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sábado, 25 de junio de 2016

MEDEA, SAFO, ANTÍGONA (tres piezas dramáticas)


Ha sido un placer descubrir a Andrés Pociña. Otra alegría que me llevo de la Feria del Libro de Madrid. Medea, Safo, Antígona  son tres piezas dramáticas, como reza el subtítulo, con un punto en común: tratan sobre tres mujeres de la Antigüedad Clásica, si bien sólo una de ella es real. Pero tienen otra coincidencia que las iguala; ahí empieza la magia del teatro, y es el punto de vista femenino de las tres historias. He quedado gratamente sorprendida al descubrir una Medea que, no es la malvada bruja que habíamos estudiado en la mitología sino que, nos hace ver los hechos ocurridos con Jasón, razona sobre ellos y sobre las circunstancias que la llevaron a matar a sus hijos. Situación que hoy no es perdonable, dada nuestra sensibilidad tan distinta a la de la época Antigua; aun así empatizamos con ella, por las circunstancias que rodearon al filicidio.

He quedado en paz con la poesía, con Safo y con la emotividad que emana tanto su forma de ser como su palabra; una mujer que a pesar de tener en contra a toda su época, lucha por despertar el interés femenino en la cultura.

He quedado arrobada con Antígona; es verdad que la fuerza de este mito siempre me ha fascinado, pero al leer Antígona ante los jueces, la oleada de rabia e impotencia que me ha invadido ha hecho que desee para mí su integridad, su fuerza y su convicción ante los actos que lleva a cabo.

Lo que más ha conseguido sobrecogerme es que el punto de vista femenino se lo ha dado un hombre. (He investigado algo sobre él y sólo he visto títulos que aluden a mujeres, lo que seguro me permitirá seguir leyéndolo).

Las tres piezas dramáticas tienen diferentes estructuras: Medea en Camariñas es un monólogo en el que sin embargo entran a escena otras mujeres cuyas funciones son la catártica y las de ayudar a que la protagonista consiga establecer la de reflexión, la terapéutica y la comunicativa, pues estas figurantes -lavanderas, como Medea- dan pie a la protagonista para que se enfade, se entristezca o se emocione mientras cuenta su versión de lo sucedido años atrás: por qué se unió a Jasón, por qué no se separó de él, qué pasó con su hermano Apsirto y por qué llegó a matar a sus hijos, hecho que será su condena durante toda su vida.

En el monólogo mezcla su historia pasada con las acciones que hacen las demás en el presente, y mezcla lo ocurrido con lo que después se escribió «¡Todo pura mentira! A mí me hace gracia ese ingenio fantástico que tienen los hombres, os lo juro: son capaces de inventar las cosas más estrafalarias del mundo para explicar las más sencillas; pero no les ponen ningún sentido común. ¡Qué rabia da cuando se te resbala el jabón de las manos y va a parar al fondo del agua! No te preocupes, Sabela; coge este panal mío si quieres...» De esta forma la estructura mantiene una unidad, todas las acciones forman un todo y ayudan a que la composición de los hechos sea recordable.

En el monólogo hay alusiones a los escritores de Medea, con lo que se mantiene la idea de inmortalidad, de mito, aunque cambie la historia, sobre todo para desmitificar a Jasón: «Jasón y los otros estaban en el barco, preparados [...] dispuestos a huir si nos descubrían. En realidad los que robamos la oveja y el carnero [...] fuimos yo y mi hermano Apsirto [...] Apsirto [...] muerto de miedo dejó escapar la oveja [...] yo arrastraba el carnero, más difícil de sujetar. De este modo fue como huyó Jasón de Cólquide, así fue como huyó Medea del reino de su padre, de noche, a escondidas [...] ¡Ya veis amigas, que leyenda más gloriosa!».

Es muy importante la puesta en escena, el juego de acciones, la relación ente los significantes y el referente. Importantes los signos no lingüísticos, las miradas de aquéllas que no hablan. Importante la acción principal que se lleva a escena: lavar la ropa sucia, signo inequívoco de purificación, no sólo para Medea sino para la mujer en general «Sin embargo no vayáis a pensar que yo me enamoré de Jasón. Os repito que esto fue simplemente lo que más me fastidió, que todos cuantos hablan de mí, vosotras mismas, no me mires así, Rosina, que imagino muy bien lo que diréis de mí cuando no estoy delante [...] Porque si yo fuese bruja, como dicen [...] ya me habría arreglado de otra forma en Camariñas, y sacaría para no tener que vivir en esa pobre cabaña, llena de goteras».

Medea representa la pasión sexual de la mujer llevada hasta sus últimas consecuencias «Cuando miraba para ti, no sabías que hacer, porque te venía como un escalofrío que te recorría el cuerpo...» por lo que no es de extrañar que ella, que lo dio todo por un hombre del que se siente despreciada, humillada, incluso violada, entre en una locura transitoria cuando se va a ver desposeída de lo que más quiere «...que Jasón se va a casar con la hija de Creonte, que yo tengo que marcharme de Corinto y, sin embargo, mis hijos [...] debían quedar con el padre, que ya los cuidaría su nueva mujer...»

Todo el monólogo destila una sensibilidad especial hacia la situación de la mujer. Medea, apartada del resto de lavanderas al principio, es signo de soledad. El silencio que la rodea es signo de la censura a la que ella, portavoz de muchas mujeres, ha sido sometida; sin embargo aparece, al menos entre las mujeres, un signo de comprensión al rodearla para seguir escuchando con interés su historia.

Atardecer en Mitilene, como su nombre indica representa una charla entre Safo, mujer madura y un grupo de alumnas, todas jóvenes. Además aparece un figurante, un portero que no dejará de tener su punto irónico al final, sólo con gestos, ante la orden que le da Safo, cuando todas se han ido a dormir.

El escenario es de alegría, paredes blancas de un patio, macetas con flores de colores, dos chicas pintando, una la pared, de blanco, otra los soportes de las macetas, de verde. El resto está rodeando a Safo en sillas de anea. Destacan pues los signos visuales, el atardecer alude a la madurez de la protagonista, al momento propicio para las confidencias, a la nostalgia, pero ante todo a tomar consciencia de lo que somos.

La poetisa Safo va vestida de blanco, color que le aporta pureza aun a pesar de sus años; está claro que por su posición y vestimenta es un referente para la juventud. Todas las chicas llevan vestidos claros, símbolo de ingenuidad. El significado de la escena, de ese signo teatral que han formado entre todos es delicioso: se debe educar a la mujer no sólo para los trabajos del cuerpo, de la casa, sino también en el espíritu, el arte, la cultura.

El diálogo no defrauda, además de suponer un placer escuchar algunos de los versos de esta mujer del siglo VI a.C.

Amor agitó mis entrañas
como un viento que baja el monte abatiendo las encinas

Es un placer la llamada de atención que el autor, a través de la protagonista, dirige a las mujeres jóvenes de hoy «...te diría que últimamente nos estamos pasando un poco con tantos epitalamios. [...] le estamos dando demasiada entrada a hombres hermosos en nuestros versos (se queda callada, pensando). Quizá también en nuestras existencias. (Con decisión). Es preciso retornar de nuevo a nosotras mismas. Antes que nada a nosotras.»

Básicamente éste es el mundo de la representación, la enseñanzas de Safo a sus discípulas, en las que predomina la verdad que debe rodear nuestra vida, la honradez, la necesidad del estudio, de la cultura para ser mejores, y por supuesto el amor, pero de una sensibilidad no usual entre los hombres de su época, por eso no es de extrañar que, la mayoría de las veces, lo encontrara entre las propias mujeres

y cuando ríes seductora. Esto
hace saltar mi corazón dentro del pecho.

Aunque debió luchar contra la época, contra los hombres, y contra la propias mujeres en su recinto idílico pues todo, fuera de esas paredes, era una realidad burda, brutal y despiadada... ¡Qué cerca tenemos nuestra sociedad a la suya! ¿Es que el mundo no cambia?

Safo.-  Había un barco de fuera [...] llevaban jóvenes mujeres negras, todas con las manos atadas, supongo que para impedir que se arrojaran al mar para escapar
            [...]
Irina.-   Y allí las venden como esclavas
Filenis.- Y cuando hay menos suerte como putas.
Mégara.- ¿Y tú no protestaste Safo?
Safo.-  Lo hice ante la guardia del puerto. Me contestaron, con más sorna que respeto [...] serían la primeras en quedarse sin comer ni beber si insistía en mi denuncia.

Antígona ante los jueces es una obra teatral en un acto. La protagonista se convierte en acusada y abogada del cargo que se le imputa: Desobedecer la ley impuesta por el rey que consistía en la prohibición de enterrar a su hermano Polinices por considerarlo un traidor y atentar contra Tebas.

Los signos escénicos aportan interesantes significados que, como las obras anteriores, acercan esta Antígona no sólo a la actualidad sino a la categoría de personaje real.

En el escenario hay un tribunal que presume estabilidad y justicia al estar presidido por el rey Creonte con dos jueces y 2 juezas, lo que nos trae, no sin un punto de ironía, a nuestra paridad actual.

Al otro lado del escenario está el coro formado por cuatro hombres representantes de cuatro pueblos diferentes, voces que se levantarán primero en defensa de Antígona pero que poco a poco irán callando ante las órdenes del absolutista Creonte. Asimismo hay un pueblo 5 en las primeras filas del público; una forma de imbuirlo como personaje para hacerlo partícipe del conflicto de la protagonista. Antígona queda en el centro, símbolo de la soledad. Es un signo polisémico pues representa la soledad del hombre frente a la masa del pueblo. Representa la indefensión del ser humano ante un dictador. Representa el menosprecio de toda la sociedad hacia los sentimientos frente a las leyes humanas. Representa la fragilidad de la mujer frente a la fiereza del hombre.

La puesta en escena subyuga; destacaremos la función renovadora de códigos, la función de reflexión; poco a poco van contando con analepsis los comienzos del argumento, pues para captar rápidamente la atención del público, la obra comienza in medias res, además de que, desde el principio el público de la sala es tratado como público del juicio. La función revitalizante aparece en la liberación de la mujer, ella es su propia defensora y ella es quien decide su final, y por supuesto, al cuestionar las leyes partidistas que rigen un país se incide en la función de crítica socio-política. En general la obra hace honor a los cuatro verbos imprescindibles de la retórica aristotélica para el teatro: Movere, Conmovere, Docere y Delectare.

El personaje de Antígona es único, de una fuerza increíble, adquirida, sin duda, en su relación con los otros personajes. Antígona es una mujer joven; es la única característica en la que incide el autor, pue según la mitología murió joven. El resto de marcas que la caracterizan no tienen importancia, da igual cómo vaya vestida o lo que lleve puesto. El personaje irá convirtiéndose en persona, se hará creíble  al interactuar con los otros; mediante gestos, silencios, obviedades en el turno de palabra que no respeta o su propia voz se va constituyendo en ser, nos va revelando su interior. Antígona ocupa entonces, en el lector, un puesto entre los seres indefensos que pueblan la sociedad, aquéllos que aun sabiendo que todo lo tienen perdido no cambian su opinión ni reivindicación en lo más mínimo. Antígona es portadora de un conflicto que, a lo largo de la trama, está inmerso en el conflicto de otro personaje y unido, por medio del Pueblo 5, al conflicto del público. El conflicto personal se hace grupal, social, humano y se convierte en Conflicto Universal.

Si tenemos en cuenta que cada conflicto de la obra representa un punto tensional, podemos decir que el conflicto teatral es lo que más se parece a la vida.

Y si tenemos en cuenta que la tensión de Antígona arrastra a la tensión de Creonte, a las de los jueces y a las del propio público, llegamos a la conclusión de que Antígona no es un simple personaje teatral, es un mito en el escenario, porque universalmente nos identificamos con la defensa del amor.

La Antígona de Pociña no incide tanto en la ley divina de a.C., según la cual había que enterrar a los muertos para que su alma no vagara eternamente, sino en la compasión, en la pena que le da dejar el cuerpo de su hermano, sin abrazarlo, sin limpiarlo, sin cubrirlo tras su muerte.


Tres joyas dramáticas que, indudablemente estoy deseando ver en escena cuanto antes.

sábado, 18 de junio de 2016

TÚ ERES LA PAZ

Tú eres la paz es una novela escrita en 1906. El título parece estar sugerido por Juan Ramón Jiménez; el argumento es, básicamente, la historia de amor de Ana María y Agustín; una historia muy al uso de los melodramas de la época en los que la mujer de una determinada clase social, abnegada y fiel, no debía en ningún momento mostrar enfado por acontecimientos contrarios a sus deseos o expectativas.

Tras una historia familiar truculenta, poblada de enfermedades y muertes, los primos Ana María y Agustín son los que sobreviven y quedan a cargo de la abuela, quien decide que por lo mucho que se quieren deben continuar en la casa y formar un matrimonio. Pero Agustín, antes de la boda, viaja por Europa para estudiar y practicar escultura. Ana lo espera durante años, y al volver ha cambiado la situación. Agustín ha tenido un hijo con Carmelina, una bailarina que los ha dejado a ambos. Ana María no culpa a su prometido, acepta lo ocurrido y se lo oculta a la abuela pues estaba a punto de morir. Una vez que fallece, los primos permanecen en la casa guardando el “luto”. Durante unos días Agustín se comprometerá con Ana y Carmelina alternativamente, hasta que se da cuenta del amor que siente hacia su prima, con quien finalmente se casa.

Indudablemente el título alude a Ana María, la típica mujer que aguarda a quien el destino, la familia o las circunstancias ponen en su camino para desposarla. Debe esperar el tiempo necesario hasta que el supuesto enamorado se digne a dejar sus correrías —necesarias en el hombre— y decida tomarla por esposa. Y evidentemente el argumento apunta a la tópica historia moralista cuya finalidad no es otra que enseñar el comportamiento a una mujer decente y cristiana. Todos los sufrimientos concederán después su recompensa —aunque hoy nos cueste adivinar cuál es—, mientras que un proceder alocado, frívolo y pecaminoso tendrá su castigo; la mujer irreflexiva no será perdonada, al contrario que el hombre, por eso Carmelina queda excluida del paraíso español.

«He aquí que me siento socialista; terreno peligroso y que me apresuro a abandonar; [...] como elemento decorativo no hay nada que se parezca a la realeza. ¡Si vieras qué triste figura hacía en París inaugurando una exposición el señor presidente, vestido de frac y rodeado de señores tan negramente ataviados como él!»

El lector se entera del argumento a través del narrador, testigo a veces,

«quédase de rodillas mirando a la señora y le habla ¿Qué le dice? ¡Quién sabe! Cosas pueriles y dolorosas; tal vez le da quejas por haberse marchado a los cielos dejándole en tanta vejez y soledad»

omnisciente la mayoría del tiempo

«¡Qué sería —piensa al oírle Ana María— si todas las almas que están despiertas dijeran a cada hora su emoción como esos relojes»

La voz narrativa desaparece para dejar paso a alguna página del Diario de don Francisco Estrada, poeta enamorado de Ana María, que ayuda a conformar la descripción de la protagonista «Está más pálida y debe haber llorado mucho. El dolor, cosa peregrina, la rejuvenece, tal vez porque las lágrimas han dulcificado la fiera acometividad de sus ojos...»

Y otro recurso, usual desde el Romanticismo son las cartas que escriben algunos personajes a otros, para que puedan seguir los acontecimientos. Así el lector se hace una idea del carácter

«Agustinito: Recibo tu carta cuando esperaba recibirte a ti; tú te lo pierdes [...] si a vuelta de correo no estás aquí tomo el tren, alma mía, y vuelvo a visitarte en tu jardín encantado»

«Te quiero más que nunca. Salud. Dime a qué hora llegas, y saldré a esperarte [...] Dicen por aquí que heredas millones. Si es así te felicito y me felicito. Hasta pasado mañana, ingrato. —Carmelina.»

En cualquier caso es una novela lenta, plagada de un sentimentalismo almibarado que en ocasiones cuesta digerir; incluso los diálogos son en su mayoría alegóricos. Nada ocurre de forma clara entre los protagonistas, no se hablan sinceramente, guardan sus sentimientos por orgullo como si decir la verdad supusiera una humillación.

Novela realista que no hace sino acrecentar la intransigencia e incultura de cierta burguesía española de principios de siglo

«—No digas —interrumpe la abuela, indignadísima— que mi jardín te recuerda nada a aquella tierra (Londres); con aquellas nieblas, aquel trajín y aquel humazo. Dicen que hay días que no amanece.»

y por supuesto, la inocencia e incultura del proletariado

«De veras asusta —dice Manuela— pensar que hay un país donde nadie le llama al pan, pan.»

El papel de la mujer honesta, relegado casi hasta la desaparición, contrasta con el de aquélla que intenta salir del rol clásico y que no puede ser otra cosa que una insensata egoísta. Así, mientras Ana Mª se adapta a los quehaceres de Agustín «Agustín ha encendido un cigarro, y Ana María sigue con interés el subir perezoso de las columnitas de humo», Carmelina busca su propio interés que va, por supuesto, dirigido a hacer daño a todo aquél que no le dé la vida disipada que quiere «sin duda el plan no es malo; entre la borrasca de sollozos Carmelina oye cómo Agustín se pone en pie, [...] cómo [...] se va aquietando; cómo le pone la mano en el hombro. Casi se le escapa un grito de triunfo.»

Sin embargo, todo sufrimiento cristiano tendrá su recompensa, y no sólo en el más allá; Ana Mª consigue, sin hacer absolutamente nada, sin luchar por el hombre que quiere, que Agustín se dé cuenta del verdadero valor de la vida y la elija por fin a ella, justo antes de partir a Madrid en busca de Carmelina quien, también en el último momento y siguiendo con su modo disoluto y cuestionable de vivir, encuentra otro hombre millonario que convenientemente se casará con ella en Nueva York.

Todos los personajes quedan conformes con su final, algo apresurado; prácticamente desaparece el narrador y nos enteramos del desenlace por el “diario de don Francisco
Estrada, poeta” y por la carta de “Ana Mª Aldana a Juanita, su amiga”. Del primero sabemos que dicho poeta, enamoradísimo de Ana Mª, acepta, con gratitud incluso, la boda de Ana Mª con Agustín y no se permite pensamiento ofensivo hacia ella, tal es la felicidad que derrocha. Por la carta conocemos cómo prepararon la boda de un día para otro, de ahí que no hubiera invitados, cómo decidieron hacerse cargo del hijo de Agustín y Carmelina, cómo comieron casi en familia y partieron por España a París y Londres; por supuesto remarcando a nuestro país como extraordinario y la capital del amor, decepcionante: la pobreza y vicio de Montmartre, el tedio del palacio de Versalles, la justificación de la guillotina de Mª Antonieta por haber dilapidado, la maravilla del Louvre porque alberga a Velázquez, Goya y el Greco...

Estoy convencida de que este pensamiento chovinista va unido no tanto a la época como al analfabetismo (papel que la mujer acató con gusto) «Por mucho que pueda saber la mujer, es preciso que guarde un rinconcito de ignorancia donde el marido pueda ser maestro; cada cosa prendida es un lazo entre quien la aprende y quien enseña; hay mucho agradecimiento y una dulce misión: el orgullo del hombre halla satisfacción cumplida en ir iluminando una ignorancia de mujer.» Creo que aquí sobran los comentarios. La pena es que la novela, escrita por la mujer del supuesto famoso escritor, está plagada de sumisión y aceptación de inferioridad, incluso de alegría «Acabo de cumplir veinticuatro, y esto, que soltera es casi vejez, casada puede parecer juventud extraordinaria; además el trato con los hombres rejuvenece a las mujeres y desde que estamos aquí, Agustín, que no es nada egoísta, me ha presentado a bastantes de sus amigos.»

Me niego a pensar que esta novela esté escrita por María de la O Lejárraga, a no ser que su marido, Gregorio Martínez Sierra, el firmante de toda la obra de su primero mujer, luego exmujer, la obligara a redactar novelas dirigidas al público femenino con el propósito de mantenerlo sin ganas de pensar, feliz y satisfecho con lo que la vida, España, le puso delante, encerrado en su casa de muñecas.


Según un estudio de Roberta Johnson, Tú eres la paz sería escrita cuando se inició el triángulo amoroso entre María, Gregorio y la actriz Catalina Bárcena. Según la propia escritora afirmó, Ana Mª representa la liberación femenina de su época. Es cierto que la protagonista es el alter ego de su autora. Es cierto que hay una similitud entre la vida de ambas, la desesperación, y el vaivén amoroso del hombre (parece ser que María Lejárraga intentó suicidarse al enterarse de la relación entre la actriz y su marido), pero encuentro una diferencia fundamental que hace que Ana María no me diga nada y María suponga un referente: El final de la protagonista es el matrimonio y un plan de felicidad mutua (¿fruto del interés de la autora para ella misma?) y el final de María fue la separación, el activismo político, la formación de la mujer, la independencia. Esta diferencia ha causado mi sorpresa; probablemente la novela fuera escrita “para dar gusto al público”, de hecho fue un best-seller en la época, como también lo fue Canción de cuna, escrita en 1911 y llevada al cine hasta en cuatro ocasiones (en Hollywood, Argentina y España). Su labor como escritora culminó con la creación de dos libretos a los que Falla puso música: El amor brujo y El sombrero de tres picos.

lunes, 6 de junio de 2016

SUEÑO DE UNA NOCHE DE VERANO

Merece la pena leer Sueño de una noche de verano porque es una obra del también homenajeado este año, en su 4º Centenario, William Shakespeare, porque es una comedia divertidísima, porque conjuga realidad y ficción hasta que forman un microcosmos aparte, y porque el metateatro que contiene, la representación de la tragedia de Píramo y Tisbe (a cargo de unos artesanos), es una de las mejores —por ocurrente— adaptaciones de la leyenda de estos amantes.

Cuña.-   Pardiez, nuestra función es “La muy lamentable comedia y muy cruel muerte de Píramo y Tisbi”
Canilla.- Una pieza muy buena, os lo aseguro, y divertida. Ahora, buen Pedro Cuña, ve llamando a tus actores por la lista. Señores, desparramaos.

En realidad la he leído porque me quedé intrigada con Martinito, el de la casa grande; quería comprobar dónde estaba lo literal, dónde la influencia y dónde el guiño de Carmen Baroja al maestro.

Y me ha pasado exactamente lo mismo que al leer las tragedias de Shakespeare; desde el principio he quedado atrapada por un vocabulario en el que la mezcla inesperada de estilos hace de la representación algo ágil, moderno y atrevido. Encontramos metáforas poéticas y humorísticas «la luna (la regidora de las aguas), pálida de cólera, lava el aire entero haciendo abundar los males catarrosos», que nos recuerdan a las greguerías de Gómez de la Serna; junto a ellas, otras empequeñecedoras que, en la situación de encantamiento, nos hacen sonreír «¿Quién no va a cambiar a un cuervo por una paloma?» (a Hermia por Helena).

El lirismo de los versos contrasta en ocasiones con lo grotesco de la prosa;

Helena.- ...soy tu perrito, y cuanto más me pegas, Demetrio, más apego te tengo. Trátame como a tu perrito: dame patadas, golpéame, despréciame, piérdeme...
Demetrio.- No tientes demasiado el odio de mi espíritu, pues me pongo enfermo cuando te miro.
Helena.- Y yo me pongo enferma cuando no te miro.
Demetrio.- Pones en demasiado peligro tu pudor al dejar la ciudad y entregarte en manos de uno que no te quiere...

El ingenio de las anfibologías choca con los dobles sentidos de algunas expresiones que no tienen sentido;

Gazuza.- Creo que tenemos que dejar lo de matarse...
Canilla.- Ni por pienso: tengo un truco para que todo vaya bien. Escribidme un Prólogo, y que el Prólogo haga como si dijera que no vamos a hacer daño con nuestras espadas...
Cuña.-   Bueno, buscaremos ese Prólogo, y estará escrito en un dos por tres.
Canilla.- No, mejor que esté escrito en versos de ocho.

Los personajes populares difieren de los aristocráticos, y los reales de los fantásticos, de ahí que, entre tanta antinomia, en expresiones alambicadas irrumpan insultos o improperios y las leyes renacentistas, austeras y severas, se dejen influir por otras divinas más caprichosas, absurdas y divertidas.

Duende Berto.- ¡Eh, espíritu! ¿Adónde vas?
Hada.-   Por los montes y los valles
              [...]
              Tengo que ir ahora a buscar
              gotas de rocío frescas,
              para que tengan las prímulas
              pendientes en las orejas.
              Adiós, me voy, torpísima lombriz:
              con sus hadas, ya está mi Emperatriz.

Precisamente es este contraste, este juego de contrarios lo que aporta el equilibrio a la obra porque así es la vida, una representación en la que no todo son alegrías ni buenos deseos.

Hermia.- Cuanto más le odio, más me sigue.
Helena.- Cuanto más le quiero, más me odia.

La división en 5 actos confiere el equilibrio formal ya que en el Acto I se plantea el problema de los personajes reales; en el Acto II el de los seres fantásticos; el Acto III constituye el eje de la obra, pues en el ensayo de Píramo y Tisbe reside la tragedia que normalmente representa el amor real, y los intentos de la fantasía por solucionar problemas reales se quedan en eso, intentos fallidos.

Los Actos IV y V son la resolución de los problemas mediante el humor; asimismo la magia que supone para las parejas la bendición del amor es el regalo que los sueños ofrecen a la realidad.

En el contenido también observamos un equilibrio total. Si mediante el enredo y los disfraces existe en lo irreal una tendencia a la confusión, en la realidad se recobra el orden.

En las contradicciones del amor se encuentra la solución. Los amantes pasan de dedicarse requiebros a insultarse.

Helena.- Ah, cuando está enojada es maligna y furiosa [...] y aunque sea pequeña, es feroz
Hermia.- ¿Pequeña otra vez? ¿Nada más que baja y pequeña? ¡Qué! ¿Va a consentir que me insulte de ese modo? Déjame que vaya a ella.
Lisandro.- Vete ya, enana, minimus hecho de centinodia, abalorio, bellota.

En un mismo poema alternan palabras líricas y populares. En una boda se representa una tragedia que, mediante el humor absurdo, trae la alegría a todos.

Teseo.-  ¿Trágica y graciosa? ¿Tediosa y breve? Es como hielo caliente
              [...]
[Canilla como] Píramo.- Dulce luna, tus rayos te agradezco [...]
              Confío poder ver a mi fiel “Tisbi”.
              Pero espera...
              Ojos ¿Qué veis? No sé cómo ocurrió.
              Dulce patito mío, amada mía,
              tu manto está empapado todo en sangre.
Teseo.-  Este sufrimiento, y la muerte de una persona querida serían casi bastantes para que un hombre pusiera cara triste.
              [...]
              Quedan el Claro de Luna y el León para enterrar a los muertos.
Demetrio.- Sí, y también la pared.
Canilla.- No, os aseguro que se ha derrumbado la pared que separaba a sus familias ¿Os parece bien ver el Epílogo...
Teseo.-  Nada de Epílogo, por favor, porque vuestra función no necesita excusas.

Todo es magia en el Sueño de la noche de San Juan, todo puede suceder en el día más largo, todo durante una noche en la que la magia no permita distinguirla del día. Así pues, los peligros, los insultos, incluso la tragedia representada no pasan de ser sueños hasta que la noche más clara del año, la del solsticio de verano, la de San Juan, dé paso al día, a la luz real, a la felicidad y la armonía. Hasta cinco historias de amor distintas tendrán lugar en una de las obras más cortas del genio inglés; en el plano de los humanos, la boda de Teseo e Hipólita, la de Hermia con Lisandro y la de Helena con Demetrio. En el plano de los seres fantásticos Oberón y Titania volverán a unirse y en el plano metateatral el amor de dos seres fantásticos se representará en la propia fantasía primero y pasará a ser real después. Todo queda pues, en un equilibrio perfecto.

La comedia mantiene el sello del dramaturgo: los personajes principales, aunque no están tratados con la profundidad de los de sus tragedias, simbolizan cualidades humanas; nos encontramos con la constancia de Hermia y la pasión de Helena, ambas retratan a la mujer.

Hermia.- Consuélate: no volverá a ver mi cara (Demetrio): Lisandro y yo huiremos de aquí...
              [...]
Helena.- ...y lo mismo que él se equivoca (Demetrio), enloqueciendo por los ojos de Hermia, yo también me equivoco, admirando sus cualidades: cosas bajas y viles, que no contienen valor, el amor las puede transformar en forma y dignidad.

Por su parte los hombres quedan retratados desde la fragilidad de Demetrio y la pacificación de Lisandro

Helena.- ...Pues antes que Demetrio viera los ojos de Hermia, granizaba juramentos de que era sólo mío...

Lisandro (a Egeo).- Yo, señor, soy de tan buena estirpe como él [...] mi amor es más que el suyo [...] soy amado por la bella Hermia ¿Por qué, entonces, no habría de mantener mi derecho?...


El resto de personajes, veintiséis, más los que forman los séquitos de Teseo, de Oberón y de Titania, están situados estratégicamente y aparecen de manera conveniente para describirnos la corrupción del mundo, masculino por excelencia, y la irracionalidad del ser humano. No se puede ser más actual, por eso, los decorados, la tramoya, la música, conforman un encuadre perfecto para que siempre tengamos presente los caprichos del destino, la valentía de la mujer y el poder del amor.

viernes, 3 de junio de 2016

MARTINITO, EL DE LA CASA GRANDE

Martinito, el de la casa grande es un cuento maravilloso. En todos los aspectos; porque ahí lo enmarcamos según la clasificación de Todorov, si atendemos a que hay elementos sobrenaturales que no provocan reacciones de extrañeza en el lector ni en los personajes, sino que lo extraño, lo maravilloso es la naturaleza de los acontecimientos. Su escritura también consigue formar un cuento extraordinario pues es a la vez tradicional y moderno; toda una originalidad de Carmen Baroja. De hecho, el comienzo ya produce asombro en el lector «Se encontraba en un sitio obscuro…» ¿Dónde están Érase una vez… o Hace muchos años…? que nos llevan a lo lejano, a lo fantástico. Aquí hay datos reales; el narrador refleja con verosimilitud todo lo que observa, las descripciones son detalladas, exhaustivas, para guiar al lector a que pueda reconocer su mundo cercano, aunque a veces se introducen otras irreales de forma tan sutil que cuesta diferenciarlas. En general la autora nos cuenta una historia contemporánea, con ambientes reconocibles y personajes reales que conviven de manera normal con seres sobrenaturales y mágicos entornos «La cocina de hierro, puesta al rojo, se cubría de cacerolas, cazos y marmitas […] La cocinera, gorda y mofletuda, sudaba y se volvía loca para resolver los conflictos […] Los chicos de los caseríos […] lamían, chupeteaban y rascaban los moldes de los bizcochos […] Los invitados, con toda la comitiva, subieron de la capilla […] Juan salió un momento […] escribió una esquelita “Martinito: Hoy, el día más feliz de mi vida me acuerdo de ti con el cariño de siempre. Rosa te ha cosido este traje […] aunque a vosotros los duendes, no os gusta el pago de lo que hacéis por cariño. Moshi” La metió en un sobre, tomó dos paquetes, uno con el traje y otro con chocolatines, y lo subió al desván de su casa, dejándolos en un rinconcito, junto a la pared.»

La verosimilitud de Martinito el de la casa grande tiene un carácter ficcional que admite en esa realidad elementos sobrenaturales. Esto consigue que el lector se impresione, que vacile entre la explicación lógica o la mágica.

El cuento es largo; otra originalidad es que está dividido en dos partes (a veces podríamos pensar que nos encontramos ante una novela corta, de hecho el realismo mágico pudo estar influido por cuentos maravillosos o fantásticos). En la primera parte conocemos a Moshi; la escena simboliza el nacimiento, metafórico, del que se augura el protagonista, desde el fondo de una alberca, bajo tierra cenagosa, cuidado por topos y musarañas «Descansó un momento y cuando la tierra dejó de caer, se puso en cuclillas y, dando una violenta sacudida en el techo, se halló fuera en medio de un montón de tierra…» Moshi es un niño diminuto, vestido de verde tornasol que tiene la propiedad de ser invisible cuando se quita el traje «Yo recuerdo —terció la musaraña […]— que una tía abuela mía, contaba cómo en una ocasión había tenido en casa una niña tan pequeña que dormía en la cáscara de una nuez». Conocemos el espacio, la Casa Grande, y a sus dueños, apenados porque un día desapareció su hijo Juanito para no volver, a Rosita, hija de una criada a quien la malvada ama de llaves chupa su energía todas las noches, a Martinito, el duende que vive allí cientos de años, que muere para resucitar tiempo después, rejuvenecido, y echar a la vieja infame, salvar a Rosita y traer a Juanito, que se había caído en la alberca para ser Moshi durante años, hasta que Rosita lo encontró.

La segunda parte es la historia de Lily, la hija de Juan y Rosa que también desaparece, por envidia de un hada malvada que no había sido elegida como madrina de la niña. Lily llega hasta un bosque donde convive con un niño carbonero, que resultará ser un príncipe, un ogro bueno, un osito y un burro, quienes ayudados por las lechuzas de la Casa Grande regresan a casa años después cual músicos de Bremen.

Cuento maravilloso por donde se mire, no sólo el tema, el argumento, los personajes son fantásticos o reales, sino que toda la historia está llena de guiños a los autores consagrados. Si la niña que dormía en la nuez nos recuerda a Pulgarcita, de Andersen, a Lily intentan matarla con una manzana envenenada, o clavándole un alfiler que la duerme en el acto, aunque el viento la haga estornudar y echar el trocito de fruta o unos pajarillos le saquen el alfiler; la reina de las hadas, Maya, es la misma que la de El sueño de una noche de verano, de Shakespeare, de hecho el título del capítulo III de la segunda parte toma ese nombre, homenajeando explícitamente al autor «Martinito durmió en el tronco de un árbol hueco y quizá aquella noche, que era de verano, sucedieron en el bosque cosas que un genio narró después», sin olvidarnos de la piel protectora de Moshi, que no era de asno sino de topo, pero el guiño a Perrault, queda en todo el libro.

Carmen Baroja, homenajea asimismo a la épica medieval pues alude al cantar alemán anónimo del siglo XIII, Los Nibelungos «dos pájaros que iban saltando de rama en rama delante de él, como Sigfrido», y a la leyenda de Bretaña, con el ciclo artúrico «…estaba Titania, vestida con un suntuoso traje de perlas de rocío. A su lado se hallaban sus hermanas Morgana, Loreley, Vibiana, el sabio Merlín […] Todos estaban muy emocionados por haber sido retratados por los grandes genios». En estas palabras del narrador observamos la mezcla de tiempos, quizás uno de los aspectos más llamativos, pues conviven a la perfección seres humanos con duendes, trasgos, gusanos, brujas en la universalidad; los seres fantásticos son de épocas diferentes, corresponden a los románticos Heine (alemán) y Andersen (danés), al barroco inglés Shakespeare, al clasicista francés Perrault e incluso a nuestro Segismundo calderoniano; sin embargo,los reales son contemporáneos a la autora. El padre de Lily comenta una mañana, después del desayuno, con el periódico en la mano, la estupidez de algunos de los artículos que se insertan. Y todos conservan un punto de modernidad que, años después, hemos visto en algunas adaptaciones de los cuentos, pero no en la generación del 98, lo que convierte a Baroja en una adelantada a su tiempo «Martinito quedó un poco desconcertado al ver que (las hadas), en lugar de pétalos de rosa, cuentas de rocío y alas de mariposa, vestían gruesas telas, chaquetas de piel, y el pobre Lubri un “mono” azul lleno de manchurrones de grasa. Tampoco llevaban varitas de virtudes. El hada Mecaní llevaba un vástago de hierro con dos dientes que se separaban por medio de una tuerca […] Electra […] unos alambres […] Gaso […] traía unos bidones de aquí para allá…». Tanto los nombres como las profesiones de las hadas aluden a la incorporación laboral de la mujer.

No cabe duda de que Martinito, el de la casa grande, es un cuento divertido, apasionante, fantástico, que, además está escrito con una prosa ágil aunque plagada de metáforas poéticas «Nubes, nubes, nubes […] Éstas corrían, se alargaban o se apelotonaban como enormes grumos de algodón en rama, para convertirse otra vez en sutiles y alargados vapores».

El vocabulario sencillo, coloquial, convive sin problemas con términos fantásticos para los conjuros o los sobrenombres de algunos personajes «Mozorro», «Mamur». Las descripciones minuciosas, realistas, se dan la mano con otras poéticas por los recursos literarios empleados como el diminutivo afectivo, el asíndeton o las comparaciones «La tía Ambroshi era una viejecita monísima, muy pulcra, muy chiquita, muy bonita. Tenía todo el pelo blanco, la tez sonrosada y toda ella parecía hecha como de nácar.»

Podría contar el cuento, es maravilloso, pero aquí dejo esta reseña para invitaros a leerlo, a disfrutar, y a pensar en todas las mujeres que han quedado ocultas tras su literatura. Es hora de que salgan y formen parte de los libros de texto, porque además… ¡qué ironía! la finalidad de Martinito el de la casa grande es hacer que comprendamos una serie de valores, como el agradecimiento, tan difícil de entender hoy día y tan escaso.


¡Gracias Carmen!