena de alegrías, buscadas en la amistad y las relaciones sociales.

De todo esto se deduce una gran agudeza en el análisis social, por lo que la novela es de contenido filosófico y sociológico, además de policíaco y de suspense.

Con esta introducción he pretendido dejar constancia de que estamos ante una obra maestra de mediados del siglo XX (¡Y yo la descubro ahora!). El ambiente en el que se desarrolla es el típico de un pueblecito, Carmel City, en el que nunca pasa nada, razón por la cual el periódico local se transforma en un semanal. Su director, Doc Stoeger, piensa venderlo porque está harto de no haber podido sacar una noticia actual e interesante durante 23 años «—Pero Doc, nadie busca noticias frescas en un semanario local.»

Sin embargo en los dos primeros capítulos da las claves de lo que se irá convirtiendo en enigma, por lo que el lector no debe pasar por alto ninguno de estos datos, aunque nada, o casi, será lo que parece y necesitaremos, con el protagonista, de toda la noche para que con la luz del día, volvamos a la realidad y la verdad despeje los misterios que, en un principio, parecían ocultos.

Me había equivocado con Miles Harrison [...] —Tómate algo conmigo, Miles —sugerí. Negó con la cabeza fastidiado [...] he de ir a Neilsville con Ralph Bonney a buscar el dinero de sus nóminas.

—Vaya [...] oye Smiley [...] ¿Te refieres al divorcio de Bonney
—Sí
—Pero Carl representaba a Ralph Bonney y la mujer de Bonney consiguió el divorcio

Al Grainger es un joven mequetrefe —sólo tiene veintidós o veintitrés años—, pero es uno de los pocos jugadores de ajedrez de la zona y uno de los aún más escasos que entienden mi entusiasmo por Lewis Carroll.

El sheriff Rance Kates era uno de mis peores enemigos [...] idiota, maleducado y lleno de prejuicios raciales.

No cabe duda de la maestría de Fredric Brow pues consigue aunar la lógica matemática con lo ilógico de la imaginación en el ambiente real del Condado de Carmel que, sin embargo está envuelto, por una noche, en un clima de ciencia ficción. Por todo ello no es raro encontrar diálogos absurdos basados en la antítesis:

—...¿Por qué no se lo vendes a él, si quieres venderlo?
—¿Quién demonios ha dicho que quiero venderlo? Sólo he preguntado si tú estarías interesado en comprarlo.

Las incongruencias también están presentes en la narración «Eso último era tan claramente falso que podía decirlo sin miedo». El protagonista, alcohólico, aunque lo niegue, es quien cuenta lo sucedido en primera persona, por eso el vocabulario se convierte, como él, en algo imprudente «estás un poco loco, pero eres buena gente», capaz de describir su pensamiento intermitente «Para mi indignación, una parte de mi cerebro insistía en [...] Pero la otra parte insistía en preguntarme...» incluso mediante metáforas irreverentes «no puedo esperar [...] pasarme la eternidad dedicado a tocar el arpa y a despiojarme las alitas», o asociaciones que subrayan lo inusual «incluso tengo una estantería en el baño. ¿Cómo que incluso? Creo que un baño sin estantería está tan incompleto como lo estaría sin retrete».

El dualismo realidad-ficción de Alicia está presente en la novela, y salpica al propio Carroll con atenuaciones humorísticas «Esperaba que dijera que no, y dijo: —No.»

Otras veces, las antítesis forman parte de un juego palabra-imagen que recuerdan, por lo absurdo y lo evidente, al humor de los hermanos Marx «—Claro que tengo miedo. Pero intente librarse de mí». De hecho al ritmo rápido de la narración favorece que surjan detalles justos, aunque queden olvidados pues otros entran en escena; de la misma manera, en tres ocasiones al menos, los personajes van asomando sin esperarlos, de forma continuada recordando la mítica escena de Una noche en la ópera. Una de ellas es la formada por las sucesivas apariciones en el banco del ladrón, de Doc, de la llamada telefónica de Milly que anuncia la llegada de la policía, del banquero Clyde Andrews y del doctor Minton. Otra, cuando se van congregando poco a poco todos en el bar de Smiley, y la última, en la oficina del periódico, en la que en persona o por teléfono se agolpan en torno a Doc para ir quitándole los casos que en un principio pensaba escribir a modo de exclusivas, el del loco escapado del manicomio, la caída de Carl, el robo al banco, los ladrones de la banda de Gene Kelly...

El humor es evidente, a veces el narrador protagonista implica al lector dirigiéndose a él mediante una afirmación que niega «Pero que nadie me pregunte por qué»; otras veces es el propio narrador quien se autocritica a pesar de seguir actuando de forma irresponsable «Tal vez estuviera bebido, puede que no me funcionase bien la cabeza [...] me vale cualquier posibilidad»; y otras veces la sonrisa aparece al leer una descripción demasiado detallada «había pisado un trozo de madera, un palo de dos por cinco centímetros y treinta de largo».

La sonrisa, o risa del lector, brota de cualquier situación; incluso el autor saca partido de la torpeza del protagonista

—Ojalá tuviera un arma
Entonces me acordé
—Yo tengo una —dije
Se enderezó y me miró. Me alegro de que la oscuridad le impidiera verme la cara, y a mí ver la suya.

El propio Doc es consciente de su ineficacia, «Las armas se me dan tan bien como a una serpiente los patines», aunque maneja como nadie la paradoja y el sarcasmo «Que seas religioso no tiene nada de malo, si quieres serlo. Algunos hombres buenos son religiosos».

No sólo el humor blanco, también el negro aparece, haciendo honor al género «—¿Se va a morir? —Sí, pero no como él cree, el Estado tendrá que pagar unos cuantos kilovatios».

El estilo de Brown es perfecto, ordenado, rápido, vivo, de narración fluida, humorística y llena de figuras que lo embellecen y lo elevan a la categoría más alta a la que puede aspirar un escritor, las metáforas se muestran en todas sus variedades pero destacan sobre todo las personificaciones relacionadas con el alcohol «—Me emborraché [...] así que me dirigía a la franja de hierba que se extiende al otro lado de la cuneta y [...] el suelo, con un pedazo de piedra en la mano, se levantó y me golpeó la cara». «La otra botella, la del bolsillo izquierdo de la chaqueta de Bat Masters, no había sobrevivido al accidente».

En la rapidez de lectura influye también que el protagonista se dirija a veces a él mismo en tercera persona, y hay ocasiones en las que, a modo de prolepsis interiorizadas, inserta posibles conversaciones futuras que van cobrando sentido con el acontecer de los hechos.

Fantástica novela en la que el narrador, como Alicia, se introduce en una ratonera de la que parece que no va a salir y, sin embargo, todo es posible en el mundo de la imaginación, de la locura, de la razón o de los efectos del alcohol:


«Seguía un patrón y yo ya sabía cuál era: el patrón de la locura. ¿La mía o la de quién?»

jueves, 7 de julio de 2016

ALUMBRAMIENTO

Si nos dijeran que en unas 150 páginas caben todos, o casi, tampoco vamos a exagerar, los sentimientos diríamos, probablemente, que es imposible. Pero eso lo diríamos antes de leer Alumbramiento, un libro de cuentos y microrrelatos en los que, con un punto de vista humorístico, no exento de ironía, aparecen los pensamientos que pueblan de manera ordenada la mente de Andrés Neuman.

El libro está dividido en 4 partes diferentes, al menos en cuanto a formas de escritura. Hay cuentos sobre la realidad social; microrrelatos, que el autor llama miniaturas; cuentos metafóricos sobre la escritura y dos dodecálogos sobre el cuento. Así pues, los cuatro apartados guardan una idea común: homenajear, revalorizar la escritura breve.

Y resulta que, mediante estos escritos condensados ha conseguido exponer las ideas de toda la galería de personas que forman la sociedad actual, los valores que predominan.

Andrés Neuman no sólo observa con atención todo lo que ocurre a su alrededor, es capaz de introducirse en el corazón del ser humano para ahondar en las emociones. Empecé a leer el libro, lógicamente, por el primer cuento que da título al volumen Alumbramiento, y no pude dejar de leerlo hasta terminarlo, casi de un tirón. Quedé hechizada pues cuando yo tuve a mi primera hija pensé algo parecido a lo que el-la protagonista expone «...y comprendo que aquel niño es el mismo que seré, el que aún no he sido, el que no pude ser, y que aquella es mi cara y es idéntica y es otra y que acabo de engendrarme». En Alumbramiento encontramos el monólogo interior de un hombre mientras nace su hijo; más que monólogo es un flujo de conciencia, tan unido, tan bello, a la mente de su mujer que no se sabe quién está realmente dando a luz.

Sin embargo en Una raya en la arena aparece el egoísmo infantil del hombre que no sabe mirar a la mujer desde su punto de vista y amarla «...lo único que quiero es que me quieras».

El punto de vista infantil, o el irónico de un adulto, relata en Fumigando en casa la vida en familia que muchos hombres dan por sentado como normal «mi madre no exageraba tanto: la amenaza era cierta y entonces no sobraban el veneno ni los nervios ni todos sus reproches».

En Ringo Mentón de seda observamos la ironía a la incongruencia del paso del tiempo, que sirviéndose de la monotonía termina por romper las expectativas y consigue hacernos sentir fracasados, pues no encontramos el sentido a vencer de manera fea, sin demostrar belleza. El tedio tampoco es agradable porque no refleja hermosura «Porque el tiempo es feroz y te noquea».

Aquellos que no han brillado en nada pero necesitan constantemente la aprobación de los demás, a base de adularlos, son un claro espejo de la estupidez pues, normalmente consiguen lo contrario de lo que desean; La prueba de la inocencia es una metáfora de este tipo de hombres «yo les daría la combinación de mil amores; son documentos rutinarios de contabilidad. Pero a estas alturas me aterra abrir la boca».

Las cartas tristes, repletas de humor negro, hacen una llamada a todos los perdedores que intentan aparentar éxito en sus asuntos; unos por envidia al éxito de los demás, otros por falta de autocrítica al sobrevalorarse, hasta que se dan cuenta de la realidad, de que además están solos y sin valor para sobreponerse «van a montar una exposición individual con mis últimas obras (el autorretrato mutilado, el corazón humeante, el desnudo con rieles, el falo-sacacorchos I, el falo-sacacorchos II y varias más)».

En El bandido relativo aparece la génesis de la leyenda del Tempranillo en un sarcasmo sobre la prosperidad.

El mundo irreverente, corrompido, sin escrúpulos asoma ante nosotros con toda la tristeza que puede entrañar la letra de una canción decadente (en El blues del año pasado) o una escena teatral del absurdo (en Dos hombres pasajeros) «—Pues déle el paquete a alguien, a otro pasajero, y luego le pedimos uno (un cigarrillo). Así la culpa no será nuestra, sino suya» (en un autobús).

Los cuentos de Neuman se desarrollan en un marco que está lejos de ser espectacular; como los de Chejov, la narración transcurre en los límites de lo real, de lo ordinario, de lo sencillo; los personajes son, a veces, insignificantes, aunque estén plenos de importancia, intensidad y significado. Cada uno de ellos está dotado con una personalidad peculiar, reflejo de la condición humana, y entre todos conforman una unidad que llamamos sociedad, para, entre todos, desmontarla.

Con una mirada agradable, el autor va planteando en sus Miniaturas la falta de autoestima que tienen determinadas personas, o la tristeza y soledad que oprime a quien tiene demasiada. El humor va casi siempre unido a la ironía y al absurdo, debido a que las circunstancias que rodean al personaje son aquellas que chocan con sus ambiciones o expectativas «Ese momento de amor inquebrantable que ella tanto ha preparado, engañando a Cristóbal, acostumbrándose a su cuerpo, a su carácter y sus gustos, para estar lo más cómoda y feliz posible cuando yo sea como él y lo dejemos solo».

Destacan, por supuesto, los títulos que, sobre todo en las Miniaturas, ayudan a focalizar la atención del lector, un lector que se exige activo, o a completar todo aquello que, por la brevedad no se dice. No sólo el título, en algunos casos Neuman se apoya en otros paratextos que ayudan a captar mejor la ironía, como en el caso de La ciencia «Extracto del discurso de clausura del I Congreso “La Flora en Gobi hoy”...», cuyos título y entradilla reafirman el sarcasmo a una sociedad capaz de denostar la naturaleza en nombre de la ciencia «En cualquiera de estas dos variantes, tarde o temprano se verifica el fenómeno que hace de los litopos una auténtica atracción para el profano y todo un desafío por el especialista».

Y sobre todo es necesario destacar, en cualquier modalidad, el juego incesante de las palabras; los vocablos se unen en antónimos expresando imágenes sugerentes «Encogido de ánimo, el narrador breve penetra en el extenso despacho», o las imágenes surgen de sinécdoques divertidas «El narrador breve nota que una repentina sudoración le inventa una corbata por debajo del cuello de la camisa».

Otra característica del estilo, en el que se erige ante todo una sensibilidad constante, consiste en que conviven sin problemas metáforas poéticas «Las avenidas respiran verdor» junto a paradojas «Furioso, justiciero, el héroe consigue colarse en la prisión de la comarca, burlar la vigilancia y liberar a una docena de malhechores que, sin salir de su asombro, se dispersan velozmente y se ocultan en los rincones más oscuros».

La vitalidad y energía de los textos se debe en buena medida a las aliteraciones «Aquel miércoles desapacible corría un aire a ráfagas» que además ayudan a conformar un espacio determinado.

Asimismo la oración corta aparece en ocasiones como versos de una inspiración profunda y ágil a un tiempo, un lirismo con el que honrar a mitos clásicos como Sísifo, o reales como Borges.

“Ha amanecido sin prisa. La hierba se calienta. Las opiniones se repiten, perezosas. Sé que sufro menos que muchos. No soporto ninguna incertidumbre. Voy por el sendero hacia el monte. Los árboles cimbreantes se lavan la sombra en el río. Sólo una cosa temo, y esto nadie lo sospecha: que un día como cualquier otro, al posar otra vez mi querida vieja roca, ésta se quede inmóvil en lo alto”.


Los cuentos de Alumbramiento son universales y sin embargo están contados con un lenguaje actual; con un trasfondo sociopolítico, Neuman advierte con humor que cualquier convencionalismo se puede arruinar, que a veces los héroes lo son porque han solucionado problemas creados por ellos mismos, que no podemos convivir con alguien o algo totalmente previsible y que la rutina es tremendamente dañina porque no dejará que cambiemos, y hay que cambiar, al menos ver las cosas desde diferentes perspectivas.

domingo, 3 de julio de 2016

LA VÍSPERA DE CASI TODO

La víspera de casi todo es una novela disociativa; desde el principio nada es lo que parece. Podríamos clasificarla sin problemas en el subgénero negro y sin embargo es, bajo mi punto de vista, una novela psicológica. Bien es verdad que todo parte de un asesinato, pero es un crimen cometido años atrás; podríamos decir doble crimen (todo es dual en ella). La vida se para ahí para los afectados, para las víctimas, hasta que un suceso que en principio no tiene nada que ver, vuelve a unir a esas víctimas con otras para que presencien otros crímenes y revivan todos los horrores por los que han pasado.

En realidad, casi todos los homicidios forman parte del ayer, por lo que Víctor del Árbol utiliza el diálogo, el monólogo interior, las analepsis, los flashbak, las cartas, los diarios, para que el lector se vaya enterando de lo ocurrido, vaya uniendo a estas personas y encuentre un sentido razonable a los hechos.

Aquella primera vez estaban los dos solos, sentados en el acantilado. Ella con diez años, él con siete, en la equívoca luz del cuarto del abuelo, Martina empezó a desnudarse

Casi todo acontecimiento es pasado o está por llegar en la mente de los protagonistas. Y ahí está la característica principal, nada es explicable mediante la razón sino por la falta de ella. «Paola se acarició la mano y pensó en la extraña corriente que le había atravesado la piel al rozarse con la punta de los dedos de Daniel».

Sabemos cómo son físicamente los personajes a través de unas breves pinceladas, más bien mediante un signo distintivo que incluso alude a los sueños que dejaron atrás: el cuaderno de Germinal, el sombrero de Mauricio, el tatuaje de Eva... Señales que a lo largo de la novela permiten ahondar en el interior hasta, en homenaje a James Joyce, enterarnos de sus vidas en las escasas siete horas que transcurre la novela.

Ibarra llevaba en el bolsillo el Ulises de Joyce. Lo había comprado en una librería de lance cerca del Odeón hacía tres semanas y vivía traumatizado porque era incapaz de pasar de las treinta primeras páginas. Se sentía un absoluto fracasado...

En medio del horror, sin embargo, también hay lugar para honrar al querido Carvalho de Vázquez Montalbán, al tiempo que le hace un guiño a Thomas Mann

Entre las brasas se consumían media docena de colillas y un paquete de cigarrillos arrugados, así como algunas páginas que Dolores había arrancado de un volumen de La montaña mágica.
—Hoy no puedo con tanto enfermo y tanto sanatorio....

Y no sólo guiños; aun en un mundo cruel hay lugar para la poesía, por lo que el narrador nos trae a la memoria los bellos tangos de Gardel, y muestra su respeto y admiración por el poeta intimista argentino, Juan Gelman, lo que contribuye a crear una prosa poética, tranquila en medio del espanto

Memoria que amarísima de muerte amarillea al pie de tu otoñar
memoria que morís con cada viva recordación
dulce fruto que fue tu mano...
—Muy bonito, y triste

La calma que destila la narración de hechos violentos es fruto de la utilización de recursos literarios que favorecen la lírica y la inspiración, como las comparaciones poéticas mitológicas «Paola conducía con una ferocidad inconsciente y jovial, como si fuera el auriga de cualquier dios inmortal», o las metáforas casi infantiles, «Sintiendo el caracoleo potente del corazón y el estallido de frío y vida en el cerebro». Incluso nos introduce en la literatura por la metaliteratura para hacernos ver el sarcasmo de nuestros anhelos «El león, rey de la tierra. El águila, dueña del aire. El grifo, guardián de los dioses; el animal mitológico dueño de su destino. Extraño tatuaje para tenerlo en la parte más mundana del cuerpo».

Y si nuestros deseos se transforman en irónica realidad, nuestra existencia se funde con las metáforas animalizadoras en una naturaleza salvaje: «Forcejearon como perros rabiosos disputándose un despojo», «Su mirada de ave de rapiña», «...escuchar el mugido del viento rizando las olas».

Pero la naturaleza salvaje, inhóspita, no es la que convierte personas en animales, es la ausencia de sentimientos lo que transforma la fealdad en belleza, lo bueno en malo, lo real en sueño «La gente dejó de interesarme cuando me di cuenta de que sólo somos espejismos».

Del Árbol penetra con facilidad en las visiones de sus personajes para caracterizarlos según las circunstancias que han influido en sus diferentes realidades, los motivos que les han llevado a huir para formarse un mundo imaginario en el que pretenden sentirse a gusto, sin embargo, también los sueños están envueltos en un ambiente decadente que golpea sin piedad, pues es un puro reflejo de la realidad

«Se tumbó en la cama del abuelo boca arriba con las piernas rectas y los brazos pegados al cuerpo. Un cuerpo de niña.
—Ven
Daniel, al principio, se negó, apartando la mirada. Ella esperó con la mano en vilo hasta que él la cogió. Se tumbó a su lado, sin atreverse a mirarla. La cama olía al abuelo. Un olor de mortaja.»

No hay un protagonista principal, sino varios que a su vez se bifurcan a sí mismos en dos, como si cada uno de ellos formara parte al mismo tiempo, de la realidad, Ibarra, Eva, Luján, Daniel, y la ficción que quieren construir, Germinal, Paola, Mauricio, Martina. Todos ellos sin excepción exhalan de sus palabras, de sus movimientos, de sus pensamientos una sensación de derrota brutal al temer las reacciones de los otros personajes o de sí mismos, enfrentados a continuos dilemas que no son sino fruto de la angustia que aparece en quienes tienen la conciencia de, a pesar de todo, seguir pagando una culpa: «...podría haberse ahorrado las esposas y el calabozo [...] —Casi le parto la cabeza —dice señalando la brecha que han cerrado con grapas los enfermeros de urgencias—. Es lo menos que debía aceptar.»

No hay impresión de alegría ante el triunfo o de fracaso ante lo que nos agravia. La atonía recala constantemente en los personajes cubriéndolos de una membrana paralizadora que les impide saltar, correr, reír; son seres tristes vapuleados con dolor hasta la tristeza «No se siente juzgado por este anciano que acaba de ver morir a su nieto y por el que, a pesar de ello, no logra sentir piedad».

Esta es la trama de la novela, los dilemas a los que una serie de personajes plantan cara, o aquellos de los que huyen para, ineludiblemente, afrontarlos en un futuro.

En realidad se dan dos fatalidades que convergen en los protagonistas y, por lo tanto, en el argumento.

Por un lado el mundo depravado de los fascismos, de las doctrinas totalitarias, de las masas adoctrinadas por pervertidos, en su mayoría seres acomplejados que tienen que demostrarse a sí mismos y a los demás que valen más que nadie; mundo que no puede verter a su alrededor otra cosa que no sea horror gratuito y nauseabundo.

Por otro lado el mundo oscuro, cerrado e irreal de la locura capaz de conseguir en quienes la padecen una tortura constante de la que sólo se puede salir mediante el deseo porque, en realidad, la locura afecta casi por igual al que la sufre y a los que lo rodean.

Cuando estos dos mundos confluyen lo de menos es la violencia, aunque sea lo que impera en todo momento; lo que verdaderamente marca es la tristeza, la angustia y la ansiedad porque esa tristeza y esa angustia no pueden salir de la mente aunque la realidad sea distinta; aunque la luz del día lo inunde todo, siempre volverá la oscuridad, el miedo, el sufrimiento «Pero yo sé que no puede volver lo que se ha ido para siempre».


Hasta la última línea de La víspera de casi todo es demoledora «La noche acaba y empieza el día, pero algunas personas quedan atrapadas en esa hora de la frontera que es el momento del reproche». La novela cuenta la vida de esas personas, seres silenciados en sí mismos sin capacidad para otra cosa que recriminarle a la vida la infancia que han vivido, las mezquindades que han sufrido, el dolor que los ha lacerado día a día, aunque quisieran ocultarlo en el sueño o sacarlo a la luz para vivir la vida como si fuera un sueño. Pero es imposible. Cuando la adversidad te atrapa lo hace con fuerza y no tienes otra solución que dejarte llevar como un pelele inerte, porque si intentas huir sus garras te despedazan hasta abrir de nuevo las heridas, y sólo puedes quedarte quieto otra vez y esperar que cicatricen.