Páginas

sábado, 9 de mayo de 2015

MÚSICA PARA FEOS

¿Por qué Música para feos es para feos? Los protagonistas de la última novela de Lorenzo Silva no lo son. Es cierto que físicamente no están descritos con minuciosidad, pero de lo que leemos se deduce que, como poco, son normalitos. Psicológicamente tampoco son feos, al contrario, tienen cualidades destacables como el sentido del deber, él, o de la amistad, ambos, y una elevada concepción de la moral que les permite comportarse de manera intachable.

Creo que éste es un fallo, y que conste que no me gusta juzgar de forma negativa a quien ha demostrado su valía. Echo en falta algo de vidilla en los personajes. Su comportamiento es tan correcto que no despiertan simpatía. No se puede hacer una novela con personajes casi planos porque caemos en el aburrimiento del lector, de hecho, en ningún momento me he llevado sorpresa alguna; incluso el desenlace, pospuesto hasta casi la última página, es, de puro ficticio, predecible e increíble. Mónica es puesta a prueba por Ramón durante su relación desde que se conocen en el bar. Ella ha bebido dos o tres copas; descubre a Ramón, le gusta y, de momento, sólo desea pasarlo bien, puede que algo de sexo y poco más, pero él decide que lo tendrán con la cabeza despejada… Esta postura, que encuentro fantástica en el caso de adolescentes, resulta algo desmedida para dos adultos, porque, si hay algo infantil, o posesivo, es la actitud que adopta Ramón una semana después, cuando por fin han quedado, sobrios y dispuestos a acostarse. El supuesto enamorado aún tiene la mente tan fría que resuelve ocultarse para ver la reacción de su pareja al creer que no va a acudir a la cita… La excusa es que desea a alguien maduro y, sin embargo, él se ha permitido reservar una habitación de hotel (por si acaso). En fin, como mujer, me siento si no ofendida, sí molesta. Mónica es un títere al son de Ramón, su actitud parece la de una niña a la que tienen que guiar constantemente y desvelarle la realidad poco a poco, no sea que se asuste, que se lleve una impresión equivocada o, lo que es peor, no sea que Ramón dé un paso en falso, que se comprometa antes de tiempo, que comience una relación con alguien que no está a su altura. A cambio ella, desde el principio, lo encumbra en lo más alto; y ahí va a quedar pase lo que pase. Nuestra protagonista no tiene ideas sólidas por lo que, como una mujer decimonónica, se deja llevar.

Él decide cuándo y cómo le dirá a su pareja lo que le tiene que decir, que por otro lado no es nada del otro mundo, sino lo más normal entre dos personas que se conocen y quieren empezar una relación  —Hola, me llamo tal y trabajo en tal sitio. Pues esta obviedad no lo es para Ramón, de forma que Mónica se pasa más de media novela intentando averiguar a qué se dedica el que, según ella y tras dos citas, es el hombre de su vida.

Lo siento, pero creo que no juegan en igualdad de condiciones. Él, seguro de sí mismo, de sus actos, de sus sentimientos, de lo que busca, de lo que quiere… Ella no tanto. No quiero desvelar el final de la novela; sí podemos comentar que Ramón es un soldado de Infantería. Llama la atención que aun después de decirle a su futura esposa que pertenecía al Ejército de Tierra, no le dijera su graduación o cuál era su cometido exactamente y Mónica, sin la menor curiosidad, tampoco insiste en saberlo. No es que esto sea fundamental, pero ayuda bastante en una unión sentimental. En fin, hay lagunas, o yo las encuentro, entre la relación real de ambos y la que Mónica se crea en su mente. Y llegados a este punto no puedo dejar de comparar a Mónica con otra protagonista de Lorenzo Silva, la, desde La estrategia del agua, Sargento Chamorro, de la Guardia Civil. Creo que el autor puso todo su empeño en limpiar la imagen que de este cuerpo tenía nuestro país al llegar la democracia, y lo consiguió. Rubén Bevilacqua y Virginia Chamorro se encargaron de mostrarnos una Guardia Civil honrada, justa y con ganas de ayudar al ciudadano. Las peripecias de esta pareja son verosímiles y los personajes están perfectamente construidos. Con Música para feos, Lorenzo Silva corrobora su admiración por los militares, pero en este caso parece una excusa para hacer un panegírico castrense.

“Jaime era un tipo más bien contenido, como lo eran por cierto todos los que había visto por la mañana. Nada que ver con el estereotipo de Rambo impulsivo que tanta gente tenía en la mente cuando se hablaba de militares,…”

Deben quedar pocos, o eso quiero creer, con ideas fijas sobre los militares o sobre cualquier otro colectivo.

Si algo caracteriza a este género literario es su carácter abierto, o no tanto si nos encontramos ante la novela de tesis y no creo que el autor haya tenido intención de escribirla, pero da la impresión de estar ante la defensa de sus ideas; para ello ha movido los personajes de forma que puedan llegar a un final coherente con la doctrina pretendida.

“Nuestro estilo no es alardear de muertos. No es para eso para lo que estamos. ¿Y para qué estáis?... Para proteger a los nuestros…”

Está bien que se quiera ensalzar al ejército, a los soldados, pero no dando la imagen de que todos actúan al unísono y de la misma manera, porque son personas y, como en todos sitios, presentan diferentes cualidades; no hace falta buscar demasiado en las noticias para darnos cuenta de la condición del ser humano; no se puede ser condescendiente sobre todo a base de razonamientos pueriles o idílicos,

“Nosotros no disparamos contra niños, aunque sean tan hijos de puta como lo era aquél. Lo que quiero decirte es que estando allí te das cuenta de que tratas con gente que no tiene compasión, y que no se hace tantas preguntas como nosotros”.

En algunas circunstancias, estas afirmaciones tan generales pueden ser la base de conceptos equivocados o pensamientos xenófobos; y es probable que precisamente por eso tengamos impresiones erróneas de las personas. Somos humanos; no hay sólo mujeres hipersensibles (porque pueden dar vida –sin el hombre no hay nada que hacer–), no sólo hay soldados valientes y esforzados –existen civiles mucho más heroicos, no sólo afganos irracionales –porque encontramos españoles mucho más irrazonables –.

Somos individuos, por eso mismo, ante el dolor no somos iguales. Cuando leo

“Besé a aquel niño y dejé que aquellas mujeres (su madre y sus hermanas) se apoyaran en mí. La muerte nos había hecho iguales, tan iguales como nadie… podría serlo nunca”

no puedo dejar de pensar en la muerte y en que lo único que consigue es igualar las condiciones de quienes la sufren, los muertos. Pero los que sobreviven no son iguales en ningún momento. El dolor es horroroso siempre pero nunca podrá ser igual perder a un padre, un hermano, un amigo, un hijo…

En fin, no quiero extenderme demasiado en esto, sólo he pretendido razonar el por qué creo que ésta es una novela “menor” de Lorenzo Silva. Está hecha de tópicos y por eso mismo el vocabulario es infantil a veces “No soy un malote”; los diálogos están desprovistos de misterio, la mayoría de ocasiones; los chistes que aparecen son fáciles y previsibles “¿tú has pensado en ir al médico? —Jamás. Quiero morirme sana; y las metáforas son típicas, teniendo en cuenta quién las utiliza: “El sábado que viene los dos estaremos en condiciones de disparar… podré dispararte… —¿Me dispararás? murmuré…”


Pues sí, espero impaciente otra entrega de Vila y Chamorro.