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viernes, 29 de abril de 2016

DESDE LA SOMBRA

Increíble la última novela de Juan José Millás; ágil, entretenida, absurda y, como todas las de este autor, profunda, llena de las obsesiones que han ido apareciendo en otras de sus publicaciones y que ahora traslada a su protagonista, Damián Lobo, curioso nombre que, de alguna manera refleja su personalidad pues, como este depredador, es capaz de permanecer agazapado hasta que encuentra la oportunidad de obtener su alimento; no importa el tiempo que tenga que esperar, su vista y olfato se va habituando a un hábitat diferente hasta que puede moverse con soltura. Y sin embargo él se identifica con otro animal carnívoro y mucho más agresivo, la morena, eliminando de su temperamento el contacto con otros de su especie, así como la valentía del lobo, pues Damián, como la morena, permanecerá oculto en una grieta, guiándose por su olfato, hasta emboscar a su presa.

Esta es la característica principal de Damián, su dualidad, su personalidad conflictiva que lucha constantemente para descubrir su identidad. «Sometido a una tensión extraordinaria, Damián iba y venía desordenadamente de la realidad al programa de O’Kane y del programa de O’Kane a la realidad.»

Desde la sombra es una mezcla de novela existencialista y teatro del absurdo; la cantidad de diálogos, que predominan sobre la narración, confieren a la escritura cualidades para ser representada. Sin embargo sería dificultoso llevarla a escena porque los diálogos se producen en la mente del protagonista para poder responder a sus propias obsesiones, a todo lo que lo atormenta. Estos diálogos pues, son en realidad monólogos interiores de un personaje que, como en La metamorfosis, sale de su realidad; sin embargo, al contrario que Gregor Samsa, su finalidad no es destruirse, desaparecer de un mundo que le es hostil, sino crearse, definirse en otra realidad.

Mediante estos monólogos-diálogos, Damián va desvelando su pensamiento a través del humor, la paradoja o la ironía para llegar a ofrecernos una visión crítica de la realidad «Quizá, como ocurría en tantas familias, tuvieran dos coches, uno grande y nuevo, que utilizaría el padre, y otro más pequeño, posiblemente de segunda mano, que conduciría la esposa»
«—Y usted allí, en las profundidades.
—Yo allí, sí. Se me había acabado la batería del móvil, por lo que mi aislamiento del mundo era absoluto…»

En realidad la paradoja está presente en las ideas y en la estructura de la novela, pues una personalidad caótica como la de Damián Lobo, con sus idas y venidas a diferentes realidades, está estructurada de manera coherente en tres partes, que se corresponderían con el argumento:

La primera parte constituye la creación de su mundo. Damián ha sido despedido como jefe de mantenimiento de una empresa de bienes de equipo. Deambula por las calles para meterse en una cafetería y quedar allí apartado. Sale de ella y entra en un mercadillo de antigüedades para, con la excusa de un pequeño robo, encerrarse en un armario ropero en el que lo llevan a casa de Lucía y Fede. De allí saldrá para esconderse bajo la cama hasta que puede introducirse, pasando por el ropero, en el armario empotrado que ha quedado oculto tras dicho mueble.

Los lugares cerrados por donde va pasando Damián representan el rendimiento ante una vida que lo ha oprimido hasta el punto de no dejarle escapatoria. El protagonista tuvo una infancia conflictiva «Verá, yo me oriné en la cama hasta muy mayor» y un presente que se ha encargado de anular las esperanzas del pasado «Aprendí que no debía fiarme de los sueños»; por eso la vida como ocultación, en el armario, es liberadora.
«—¿Y no sintió claustrofobia?
—No, al contrario, jamás me había sentido tan libre. Como si aquel armario fuera el centro del universo, como si el mundo se expandiera a través de él…»

Damián ocupa ahora un lugar importante, él ha creado un mundo en el que es libre, si renuncia a ese sueño, renuncia a su libertad, por lo que podría dejar de existir «Y no hay libertad más grande que la que proporciona esa ausencia, la del miedo.»

La segunda parte se centra en la supervivencia en ese mundo en el que Damián se siente a gusto, de hecho intenta eliminar de su mente a O’Kane, el presentador que lo lleva a la fama en un reality show, al considerar obscenos algunos comentarios sobre Lucía. Damián ha descubierto que es útil, se preocupa por los que lo rodean sin que estos lo noten «…formar parte de aquel grupo en calidad de fantasma le resultaba agradable» y se siente feliz al hacer feliz a Lucía «Damián no era insensible a la gratitud que sus desvelos provocaban en la mujer, cuya felicidad creciente resultaba manifiesta.» De hecho, el protagonista amplía su realidad a los libros y a internet. En ese momento Lucía se introduce en el mundo de las ideas de Damián y ambos olvidan la materialización
«—¿Quién eres?
[…]
—¿Acaso no lo sabes?
—Creo que sí, que lo sé —respondía ella— ¿Has venido a salvarme?
—¿A qué si no?»

Pero la existencia es superflua si no se tienen en cuenta todas las posibilidades que van apareciendo, y a Damián le ha surgido, en su realidad imaginaria, Lucía, un personaje material, por lo que en la tercera parte destruye el mundo que ha creado y el real existente pues ya no le satisfacen, ambos lo oprimen; decide, pues, desmaterializarse y convertirse en idea.
«—¿Se considera usted una idea?
—Desde luego, estoy más cerca de ser una idea que una persona de carne y hueso»

Al sentirse idea, el tiempo desaparece para Damián Lobo, el miedo al presente o futuro no tiene sentido «Ese aguzamiento le producía una suerte de euforia serena y de seguridad que le otorgaban en el universo un lugar del que hasta entonces había carecido.»

Surge entonces la metamorfosis «Se había convertido, pensó con una sonrisa, en una especie de araña que desde una esquina a la que nadie prestaba atención controlaba, protegida por la tela, los movimientos del universo.»

Ahora es ese insecto-dios capaz de hacer un mundo a su imagen en el que él volverá a nacer
«—Ya has llegado —le dijo
—¿Adónde? —preguntó Damián
—Adonde quiera que fueses —respondió la voz
Y eso fue todo.»

Desde la sombra es una alegoría de los terrores del hombre actual, no sólo pertenecen a Millás, las obsesiones que aparecen, de hecho, son bastante generales en nuestro mundo moderno: la crisis de identidad, la soledad como estado que hace prosperar, el amor y la muerte por amor, la vida como ocultación y la exploración de otros espacios habitables aparecen constantemente, de diferentes maneras, en la novela. Damián Lobo se siente una morena, su madre se mimetizaba con su padre al llegar a casa, él guiñaba los ojos para parecerse a su hermana china, su trabajo seguro resultó no serlo, puede vivir bajo la cama, en un armario, en su mente y, en esa soledad es capaz de crear. Todas estas obsesiones no son sino un reflejo de lo absurdo del mundo, y por lo tanto del absurdo comportamiento del ser humano, de ahí que la novela presente una perspectiva crítica con respecto a la sociedad actual. Las acciones de Damián van encaminadas a buscar algo que dé sentido a su vida, una vida hasta ahora vacía.


Y a pesar de ser una novela psicológica, no tiene cabida en ella la lentitud. El estilo, usual en Juan José Millás, plagado de chistes, ironías, sarcasmos, escatología y humor consigue que leamos esta tragedia con una sonrisa en los labios. Merece la pena el tratamiento del narrador pues en 3ª persona, externo al relato, toma no obstante el punto de vista de Damián; como si fuera su creador va describiendo lo que ve, oye, percibe o siente el protagonista hasta dejarnos con la impresión, a veces, de que es la voz del autor que habla con su obra.

sábado, 23 de abril de 2016

LAS SINSOMBRERO

Merece la pena leer Las sinsombrero. Ensayo sobre diez mujeres de la Generación del 27, diez artistas olvidadas en los libros de texto, olvidadas en los estantes de las librerías y, en algunos casos, olvidadas en las memorias de ciertos compañeros a pesar de haberles servido de inspiración o de influencia artística; a pesar de haber formado parte de su círculo de amigos; a pesar de haber mantenido con ellas una relación de amor.

El libro tiene la lectura que cada uno le quiera dedicar, es decir, la escritura es fluida, segura y pretendidamente objetiva, centrada en los conceptos que quiere resaltar de las artistas. Si nos quedamos ahí, la lectura es continuada y ligera. Pero Tània Balló es otra artista, cineasta, ofrece con su pluma una serie de imágenes que permiten ver entre líneas más allá de lo que está escrito; en esos instantes el lector queda atrapado en una época histórica, en una generación que aspiró a ser libre y creativa y vio cómo sus esperanzas se desvanecieron, cómo la creación quedó modificada en ocasiones y destruida en otras, cómo la libertad se transformó en dependencia, prisión o aniquilación, cómo la espontaneidad e independencia derivaron en el ostracismo y el silencio. Y en esos momentos la lectura de este libro no fluye; no se puede permanecer en esos diez nombres porque aparecen muchos otros y la curiosidad lleva a investigar en ellos.

El libro es apasionante; descubre a mujeres desafiantes que consiguieron, aunque fuera durante un tiempo efímero, realizar sus sueños al tiempo que fueron conscientes de que el futuro no les estaba permitido, de que sus ambiciones no eran suyas sino que formarían parte de las de otros, o ni siquiera eso. Cuando el lector profundiza en esto se da cuenta de que una tristeza, derivada de la soledad de estas mujeres, engloba las páginas y se convierte en rebelión ante el ser humano como máximo depredador del propio ser humano.

Porque la mujer ha debido luchar contra una sociedad perjudicial en la que tienen cabida no sólo amigos o conocidos, a veces incluso hombres a los que admiramos, sino también familiares, otras mujeres, y su propio mundo interior en el que «Se encerraron en él, como refugio de una vida que sentían que no las contemplaba. Y su arte fue el único vínculo con el que conseguirían entrar en contacto con su entorno.» Y como es lógico, quien debe encerrarse en sí mismo está abocado a la ocultación, a la tristeza, la angustia, la rabia y la opresión, porque uno mismo es muy pequeño.

La mayoría de estas mujeres, y esto es lo más triste, fueron aniquiladas por sus propios compañeros de generación, lo que dice mucho de la misoginia de esa Edad de Plata de la cultura española, porque es cierto que Juan Ramón Jiménez, Pedro Salinas, Jorge Guillén nos hacen vibrar con su poesía, Dalí con su pintura o Buñuel con su cine, pero no debemos olvidar que ellos no formaron ese Grupo del 27 que ha traspasado épocas y fronteras; ellos son sólo una parte que se completa con Mª Teresa León, Rosas Chacel, Ángeles Santos, Maruja Mallo o Concha Méndez entre otras. Lo más triste es que algunos de esos compañeros no sólo las ignoraron o intentaron subestimar su obra durante la República, sino que en los tiempos en los que los exiliados empezaron a regresar a España, a finales de los 70, en que las multitudes se agolpaban para vitorear a aquéllos que debieron refugiarse en otras latitudes, ninguno puso por delante de sus éxitos el de alguna de sus compañeras.


Y merece la pena destacar, aunque es difícil decisión, el papel de Mª Teresa León durante la Guerra Civil, pues su aportación a la escena español no sólo resultó encomiable sino innovadora, utilizó técnicas escenográficas que no se habían visto hasta ese momento como la mezcla de proyecciones cinematográficas con los decorados teatrales; creó y dirigió el Teatro de Arte y Propaganda, representando durante una temporada completa en el Teatro de la Zarzuela; regeneró el teatro al convertirlo en manifestación cultural y educadora del pueblo; estrenó a Lorca, a Alberti, a Arconada, a Valle-Inclán y a Dieste, entre otros, y la crítica se rindió a sus pies valorando su labor como autora, gestora, directora y actriz y ensayista de distintos proyectos escénicos. No debemos pasar por alto la reflexión de Tània Balló, «La acción de las Guerrillas del Teatro me hace pensar que mientras en otros países se levantaba el ánimo de los soldados con vistas de actrices de cuerpos seductores, en España, el gobierno de la República manda al frente a Shakespeare.»

Con la entrada de la democracia la sociedad había cambiado, la mentalidad franquista había ensanchado, la mujer formaba parte de puestos importantes, y, sin embargo, parece como si esos hombres en particular y todos en general, dieran por sentado que la obra de sus compañeras ocupaba el lugar que les correspondía, oculta tras la de ellos. Es doloroso, mucho, saber que grandes poetas, es cierto, han estado respaldados en ocasiones por una mujer que además de escritora podía ser filóloga, investigadora, profesora y precursora de los derechos de la mujer —como el caso de María Teresa León—, que si quería ser oída debía utilizar algún pseudónimo, renunciar a sus hijos y soportar groserías sobre su talento por parte de compañeros incluso.

No sólo esto resulta llamativo, el libro está plagado de curiosidades entre las que se podría destacar la educación esmerada que recibieron casi todas las mujeres de las que trata, debido entre otras razones, a que formaron parte de los círculos culturales de la época «No debemos olvidar que Rosa Chacel era sobrina nieta de Zorrilla y desde los tres años recitaba algunos de su poemas.»

Concha Méndez, «campeona de natación, poeta, guionista, dramaturga, editora, impresora, vendedora de libros…» y sin embargo «Buñuel nunca mencionó nada al respecto de su noviazgo con ella en ninguno de sus posteriores textos autobiográficos. Un desliz claramente intencionado que dice mucho de la personalidad del archiconocido director de cine». Aun así, apenas se oyó su nombre o su obra, sólo que fue la mujer de Manuel Altolaguirre.

También Josefina de la Torre mantuvo un apasionado romance con Luis Buñuel tras haber trabajado juntos. Su nombre no es tan conocido como el de su hermano, Claudio de la Torre, a pesar de constituir una figura indispensable en la poesía en el cine, en el teatro y en la ópera.

Maruja Mallo, pintora espléndida fue novia de Miguel Hernández entre 1925 y 1930 y de cuya relación se vislumbra una mutua influencia en la obra de cada uno. Asimismo A cal y canto de Alberti refleja la extraordinaria compenetración con Verbenas y Estampas, de Mallo.

Mª Teresa León “aconsejó” a su nuevo amante que no volviera a nombrar a la pintora y él le hizo caso hasta el final de sus días. Es cierto que María Teresa, sobrina de Menéndez Pidal, fue cautivadora; desde Primo de Rivera hasta Salinas quedaron rendidos al talento y encanto «de esta escritora, ensayista, dramaturga, guionista, periodista, feminista y activista en favor de la libertad y los derechos sociales», aun así tuvo que escribir con pseudónimo durante una temporada.

María Zambrano fue la primera filósofa de la historia de nuestro país, aunque según ella misma dijo, «Pensar por pensar no está bien visto en España»; a pesar de todo, la filosofía de la mejor discípula de Ortega y Gasset es indispensable para entender la evolución del pensamiento occidental del siglo XX.

La pedagoga María de la O Lejárraga vivió casi 100 años luchando por el socialismo, el feminismo y la República a la vez que escribió las obras con las que su marido primero, después exmarido, Gregorio Martínez Sierrra, se granjeó una fama nacional al firmarlas.


 Y es que, estas mujeres Sinsombrero decidieron quitárselo, aunque no lo consiguieran del todo, porque las oprimía y ocultaba sus pensamientos, su obra, su vida.

Resulta irónico que al buscar en una enciclopedia Julio Caro Baroja encontremos: Hijo del editor Rafael Caro y de [ ? ] Carmen Baroja, sobrino del novelista Pío Baroja y del pintor Ricardo Baroja, y hermano del documentalista, etnógrafo y escritor Pío Caro Baroja. Y resulta irónico, si no ofensivo, porque su madre, Carmen Baroja, que aparece sin oficio, la “hermana” de Pío Baroja, estudió Artes en París para dedicarse a la orfebrería artesana; sus primeros trabajos, a los 15 años, tratan sobre temas etnográficos y es poeta y autora de cuentos infantiles.


Pues, porque va siendo hora de cambiar muchas entradas de diccionarios y muchos pensamientos y actitudes, gracias, Tània Balló; esta nueva aportación es valiosísima tanto por el contenido como por la forma en que está narrado, ágil y visual.

viernes, 15 de abril de 2016

LA MITAD DE LA VERDAD

«Jueves, 23 de abril de 2009
En Turquía es el Día del Niño […] en todas partes, el Día Mundial del Libro…»

Así comienza el capítulo noveno de La mitad de la verdad, y a mí no se me ocurre nada mejor que recomendar esta novela para celebrar, este año con mayor motivo, dicho aniversario. He disfrutado con ella hasta el final, entre otros motivos porque la novela tiene 451 páginas y la resolución del caso no llega hasta que, prácticamente, no termina.

La estructura es muy original; está dividida en catorce capítulos; cada uno de ellos se abre con una fecha y los acontecimientos más importantes de ese día. Zygmunt Miłoszewski lanza, ya al comienzo del capítulo, un guiño de ironía a ciertos periodistas pues la relación de sucesos va expuesta siguiendo un orden de lo general a lo particular; empieza con noticias relevantes en el mundo y termina contando lo más importante que ocurre en Sandomierz, una pequeña ciudad de provincias en la que, durante 13 días, sus habitantes se ven sorprendidos y aterrorizados por unos crímenes que tienen mucho que ver con los ritos de sacrificio judíos. Sin embargo, esas noticias periodísticas locales contrastan humorísticamente con la realidad pues, por el diario, nos enteraremos de la temperatura en la ciudad, de los delitos menores cometidos o de sucesos de poca importancia como el traslado del mercado.

Tras la enumeración de incidentes periodísticos y efemérides en la fecha señalada aparecen varios subcapítulos que conforman los hechos ocurridos durante un día al protagonista, Teodor Szacki, en relación con el caso que lleva entre manos. Siguiendo esta gaceta periodística sabemos que le bastan trece jornadas para resolver el caso; algo que refleja a la perfección el carácter realista de la novela pues, normalmente, cuanto más tiempo pasa desde que ocurre un asesinato, más probabilidades hay de que el asesino pueda escapar.

Asimismo el ambiente real viene de la propia narración. El narrador es, de manera habitual, omnisciente; esto permite que nos enteremos con todo lujo de detalles de los pensamientos del protagonista. Los hechos quedan relatados de forma lineal, siguiendo el orden diario, pero los subcapítulos tienen la función de separar los acontecimientos ocurridos a diferentes personajes en el mismo día; esto aporta una visión total de lo sucedido. Otras veces, en la narración, a modo de recuerdo o durante una conversación, aparecen analepsis que, bien ayudan a que el lector poco familiarizado con hechos históricos del holocausto no pierda detalle del argumento, bien median a que nos enfrentemos con la suficiente autoridad a los sucesos novelados. Aparecen diversas curiosidades históricas que ayudan a entender a otras religiones, otras tradiciones y otras culturas hasta darnos cuenta de que en la vida no hay bandos de buenos o malos sino personas que, traumatizadas por algo, llevan su dolor y venganza como única forma de poder sobrevivir.

Podemos afirmar que esta credibilidad, derivada de la descripción detallada de todo lo ocurrido es un recurso tradicional de la novela policíaca, así como el mantener la intriga hasta el final.

Los investigadores de la literatura negra utilizan una seña de identidad para retardar la resolución del conflicto, de hecho son famosas las disquisiciones de Holmes mientras fuma su pipa, las detalladas noticias gastronómicas que pueblan los casos de Carvalho o las imágenes chocantes de la señorita Marple; todas ellas técnicas que ayudan a posponer el final. En este caso, Teodor Szacki disfruta o se atormenta con pensamientos que tienen que ver con su vida privada anterior o actual, pero nada que pueda definirlo con una característica propia; de hecho algunas de esas percepciones le sirven para asociar algo nuevo al caso que lleva entre manos, otras, van dibujando ante el lector su manera de ser. Pero serán los diálogos mantenidos con el resto de personajes los que conformen su personalidad ante el lector, porque lo definitorio en Szacki no es individual sino en su relación con el resto y porque la intriga en La mitad de la verdad, no es un fin en sí mismo sino otra estrategia más del genial Miłoszewski que ayuda a configurar todo el armazón novelesco. Esta modificación no es la única que encontramos; el autor incluye una serie de aspectos novedosos en el género, y el más llamativo, quizás, es precisamente la unión de la realidad con el argumento pues el lector cree en todo momento que sabe cómo se desenvuelven los hechos, incluso a veces puede atisbar al asesino, sin embargo esto no es más que otra técnica para llevarnos por donde le interesa; así nos confunde, nos guía, nos sorprende al tiempo que lo hace el detective Szacki. Creemos saber y no son más que pistas falsas; no nos enteraremos de la resolución hasta que nos la cuente el protagonista y con él unamos los hechos y encontremos el sentido —o la falta de él— a todo lo ocurrido.

Asimismo, al mezclar el día real con los capítulos de la novela, se produce un choque antitético que unas veces nos despierta la sonrisa y otras hace aparecer la risa franca.

En la subdivisión de capítulos, no de forma periódica pero sí regular, el narrador cambia su mirada para fijarse directamente en el asesino; no sabemos quién es pero sí sus pensamientos, los movimientos que realiza… esto, aunque causa intranquilidad y supone un suspense añadido en nuestro ánimo, permite que compartamos sus reflexiones mientras nos sumimos en la más absoluta confusión porque no adivinaremos nada hasta el final.

«Sabe que se puede quedar allí […] su cuerpo entero está loco por salir huyendo. Pero debe aguantar hasta el sábado»

«Dentro se está caliente y no hay humedad, si no fuera por los ojos llameantes del hombre que está sentado en el rincón hasta resultaría confortable. De baja estatura […] atado de pies y manos […] Solo un día más […] Suerte que el segundo acto ya está llegando a su fin.»

«Para tener la mente ocupada, repite en su cabeza una y otra vez hasta la saciedad los elementos del plan […] Resulta muy, muy difícil aguantar.»

«Se pregunta si ya habrán encontrado el cadáver.»

«Por eso, mientras espera a su siguiente víctima siente tranquilidad […] en la vida sólo se pueden tener cosas nuevas.»

«El aullido y los ladridos son de veras insoportables. A pesar de los tapones para los oídos, el aire vibra a causas de esos desagradables sonidos.»

«Ahora hay que pensar con frialdad si ese hecho cambia algo.»

«…ya no queda nada más por hacer, aparte de empezar una nueva vida […] Se estremece al escuchar que alguien llama a la puerta.»

«Además…, además quizá el riesgo no sea tan grande.»

Otra característica original es la que define al protagonista; el investigador del caso no es un policía ni un detective al uso sino un fiscal que, con inteligencia despierta y grandes dosis de intuición, se ha convertido, sin lugar a dudas, en uno de los grandes referentes de la novela negra; el mérito se amplía si tenemos en cuenta que Teodor no es el típico sabueso incansable, intachable, dotado para las relaciones sociales y con una moral ejemplar. Nuestro protagonista es humano, su vida no funciona como le gustaría, comete errores al juzgar a las personas, le cuesta empatizar y, sin embargo, o precisamente por ello, nos identificamos con él o, al menos, cuenta con nuestra simpatía. «Ir a las tiendas le suponía un suplicio […] El cajero bromeó diciendo que no andaba sobrado de apetito. Salió sin decir una palabra […] lloró mientras se preparaba el desayuno […] no podía parar, las lágrimas y los mocos le embadurnaban la cara. Y se puso a aullar […] Porque comprendió que había perdido todo lo que amaba y que jamás lo recuperaría.»

El tema principal de La mitad de la verdad es el usual del género negro, la resolución de los asesinatos cometidos en una pequeña ciudad de Polonia; pero otra característica inusitada de esta novela negra es que el proceso de investigación no cumple sólo con la función habitual de despertar en el lector la incógnita y mantener el suspense hasta el final, sino que además lo obliga a replantearse conceptos como el de intolerancia o el de fanatismo; el lector piensa, relaciona los hechos del discurso con sus referentes reales, y toma partido por alguno. En este caso no somos meros espectadores dirigidos por el narrador —que también— sino piezas integrantes del todo argumentativo, debido en parte a la crítica evidente que surge hacia la xenofobia latente en las sociedades, a la intolerancia de las masas y al embrutecimiento fanático que conlleva. «—Se dice que en cada leyenda hay una mitad de verdad
—Así es
—Pero hay algunas, como esa maldita leyenda antisemita de la sangre, en las que no hay ni una gota de verdad, leyendas compuestas al cien por cien de mentiras y supersticiones.»

Y, si es cierto que me ha gustado la estructura, que he llegado a admirar a este investigador atípico, humano, casi antihéroe, que he podido reflexionar con las diferentes originalidades encontradas, también es verdad, aunque parezca un contrasentido si tenemos en cuenta el tema, que he disfrutado hasta la última página. El estilo ágil envuelve la narración con una destreza excepcional. El humor aparece en todas sus expresiones y matices; no faltan los términos duros, las imágenes terribles (por supuesto, estamos en el género negro), en las que por fortuna no se ensaña; a veces esperamos con miedo que la siguiente página sea escatológica, escabrosa, y quedamos sorprendidos ante un lirismo absoluto, no exento de humor, que contrasta con lo más feo de la realidad como lo demuestra la epífora que martillea su mente una y otra vez «En lugar de familia, soledad. En lugar de amor, soledad. En lugar de intimidad, soledad.» O las enumeraciones paralelísticas mediante las que describe, con absoluta inclinación, lugares de Sandomierz «… se convertía en un lugar ideal para sumergirse en la observación de los turistas que se movían alrededor del ayuntamiento, de los recién casados que se hacían fotos, de los adolescentes pegados a sus teléfonos móviles, de los niños pegados al algodón de azúcar y de los enamorados pegados unos a otros». Siempre hay un momento para distinguir la belleza entre la mezquindad. Siempre una sonrisa con la que aplacar el espanto. El humor relaja la tensión «…en aquella ciudad de provincias que, a decir verdad, a partir de las seis de la tarde estaba muerta, aunque desgraciadamente no porque sus habitantes se asesinaran entre sí.». La ironía puebla los diálogos, los pensamientos, las descripciones; se convierte, ella sí, en una seña de identidad.

Buena cuenta de ello es el comienzo de la novela. El subcapítulo 1 del capítulo primero comienza «Está claro que los espíritus no salen a medianoche […] Hay demasiada vida a medianoche como para que los espíritus de los muertos puedan asustar como es debido […] De madrugada la cosa es distinta; a esas horas los empleados de las gasolineras echan una cabezada y la luz grisácea empieza a sacar de la penumbras a seres y objetos cuya existencia ni siquiera sospechábamos […]» Y de madrugada es cuando avisan a Teodor Szacki porque han encontrado un cadáver. Empieza el caso. Trece días más tarde, en el capítulo decimotercero, cuando han resuelto los asesinatos y él está dispuesto a continuar una noche apasionada con una chica estupenda, el narrador mira atrás con una ironía no exenta de socarronería «El reloj de la torre del ayuntamiento dio las doce.
—La hora de los espíritus— dijo Basia Sobieraj, y se metió en la cama.
El fiscal Teodor Szacki pensó que, sin duda alguna, los espíritus no aparecían a medianoche».


¡Impresionante! Impresionante la historia, el protagonista, los personajes y el estilo.