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sábado, 27 de junio de 2015

EL BALCÓN EN INVIERNO

Sensación agridulce, como todas las que conllevan nostalgia, la que permanece tras la lectura de El balcón en invierno.

Un verdadero placer recorrer estas páginas pues la narración, amena, fluida, intimista, se erige como una de las mejores prosas poéticas del momento por su estilo ágil de frases más bien cortas, construidas con palabras en desuso, términos arcaicos y localismos que aparecen junto a metáforas embellecedoras y religiosas, confirmando así la armonía de la existencia y el carácter sagrado de la lengua “…la mayoría [hablaba] en una síntesis babélica donde una lengua ponía la letra y la otra la música”.

Me gusta la prosa poética porque ensalza aún más, si cabe, el género narrativo, porque la literatura proclama entonces a voz en grito su condición de ARTE, porque es muy difícil ahondar en los sentimientos más íntimos sin caer en tópicos o en ñoñerías, porque, no lo puedo remediar, hace que desee ser mejor persona, porque, en definitiva, me devuelve la fe en el ser humano.

La última novela de Luis Landero intercala, en una narración no lineal, recuerdos de su infancia y adolescencia enmarcados en el presente.

El primer capítulo constituye toda una declaración de intenciones, el proceso de la escritura, en qué consiste la literatura, cuáles han sido sus consecuencias, cuál puede ser su destino, la unión de la literatura y la vida o dónde está la verdad ¿en el sueño o la realidad? En esta eterna pregunta introduce al tiempo digresiones y metáforas que, con un delicado sentido del humor, van anunciando lo que será el cuerpo de la narración.

El último capítulo sirve de recordatorio de la finalidad del libro: agradecer a un familiar, su primo Paco, “el artista”, que le hiciera soñar en la austeridad del campo, agradecer a la literatura que dé sentido a la vida y agradecer a la vida que “en cada pequeño acontecer, lo trivial y lo misterioso van a partes iguales”.

Entre ellos, dieciséis capítulos poblados de expresiones poéticas entremezcladas con otras más prosaicas, según si las acciones van dirigidas a buenos recuerdos o no tanto; descripciones minuciosas que certifican la grandeza y el poder del campo, un lugar por el que apenas pasa el tiempo porque mantiene, ante todo, la esencia de lo que es, para alejarse de cambios o modas diferentes. Al mismo tiempo, la narración hace gala de un humor blanco, ese con el que se puede describir sin ofender a gente desconfiada, rencorosa, supersticiosa, miedosa de lo desconocido que, por el analfabetismo, constituía casi todo lo que no formaba parte de la cotidianeidad. Campesinos de la España profunda y dura, resignados a depender del arbitrio de la naturaleza y, probablemente por ello, ejemplos de carácter austero, atormentado e inocente.

Dieciséis capítulos llenos de recuerdos y connotaciones sensoriales: el ruido de la garrota de su padre al dejarla en la percha, que anunciaba el final del bullicio en la casa y la propia amargura de un hombre que no había conseguido sus ideales, un hombre que como tantos otros había puesto sus esperanzas en el hijo, sin tener en cuenta sus intereses o sus propios sueños. La intensa relación con el padre queda marcada perfectamente en una narración que mezcla la 1ª y la 2ª personas como intentando formar una sola mediante el monólogo interior. El narrador une en la imaginación lo que no pudo acercarse en la realidad.

Asimismo, en su afán por ensamblar tiempos, espacios y realidades, los vocablos técnicos conviven con otros cultos, con coloquialismos en desuso, arcaísmos o guiños literarios, con metáforas e imágenes sinestésicas, de forma que Landero consigue una obra atemporal enmarcada en un género universal “queda tan solo una sensación casi inefable… hecha ya sentimiento. Y los sonidos, cómo no, la banda sonora de la memoria… estos párrafos de sabor proustsiano, es algo que… lo veo con una claridad nueva”.

Todo se asocia en la mente de Landero; el estilo indirecto libre hermana personajes “y sin saber el nombre o el color era imposible seguir adelante con la historia, a ver si entre todos logramos acordarnos…”

El humor se encarga de incorporar la lógica a la incultura “Mi tío Ignacio era muy lacónico y hablaba en sentencias. Una vez visitó unas famosas ruinas romanas… Cuando le preguntaron al llegar, y ya para siempre, tras mucho meditar dijo una sola frase: Aquello es un desastre”.

De la misma forma las supersticiones se funden perfectamente en la tradición, en una tradición tan remota que, a veces, llega hasta la mitología “Y el que planta un laurel, muere joven, eso también está demostrado desde antiguo”

Esta fusión de conocimientos, doctrinas y costumbres hacen del campo un entorno misterioso y de los campesinos personajes sacados del realismo mágico “…se levantó una nube de pequeñas mariposas blancas, y la amiga dijo muy contenta: Voy a recibir carta de mi novio… recibió la carta… donde le comunicaba oficialmente la muerte de su novio”. Sin embargo, estos personajes son en realidad personas que luchan a diario con y contra la naturaleza, que no la contemplan “sino que viven revueltos, confundidos con ella”.

Asimismo, en el fluir de las páginas los recuerdos se acumulan con rapidez, agolpados en la mente gracias a descripciones polisindéticas que no dan tregua a las sensaciones “y allí comenzaba otro mundo… los olores y los sonidos… emociones y asombros… el verde de los naranjos y palmeras… y fresca geometría de azulejos y su fila de aspidistras…”.

Otras veces aparece la nostalgia de lugares íntimos, propios para el refugio, propios para soñar, para dejar volar la imaginación con tranquilidad, recorriendo mentalmente a través del asíndeton aquello que nos era tan familiar, “…sobre el suelo se conservaban calabazas, melones, camuesas, membrillos, de modo que aquellos lugares…”

Y así la narración, como la vida, conduce a las personas, guía al lector para que encuentre su refugio en este libro. Porque, ¿qué es la ficción sino una realidad aligerada de tedio, reducida armónicamente a un argumento?

¿Podríamos afirmar entonces que la realidad no es sino la conservación de imágenes mentales que con el tiempo se convertirán en ficción argumental? Estoy convencida de ello; sólo así relacionamos el soneto de Quevedo “Miré los muros de la patria mía” con la descripción del paisaje en el que Luis Landero pasó su infancia y que años después visita “…allí estaban las casas, ya muy estropeadas, sin hojas ni marcos en las ventanas y en las puertas, los muros agrietados, los tejados rotos y vencidos…”


Llegados a este punto cuesta trabajo establecer si El balcón en invierno es una poesía novelada o una novela en la que se funde el sueño con la realidad, sin establecer dónde empieza lo uno y termina lo otro; porque así somos, unas veces tenemos la impresión de vivir un sueño “…de nuevo en camino hacia la gran ciudad… donde los sueños pueden hacerse realidad”, y otras intuimos que ese sueño fue real “época febril que recuerdo como un sueño lleno de humo y de un soniquete que aún sigue invicto en la memoria”

lunes, 15 de junio de 2015

EL PESO DEL CORAZÓN

No he leído Lágrimas en la lluvia, la primera novela de Bruna Husky, pero El peso del corazón tiene el sello de Rosa Montero. La escritura fluida, la prosa sencilla, ágil, directa va desvelando a un tiempo el argumento y las pasiones de la autora. La trama contiene todo aquello que la caracteriza, el amor a la naturaleza, la ternura que despiertan los niños, la independencia del ser humano, la necesidad del otro en medio de la soledad como condición de la persona, la denuncia de la corrupción política, de la desigualdad social o de la falta de libertad, el verdadero heroísmo de los que parecen débiles en un principio y, por supuesto, la pasión por la vida.

El peso del corazón es una novela multidisciplinar pues contiene trazos de la épica, de hecho la protagonista es una heroína que lucha, fiel a su señor, por una causa justa; las aventuras llenan pues, las páginas del libro, consiguiendo despertar emociones en el lector; al mismo tiempo estamos ante una novela de ciencia-ficción, todo se desarrolla en el futuro, en un futuro tan creíble que a veces tenemos la impresión de estar leyendo novela histórica; he encontrado grandes similitudes entre Bruna y otra heroína de la autora, Leola, la niña que, en la Edad Media, se viste de soldado para luchar contra el fanatismo en La historia del rey transparente. Leola, como la memoria de Bruna, crea un mundo ideal en el que todos pueden aportar un complemento a los demás para estar completos, para ser felices; la imagen del enano a hombros del gigante es de ambos mundos, el real de Leola y el imaginario de Bruna. ¿Dónde empieza lo imaginado y termina lo real? Es la eterna pregunta.

Cuando leí La Historia del rey transparente me impactó esa niña que en medio de un campo de batalla, de la muerte y la desolación, recoge armaduras y vestimentas de los muertos para sobrevivir, buscar a su familia y ser feliz; me impactó después esa mujer que lo consigue en algunos momentos, es cierto, pero ante todo cuando encuentra a su gigante León; de apariencia casi monstruosa y personalidad bondadosa con quien comparte sus últimos momentos. Y aquí aparece la otra eterna pregunta, ¿Qué es la felicidad? ¿Somos felices?

Al leer El peso del corazón me ha conmovido igualmente el personaje de Gabi, la niña torturada, violada, ultrajada, que encuentra a su gigante, a Bruna, para recibir la ayuda necesaria para vivir. Por eso, cuando la replicante Bruna Husky se inventa para Gabi una historia de un mundo feliz formado por seres únicos compuestos de gigantes que portan enanos sobre sus hombros, aparece la metáfora de lo que es la vida para Rosa Montero: la ayuda, el trabajo común, la solidaridad. Es curioso que esta imagen del gigante y el enano unidos aparezca en dos novelas tan distantes en el tiempo de los hechos. Es curioso que la muerte aceche en las dos historias y, sin embargo, sean ambas un canto a la vida… O no es curioso sino un hecho, la vida es sufrimiento, es muerte, pero continúa y debemos vivirla luchando por lo que consideramos importante, como ese gigante que renace y navega con la niña por el río de sangre. Puede que cada vez que consigamos una victoria encontremos la felicidad, aunque sea por momentos. Puede que, entonces dé igual si es real o ficción lo vivido, es nuestra utopía y, por instantes, la hemos logrado.

Que la vida es muerte es la constante de la novela. Bruna Husky, una tecnohumana o replicante, concebida en un laboratorio para llevar a cabo operaciones de riesgo durante 10 años lo recuerda en todo momento. Tres años, diez meses y veintiún días son los que aún tiene por delante, hasta que la mate un TTT, cuando empieza la novela, y tres años ocho meses y treintas días los que le faltan para morir una vez que ha solucionado el caso de los escapes radiactivos que podían destruir la Tierra para salvar el Reino de Labari. Bruna Husky recuerda con ansiedad, cada día, el tiempo que le queda para sufrir el Tumor Total con el que los Tecnohumanos mueren al cumplir los 10 años para los que han sido programados. Este sinsentido, vivir esperando la muerte, la tiene sumida en una angustia perpetua hasta que encuentra a Gabi, una niña afectada por la radiactividad, que consigue sacar su parte más humana, que consigue hacerla feliz porque hace que pueda inventar una historia, crear un mundo que le gusta y que termina instalándose no sólo en su mente sino a su alrededor, un mundo en el que ella es fundamental para Gabi porque le da seguridad, pero a su vez la recibe de Lizard, el policía humano que la quiere y la protege, de Yiannis, el viejo archivero depresivo que la instruye, y de Bartolo, el bubi tragón, su mascota extraterrestre que llegará a salvarle la vida.

Cuando Bruna acepta lo que es, es capaz de ser feliz, pero hasta entonces supone un sufrimiento porque ella es una androide que ha sido configurada desde el punto de vista humano, con la pena, el horror que conlleva tener una memoria falsa formada por imágenes y sensaciones que en realidad no le pertenecen.

El lector se identifica pronto con el desamparo de esa replicante, con su rencor hacia los humanos; Bruna siempre tiene presente su condición rep “A veces se olvidaba de que era un monstruo” en un mundo que pretende ser perfecto pero que, al estar construido por el hombre no lo es, sigue habiendo censuras, sigue habiendo desigualdades entre sus habitantes ya sean humanos, tecnos, mutantes o alienígenas, de manera que deja de ser el lugar idílico pretendido “…justamente en Onkalo… Tal vez sea de verdad la entrada del infierno, como aseguran”.

Es curioso que nos empeñemos en localizar el infierno; Dante lo situó en las entrañas de La Tierra, probablemente dejándose llevar por la Biblia; Óscar Esquivias lo implantó aquí mismo, en la corteza terrestre de Viene la noche; Rosa Montero lo traslada al agujero negro de Onkalo, pero en realidad, los mismos escritores nos dan la clave, el infierno lo llevamos dentro, cada uno de nosotros lo sufre, seas de la condición que seas “La familia humana era una maldita fuerza de la naturaleza… En cambio los rep estaban solos…”, “… la vida real del memorista había sido aún peor. El maltrato en el orfanato… los abusos del hermano de su padre, que lo adoptó…”

La insensibilidad del hombre es la causante de que el mundo sea un lugar en el que lo imaginado o lo virtual aparezca más bello que lo real “…se colocó el casco virtual… Era una antigua selva tropical… hacía casi un siglo que se habían extinguido todos los grandes simios…”

Y el fanatismo del hombre es el causante de la destrucción. Bruna Husky es la encargada de ir al reino de Labari, un anillo estratosférico que se rige por las ideas fundamentales del cristianismo y del islamismo, para descubrir unos asesinatos que al parecer están relacionados con casos de radiactividad en habitantes de La Tierra, como el sucedido a Gabi. En Labari las mujeres no tienen derechos, sometidas a la voluntad del hombre son felices en su condición de esclavas, por eso Bruna irá disfrazada de jugadora de baloncesto con Daniel Deuil, un táctil que recomiendan a la protagonista para que se relaje y quien con el poder de su mente logra que Bruna lo desee y le diga “te quiero”, pese a que éste sea para ella un sentimiento imposible. Husky no puede pasar sin el sobón aunque recele de él “Había algo demasiado esotérico, demasiado místico en el sobón”.

Una vez en Labari la aventura se complica y ya nada será lo que parecía en un principio. Pero Bruna irá encontrando personas y replicantes diferentes que la ayudarán en su encargo. Replicantes como Carnal o Clara Husky que morirán durante la misión, personas como Mikael, el matemático inteligente que ha decidido vegetar por los efectos de las drogas para evadirse de la basura que le rodea, o como Lizard, el policía que va a buscarla para salvarle la vida.

Entre todos consiguen tapar Onkalo, la cueva llena de residuos radiactivos con los que Labari podía subsistir; para ello matarán a la Viuda Negra, que quería negociar con la venta de material radiactivo, y a Daniel Deuil que resulta ser un labárico infiltrado en la Tierra para obtener el desactivador de la radiación.


Novela entretenida, bien escrita y reivindicativa, como Rosa Montero, de un mundo democrático en el que podamos convivir respetando, sobre todo, el entorno natural que tanto bien nos hace.