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sábado, 19 de septiembre de 2015

LA CENA

Estaba deseando terminar La cena, creo que no he entendido bien el objetivo de Herman Koch al escribirla. La estructura está bien pensada. Todo se desarrolla durante una cena en un restaurante de lujo de Holanda. Así pues se divide en cinco partes: Aperitivo, Entrantes, Segundo, Postres y Digestivo, más la Propina (esto no es ironía, o sí), en las que los lectores nos vamos enterando de la vida de dos familias de clase media-alta, o al menos de los sucesos más relevantes de su vida.

El protagonista, narrador en primera persona, acude a una cita familiar; dispone de tres horas aproximadamente para describir las raciones que tan explícitamente les va detallando el maître y que a nosotros, más que aclararnos datos gastronómicos, nos aporta una información relevante sobre su personalidad pues, lo de menos es la comida, importa lo insoportable que se le llega a hacer el camarero, de ahí que su máxima fijación la constituya el dedo meñique con el que va señalando minuciosamente los componentes de cada plato que va llegando a la mesa, para destacar la procedencia o la manera en la que están cocinados. Asimismo, mediante analepsis, vamos conociendo a otros personajes que se cruzaron en su camino y le resultaron igualmente insoportables «Nuestras posturas eran irreconciliables» «En un grupo de 100 personas, ¿cuántos cabrones hay? ¿A cuántos capullos les apesta el aliento, pero no hacen nada por remediarlo?...». Y si ya desde el Aperitivo adivinamos  en Paul una personalidad obsesiva, en los Entrantes, Segundo y Postres, confirmamos nuestra sospecha: Paul Lohman es un acomplejado; desde su infancia, probablemente, ha ido a la sombra de su hermano Serge, el vencedor, el que ha triunfado de manera absoluta en la política, el que se ha granjeado fama de honrado y buena persona al adoptar a otro niño, tras haber tenido dos biológicos, el que consiguió una mujer guapísima que lo admira y es admirada por todos, de ahí que constantemente tenga la necesidad de mostrarse a sí mismo lo anodino que es Serge, la admiración, incluso deseo, que su cuñada Babette siente hacia él, y la felicidad evidente y real que él experimenta con su mujer Claire y su hijo, Michel; una mujer inteligente, cuya personalidad se le amolda a la perfección y un hijo cuyo físico es un calco absoluto de él desde que nació. Paul siente una profunda envidia hacia su hermano; las causas no son relevantes, sin embargo el lector no entiende las consecuencias de esos celos pues, conforme va avanzando el menú, nos enteramos de que Paul, un fracasado, imposibilitado para el trabajo a causa de una enfermedad (que aunque no se especifica sabemos que es genética y que se manifiesta mediante la violencia si el paciente deja la medicación), ha agredido de manera extrema a Serge en más de una ocasión. ¿Por qué Serge no lo denuncia? En la Propina a la que antes aludíamos asistimos, estupefactos, al daño irreversible que Paul le ha provocado a su hermano, no sólo físico sino también laboral y por supuesto emocional. ¿Es que en Holanda no se investiga nada?

Michel, digno hijo de su padre, heredero de ese gen maligno, continúa asimismo su trayectoria aunque, como es obvio, profundiza más; no hay nada como tener un buen maestro. Así pues, este adolescente llega a la tortura y asesinato… ¿Tampoco se investiga nada?

¿Qué pretende Herman Koch? ¿Hacernos creer que es fácil salir indemne de situaciones violentas en las que es posible atentar contra el vecino (una y otra vez) y seguir con la vida como si tal cosa? No hay que ser demasiado inteligente para darnos cuenta de que no, no es posible. Podríamos pensar que se trata de una novela, de algo ficticio, pero es que el autor se ha basado totalmente en la realidad; por un lado, en España fue noticia la tortura y muerte causada a una indigente en un cajero automático, igualmente, las palizas a mendigos grabadas con cámaras y subidas a internet ocuparon las pantallas de televisión durante un tiempo; por otro, en 1993 algunos científicos estudiaron a una familia holandesa en la que el comportamiento agresivo de los hombres era notable y se heredaba según las leyes de Mendel; descubrieron entonces una mutación en el gen que modifica la enzima Monoamino-oxidasa A (MAO-A). La ciencia creyó haber encontrado la respuesta a la violencia; de hecho, estudios posteriores explican por qué los hombres portadores del gen MAO-A no pueden controlar su comportamiento. Sin embargo, el responsable de la agresividad no sólo es este gen, sino que también la determinan los factores sociales y familiares.

Así entendemos mucho mejor la conducta de Michel pues tuvo en su padre, Paul, un modelo provocador y de extrema violencia en ocasiones, capaz de enviar al hospital a determinadas personas a las que propina brutales palizas o amenazas, a la luz del día, delante de testigos, con la única consecuencia de recibir una baja laboral que se extendía ya más de 9 años. Comprensible, entonces, que el angelito Michel haya ido adoptando la actitud fría, calculadora y sin emociones de un padre que ha ido marcando su niñez con experiencias traumáticas.

Si Koch pretendía describir los estragos que un gen violento puede ocasionar en una persona, en los que la rodean y en toda una sociedad, no lo ha conseguido. Paul descubre lo que hace su hijo, y decide sin ningún tipo de «presión enzimática» dejar de tomar la medicación, empeorar su estado mental, por decirlo de alguna manera, para no encontrarse con ningún tipo de trabas a la hora de ayudar a Michel a salir del atolladero. Resuelve «hacerse violento».

Además está Claire, su mujer, quien como el mismo protagonista recuerda una y otra vez, es inteligente, mucho más que él. Por eso deducimos que ella sabía perfectamente a quién se unía antes de casarse; de hecho, ella, que no es portadora de ninguna enfermedad rara, es la más violenta de todos los personajes de La cena. Esto fue lo que atrajo a Paul «tenía una mirada que intimidaba a los hombres». Claire encontró en su marido la fuerza que ella no tenía, ella sabía que había dejado la medicación y en ningún caso le dice que se la tome, incluso es así como le gusta, violento… Está encantada, como también lo está de que su hijo Michel haya heredado de su padre el comportamiento, y lo alienta. Es una mujer sin escrúpulos que justifica lo que hace su hijo, no por amor sino porque el daño lo causa a seres que ellos consideran inferiores.

Tampoco hay ningún valor de protección paterna en la novela. Ambos hermanos, Paul y Serge, están preocupados por sus propios intereses. El problema de los hijos no es más que eso, algo que de alguna manera les impedirá seguir con la vida que llevan. Babette, la mujer de Serge, llora no por lo que su hijo haya perpetrado sino por las consecuencias, molestas, que traerá en su vida de cuento de hadas. Por último tampoco creo que el objetivo del autor haya sido reflexionar sobre el comportamiento racista de la alta sociedad puesto que no profundiza en ello, de hecho el estatus social es un mero añadido. Así pues llego a la conclusión de estar ante una novela que plantea la situación de que hay personas malas, sin corazón, que se acercan a la animalización, y que viven entre nosotros sin consecuencias aparentes.

Debo añadir, con pesar, que bien el trabajo de la traductora, bien las erratas tipográficas, consiguen que esta novela descienda aún más en su nivel:

Hay acentos que sobran, por ejemplo en los pronombres átonos —por eso se llaman así—, «Después me dirigió una mirada especial, no me ocurre otro modo de describirla».

Hay sílabas que faltan: «detrás de los arbustos, en la cera de enfrente».


Y hay construcciones que rayan en lo vulgar «A bote pronto».

sábado, 12 de septiembre de 2015

HASTA AQUÍ HEMOS LLEGADO

Procuro, últimamente, no enterarme de demasiadas noticias. Las del corazón no me han atraído nunca; siempre he pensado que es una pena que los estudiantes de periodismo dediquen el mismo tiempo a preparar su carrera tanto si piensan trabajar después en noticias del corazón o de otro tipo. Es cierto que en los llamados programas rosa la mayoría de los que cobran no tienen estudios universitarios, pero sí he visto a periodistas que ante una cogida gravísima de un torero, le preguntan a su mujer “¿cómo estás?” Sin palabras. Por otro lado no entiendo la necesidad apremiante que tienen los españoles de enterarse de las peleas de familias a las que no conocen excepto por televisión.

En cuanto al resto de noticias, se han reducido a casos de violencia hacia los más débiles: mujeres, niños, inmigrantes o mendigos y a casos de corrupción que no hacen sino agravar las crisis que padecemos. Yo no sé cómo se gobierna un país, veo soluciones fáciles que, sin embargo, deber ser inviables cuando no se les han ocurrido a los gobernantes. Si sé que esta situación, insostenible para muchos, me afecta seria y directamente.

Todo este preámbulo es para autojustificarme por no haber tomado con el entusiasmo debido Hasta aquí hemos llegado. La ansiedad que genero ante la crisis social afloró con la lectura de las primeras páginas.

La novela comienza in medias res, por eso me resultó dificultoso seguirla al principio. No se presentan a los personajes ni la situación, ni se explican las causas por las que se ha llegado hasta ahí. Será en el transcurso cuando el lector se entere de quién es el protagonista, un policía, y distinga a su familia, con la que mantiene verdadera amistad, de sus amigos, considerados por él como auténticos familiares. Dicho protagonista, Kostas Jaritos, es asimismo el narrador que, en primera persona y en presente inmediato, va contando los hechos. Este tiempo verbal confiere una sensación apremiante en el lector, que sufre con el propio Kostas el desasosiego provocado por la lentitud de la resolución.

La impresión de ansiedad aumenta con el empleo de conectores de orden y adverbios temporales con los que el propio narrador-protagonista se apremia en sus reflexiones. Para la narración apresurada Petros Márkaris hace acopio de una serie de recursos bastante efectivos como la escasez de descripciones plagadas de adjetivos. En Hasta aquí hemos llegado importa el hecho y la acción, de ahí que los sustantivos y verbos adquieran protagonismo: «Interrumpo la conversación y me dedico al registro […] Empiezo por los cajones[…] El primero está lleno de fotocopias […] También las hay en el segundo cajón […] En el tercer cajón hay planos […] Aquí termina mi registro».

Asimismo el narrador utiliza sobre todo la frase corta, igualmente aparecen coordinadas en las que los diálogos se introducen de forma directa, sin verba dicendi: «La inspiración me llega en el coche patrulla. Debería haber pensado en ello antes, lo sé, pero después del problema de Katerina mi cabeza está hecha un lío y pierde revoluciones.
Telefoneo a Kula
—Kula, imprime unas cuantas copias…»

Kostas no sólo cuenta lo que ocurre sino que sus apreciaciones ante los hechos y las impresiones de otros personajes ocupan un lugar importante por lo que la narración, aunque pretende ser objetiva, tiene el punto de vista de un hombre bueno que se niega, mediante el humor, a que la crisis le afecte más de lo necesario. Por eso es capaz de encontrar una excusa para hacer de su vida algo más cómodo «…no tiene sentido gastar dinero para circular con mi coche […] No obstante, ahora que al trayecto casa-trabajo-casa se añade la visita al hospital, seguida de otra a casa de Katerina hasta que se recupere del todo, moverme en transporte público me hará perder mucho tiempo».

Aunque hay que seguir pensando siempre en el ahorro «…pido […] que tengan listo un coche patrulla, pues tampoco hace falta ahora pasarse con mi Seat».

Los chistes sobre los coches dan para mucho, así Kostas Jaritos reflexiona, bastante coherentemente, sobre las ventajas de esta penosa situación «La crisis ha acabado con los atascos de tráfico en el centro de Atenas».

O sobre aquello que no queda más remedio que aceptar, «Además, me pagarán la gasolina, ya que lo utilizo por cuestiones de trabajo. Ahora bien, ¿cuándo me la pagarán? Ésa es ya otra historia».

Y no hay que olvidar que el modo de enfrentarse a las leyes no es igual en países del sur o del norte; aunque parezcan tópicos, algunos inmigrantes alemanes afincados en Grecia, como Uli, así lo corroboran: «Lo segundo que quiero deciros es que ya soy un poco griego. Paso con los semáforos en rojo, me meto por calles en contradirección, me da igual que me hagan cortes de manga y, cuando tengo prisa, aparco en la acera».

El buen humor aparece al trasladar el significante a otro significado correspondiente a una situación distinta «Le explico que el suicida era de origen griego, pero nacionalidad alemana […] está de acuerdo conmigo y debo reconocer que los alemanes han contribuido a nuestra reconciliación».

Por último, Márkaris no consiente que su protagonista abandone el buen humor, aunque sea para remarcar su cansancio extremo «De lo que pasó después, no recuerdo nada, como diría un asesino que ha cometido un crimen pasional».

Las situaciones y expresiones coloquiales son tan actuales que, a veces, debemos esforzarnos en recordar que se trata de una novela:
«Subo al despacho de Guikas con el rabo entre las piernas»
«mi cabeza está hecha un lío y pierde revoluciones»
«Les he dicho que se vengan también Maña y Uli»
«me ponía de los nervios»

La crisis es el escenario donde ocurre todo. Una de las consecuencias es la situación absurda y dolorosa que los habitantes de cualquier país debemos soportar «…”No te he pagado los estudios para que se aprovechen los extranjeros”, me dijo. En Singapur cobraría más y sería jefe del Departamento Forense. Aquí cobro menos y soy ayudante de Stavrópulos. —Hace una pausa antes de añadir— y gilipollas».

Aunque la más dolorosa de dichas consecuencias se hace eco de la condición vergonzosa, humillante e infrahumana de algunas personas: «…vengo de un país donde no hablas. Te hacen lo que te hacen, no hablas. Venir aquí y tampoco hablar. Me destrozaron la tienda, vendieron droga a mi sobrino y yo no hablar. En mi país si hablas te pegan paliza. Aquí hablas, te pegan paliza. No hablas, también paliza. Es mejor entonces hablar y recibir paliza».

En Hasta aquí hemos llegado hay dos sucesos que ocupan a la policía de forma paralela puesto que ocurren casi al mismo tiempo. Ambos tienen un problema colateral común: la inmigración. En el primer caso, la hija de Kostas, Katerina, abogada, es apaleada brutalmente en plena calle, a la luz del día, delante de los juzgados, por defender a unos africanos. El racismo planea sobre el asunto, no se puede ayudar a los que son más oscuros de piel, que además no tienen medios para vivir, entre otras razones porque no se puede consentir. De esta situación xenófoba son cómplices tanto los griegos de a pie, incluso parados indigentes, como los que velan para que se cumplan las leyes pues, desde la incultura, culpan a los débiles del desastre por el que están pasando.

El segundo caso se abre con el suicidio de Makridis, un griego nacionalizado alemán, y continúa con los asesinatos de cuatro griegos que extorsionaban a los demás. Lo que proyecta este acontecimiento es la venganza por la corrupción aceptada que envuelve a un país en la miseria y que, por supuesto, afecta más a los más infortunados.

El protagonista utiliza a veces el diccionario, recurso que acrecienta el realismo ya que al mismo tiempo que razona sobre el significado de ciertas situaciones, ayuda al lector a ir marcando conscientemente los tópicos del argumento: Violencia, Fascismo, Quiebra, Sablazo, Burocracia, Obstrucción, Ineptitud.

La lectura desenfrenada se va relajando al final del libro. Cuando aparecen las cartas de Makridis, nos vamos enterando de lo ocurrido, atamos cabos: «Aquí el clima y la naturaleza te llevan al paraíso, mientras que las condiciones de vida y supervivencia en medio de la crisis son un infierno. En Alemania, por el contrario, el clima es un infierno pero las condiciones de vida son paradisíacas»

Podemos, entonces, empezar a entender los asesinatos de forma que en las últimas páginas, análogas a Fuenteovejuna, llegamos a desear que la solución sea también un calco de la obra teatral aurisecular. Con ello podríamos asegurarnos la ficción novelesca. tan necesaria para la salud mental, porque el resto de Hasta aquí hemos llegado es la vida misma, que aunque se desarrolle en Grecia, podría trasladarse a España.

El final es épico, teatral y efectivo, una justicia poética para solucionar algunos problemas que nos avergüenzan.

Con profunda tristeza traslado a España la conclusión a la que llega Kostas Jaritos «…en Grecia no se premia a los mejores».


¡Bravo, Márkaris!

Dedicado a Alberto Sáez