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jueves, 31 de diciembre de 2015

FELIZ AÑO

2016 será Cervantino y, por tanto, AURISECULAR por excelencia. Queremos unirnos a la celebración y por ello exhibiremos el logo del 4º Centenario de la muerte de Cervantes todo este año.

Hacemos nuestras las palabras de Vargas Llosa cuando afirmaba que «El Quijote, más allá de ser un clásico de la literatura española, es una historia inmensamente entretenida que define la condición del ser humano que, como El Quijote, tiene la necesidad de cambiar la realidad para que se parezca a sus sueños. Esa voluntad es lo que ha permitido al ser humano pasar de las cavernas y llegar a la era moderna para tocar las estrellas. Por ello debe empujarse a los jóvenes a leer el Quijote, pues además de vivir una aventura extraordinaria, uno descubre el poder extraordinario de la imaginación como motor de cambio del mundo en el que vivimos»


Deseo que tengamos un año pleno de libros y, por tanto, de paz ¡Sigamos leyendo!

lunes, 28 de diciembre de 2015

EN EL CIELO NO HAY CERVEZA

No conocía a Carlos Salem, no había leído nada de él, pero en principio En el cielo no hay cerveza me atrajo por el título, y porque es novela negra, por supuesto. Una vez terminada puedo saborearla mejor; al contrario que otras novelas que voy aprovechando cada momento, en ésta disfrutaba una vez que había dejado de leer, cuando pensaba en lo ocurrido; y es que durante la lectura me venían a la mente diferentes interferencias que impedían la concentración total ¿cómo será el autor? ¿qué edad tendrá? ¿a quién representa  en la realidad Jorge Tardío? ¿o Jessica Vanessa? No conozco a todo el elenco de la prensa rosa; y los personajes que aluden a otros tantos del evangelio también han conseguido que deje la lectura e investigue sobre ellos porque no recordaba bien a algunos, es verdad que los nombres me sonaban, los Zebedeo por ejemplo, pero no les asignaba un papel en el Nuevo Testamento. Asimismo el vocabulario empleado es algo desquiciante, todos hablan igual, con una especie de jerga urbana que hace imposible distinguir a Diosito del policía El Perro, del periodista, de la escritora travesti-mental Queca Osman, del pescadero Peter Simón, o de la madre de Diosito, Mariah.

Y ha sido en este ejercicio de localización cuando he entendido, creo, mejor la novela. La mezcla de nombres reales entre los personajes y la uniformidad de expresión consigue igualar a toda una sociedad. La irreverencia con la que son tratados todos aquellos representantes de la historia sagrada evidencia la poca credibilidad de una serie de acontecimientos que las sociedades han dado por ciertos, llevando al ser humano a niveles de ingenuidad impropios de un ser racional.

Me he reído a veces; creo que George S. Atan, nuevo marido de Mariah, padrastro de Diosito por tanto, tiene un papel entrañable en la historia. Con Mariah también he disfrutado, es esa madre coraje que no está dispuesta a que toquen un solo pelo de su segundo hijo. Y Diosito es inigualable, un personaje de apariencia inclasificable, entre simpática y repulsiva, un personaje al que sus actos acercan a todos los dioses que han poblado los diferentes cielos, juguetón según las oportunidades, caprichoso, malcriado, bondadoso a veces, a veces malvado.

En otros momentos he pensado que Poe debería haber dejado de beber cerveza. Es realmente angustiante leer escenas en las que la cerveza no se acaba nunca.

El protagonista, sin embargo, no ha conseguido que me identifique con él, no sé muy bien por qué, pero una vez leídas alguna que otra entrevista que le hicieron a Carlos Salem y ver su foto, quedó irremediablemente unida a El Poe y no he podido quitármelo de la cabeza en todo el relato. Puede que por eso me haya gustado menos. Creo que El Poe, más que protagonista, es un director de orquesta encargado de ir presentando a los personajes que realmente son los protagonistas, todos ellos, a su vez, miembros del ser global que hemos conformado y nos hemos conformado con el resultado: una sociedad desquiciada y desquiciante que consigue anular a la persona como tal para hacerla parte de una bufonada, un espectáculo en el que si no bailas al son del que lo dirige estás perdido, antes o después y, de una manera u otra, desaparecerás.

El argumento es una alegoría bastante original, el segundo hijo de Dios baja a la Tierra para reclamar su momento de gloria, tal como lo tuvo su “hermanísimo”. A partir de ahí ocurre todo lo contrario que leímos en el evangelio, es decir, son masacrados todos aquellos que se burlan de Diosito o no creen en él. El protagonista, Poe, deberá descubrir al asesino pues teme que detengan a Diosito, ya que la sociedad piensa que es una venganza de ese loco con aires de grandeza. Poe va hilando los hechos perfectamente hasta llegar a tres sospechosos que nos sorprenden en todo momento, pues los giros que van danto a la trama hacen que el lector cambie su punto de vista y su conclusión al menos tres veces. Al mismo tiempo, el protagonista se encarga de escribir la vida del hijo pequeño de Dios como si de un evangelio se tratara; cómo formó un grupo-secta con el que pretendía atraer a las masas para que lo siguieran, y así ridiculizar y desacreditar  al dios vigente, cómo se consagró, cómo quedó en entredicho y fue humillado delante de todos, y cómo se puso en peligro al no hacer caso a su madre que, por mucho que lo intentó, no pudo protegerlo.

De forma paralela hay dos historias de amor que, al igual que la sociedad en la que se desarrollan, están tildadas de engaño, la suya con Angélica, periodista cuyo fin inmediato es descubrir a Queca Osman Dendeiro, la escritora oculta de novela rosa-porno de gran éxito, y la del policía El Gato con Flor, recluida en un sanatorio mental desde que su novio, el hermano del Gato, la abandonó para casarse con otra.

Esta novela es indiscutiblemente negra, el ambiente sórdido de la telebasura por donde psicópatas, mafiosos, ladrones, prostitutas, criminales y policías se mueven de forma natural; los asesinatos pensados por la mente más retorcida (menos mal que no profundiza en las torturas, porque son espantosas), así como la trama que nos va descubriendo al asesino hasta llegar casi a la última página, la enclavan en este género policíaco. Estoy de acuerdo con el autor, al menos en parte, en que es de humor, podríamos decir que humor negro «Mientras me tomen en serio mis lectores, mientras lloren en una parada de metro con un capítulo y se descojonen de risa con otro dos paradas más tarde, lo demás me da igual» (Culturamas, 15-06-2015). Tiene además alusiones al cómic detectivesco, Magdalena recuerda a un personaje de Miller, endurecida por las circunstancias en las que la vida la ha envuelto, decadente, cínica y violenta podría pasear perfectamente por Sin City. En otro extremo, el inspector Arregui recuerda en varias ocasiones al número uno de los detectives que utilizan el disfraz para resolver sus casos, Mortadelo. Sin embargo no creo que Diosito difiera tanto de Jesús. Salem afirma en la misma entrevista que «Esta novela nace de dos supuestos y uno de ellos es que si hoy Jesús bajara a la Tierra, nadie le haría el menor caso…». Diosito tiene su público al principio, sobre todo cuando empieza dando a la gente lo que quiere, y algo así sucedió con Jesús quien también tuvo que realizar milagros para que lo tomaran en serio.

Novela negra que mantiene la atención del lector, que mantiene la intriga hasta que llegamos al final y el autor descubre la verdad y el lector se descubre ante el autor por la originalidad de la que ha hecho gala.

He tenido que terminar la novela y pensarla para llegar a la conclusión de que me ha gustado, pero, de señalar algo, me quedo con el tipo de mujer que atrae al Poe, puede que porque a mí también me gustaría ser así:


«Mujeres testarudas, firmes y un poco cabezotas, que a fuerza de darse de cara contra los muros, optan por hacerlo con los ojos bien abiertos y por eso adquieren esa expresión de perplejidad avisada […] Mujeres dueñas de una inteligencia tan aguda que acaba pinchando donde más suele doler, que poseen la suficiente lucidez para presentir sus propios errores y la necesaria generosidad como para celebrar, en honor a esos mismos errores, cuando llegan, una fiesta de bienvenida»

martes, 22 de diciembre de 2015

LA INCREÍBLE Y TRISTE HISTORIA DE LA CÁNDIDA ERÉNDIRA Y DE SU ABUELA DESALMADA

De nuevo he pasado un fin de semana fantástico gracias a los alumnos. En esta ocasión, mi amigo invisible, aunque no tanto, porque terminé descubriéndolo, se acordaba de una conversación que tuvimos y ha estado buscando el libro perfecto ¡Gracias Nico!

A un agradecimiento por ser un alumno excelente, tengo que añadir este regalo excelente. Porque Gabriel García Márquez lo es. Descubrí a Gabo con Cien años de soledad y me cautivó; creo que fue el libro que, si no cambió mi vida, sí cambió la manera de enfrentarme a la literatura. Y con el respeto absoluto que se merece, este fin de semana he vuelto a descubrir una prosa enérgica, oraciones que inundan las páginas formando un caudal de gran vitalidad. He vuelto a distinguir una realidad legendaria, mítica, en la que los milagros y la brujería se insertan en la vida diaria como otra cotidianeidad. He vuelto a explorar lo grandioso del mundo, lo épico, hasta convencerme de que no hay nada magnífico en él que no vaya acompañado de lo insignificante.

Y he descubierto a la minúscula Eréndira capaz, desde su soledad más absoluta, de llevar a cabo una gesta imponente; es cierto que en la atmósfera fantasmal en la que se mueve, no puede combatir sola el odio del que es víctima, por eso necesita otro sentimiento poseedor de la misma fuerza, el amor; por eso emerge Ulises, quien despliega en ella todo su amor divino hasta conseguir liberarla del monstruo hiperbólico que la domina.

La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada es una historia triste, una historia dura, como tantas otras cuyos protagonistas forman parte de un entorno implacable, una historia misteriosa como todas aquellas en las que la magia y el espanto van de la mano, una historia seductora, como el conjunto de las obras de García Márquez, donde las palabras brillan con luz propia y se combinan para conseguir que el interés por la lectura crezca progresivamente y la fascinación permanezca intacta hasta la última línea. Gabriel García Márquez, uno de los padres del Realismo Mágico, es un hechicero de la literatura. Podemos leer un argumento despiadado y, a veces incluso, sonreír. Como todos los grandes, Shakespeare, Cervantes, Kafka… Márquez puede mezclar en su trama un vocabulario culto con términos soeces, palabras cariñosas en situaciones humillantes, insultos con chistes, amor y dolor, pena y odio, porque, al fin, lo que interesa no es la historia sino el alma de los personajes. «La abuela contemplaba con un abatimiento impenetrable los residuos de su fortuna […] Mi pobre niña —suspiró— No te alcanzará la vida para pagarme este percance.»

A través del Realismo Mágico, el autor profundiza en las protagonistas hasta que ellas mismas exteriorizan su alma, hasta que son las representantes de un sentimiento. Son dos protagonistas antagónicas, y mediante antónimos vamos descubriendo en el ser humano la maldad y la inocencia, la tiranía y la humillación.

La primera confrontación aparece, evidentemente, en el título; la abuela desalmada frente a la cándida nieta. El espacio real en el que se desarrolla la historia es el desierto, sin embargo el mar domina todos los sueños y, a veces, se convierte en presagio metafórico «…se oían gritos lejanos, aullidos de animales remotos, voces de naufragio.» Sueño y realidad cabalgarán de la mano para interponerse constantemente «…él le respondió con una bofetada solemne […] la hizo flotar […] con el largo cabello de medusa ondulando en el vacío […] sucumbió entonces al terror, perdió el sentido, y se quedó como fascinada con las franjas de luna de un pescado que pasó navegando en el aire de la tormenta.»

La belleza de Eréndira contrasta con la fealdad del entorno donde se mueve, un entorno implacable, cruel que, actuando como una premonición, es capaz de personificarse para hacerle el mismo daño que pueden ocasionar los que la rodean «el viento de su desgracia» «el día que empezó su desgracia» «tuvo que contrariar el coraje del viento» «aquél fuera el viento de su desgracia» «mientras el viento daba vueltas alrededor de la casa buscando un hueco para meterse» «el viento de su desgracia se metió en el dormitorio como una manada de perros».

La alegría que causa la protagonista está envuelta en un halo de tristeza permanente, tristeza que se pretende imaginada a pesar de que en la realidad el fotógrafo la plasme una y otra vez hasta que desaparezca como vino, casi sin sentirlo, para dejar paso, esta vez sin testigos, al nuevo mundo íntimo de Eréndira «…vinieron hombres desde muy lejos a conocer la novedad de Eréndira […] mesas de lotería y puestos de comida, y detrás de todos vino un fotógrafo en bicicleta que instaló frente al campamento una cámara de caballete con manga de luto, y un telón de fondo con un lago de cisnes inválidos».

En constante oposición a la cruda realidad de la tierra desértica donde se desarrolla la acción, se sitúa el mar como espejo del cielo, como espacio inalcanzable que pertenece a los sueños «…vio una mantarraya luminosa navegando por el aire».

El mar supondrá para Eréndira la liberación absoluta, de ahí que sólo Ulises, con «un aura irreal» pueda salvarla de la ominosa condición que sufre.


La increíble y triste historia de la cándida Eréndira está considerada como una novela corta. Es cierto que no alcanza las 40.000 palabras que, como mínimo, debe tener una novela; es cierto que no se ha publicado sola sino con seis relatos más; es cierto que sus personajes son pocos; es cierto que el conflicto puede ser único: la desgraciada historia de Eréndira, pero en el Realismo Mágico puede suceder cualquier cosa y, desde la desgracia de Eréndira, el autor critica la avaricia de la abuela, la deshumanización de los hombres, la corrupción militar y gubernamental en torno a los personajes; esto y el carácter abierto permiten que la obra alcance la complejidad de novela. Una novela dura, es cierto, pero que conserva como toda la obra de García Márquez, como todas las obras de arte, una belleza absoluta.

domingo, 22 de noviembre de 2015

EL SECRETO DE LA MODELO EXTRAVIADA

En poco más de un día, nuestro detective favorito resuelve un caso sucedido años atrás y, casi como Leopoldo Bloom, en ese tiempo da un repaso a su existencia. El protagonista de El secreto de la modelo extraviada ha crecido, el tiempo ha pasado y ahora “en el ocaso” de su vida recuerda cómo, una vez más, en los años ochenta fue sacado del sanatorio en el que se encontraba para ser, nuevamente, el culpable de una fechoría que a la policía, concretamente al inspector Flores, no le interesaba investigar de verdad. «Te declararé culpable y yo me voy a mi tertulia machista, xenófoba y extraparlamentaria.
—¿Culpable de qué, señor comisario?
—¿De qué va a ser, idiota? –dijo el comisario–: de asesinato
[…]
—Con el debido respeto, señor comisario, no sé a qué se refiere»
[…]
—¡Ay mísero de mí, joder, ay infelice! –exclamó haciendo gala de su proverbial erudición–. Los Cohibas decomisados no tiran y los criminales se han vuelto respondones. ¡Esto no pasaba en los buenos tiempos!»

El protagonista innominado muestra a la perfección el aspecto anodino de la vida, los personajes con los que se relaciona representan el fracaso de los que se desenvuelven en una sociedad que se desintegra, de ahí que a pesar de tener rasgos de novela negra (corrupción, asesinato, mafias) apenas encontremos intriga. No hay grandes héroes, sólo hombres vulgares aparecen en esta pintura realista de la vida cotidiana. Y aquí está la genialidad, conseguir que la autenticidad brote de la parodia, de la ironía, del esperpento. «…ostentaba un poblado bigote que descendía por ambos lados de la boca y su mirada habría sido incisiva si unas gafas oscuras no la hubieran velado».

Es cierto que ahora, en el siglo XXI, ya no es ese personaje que corre, literal y metafóricamente, durante días, en calzoncillos para que parezca estar haciendo footing, mientras intenta encontrar al asesino de Olga Baxter y poder salir indemne de la acusación. «Las zapatillas de fieltro se habían resentido de la fricción y los dedos de los pies asomaban impertinentes por las rasgaduras, y la goma de los calzoncillos se había dado y me veía obligado a correr sujetándolos con una mano». Tras más de veinte años decide resolver, aunque sea para él mismo, dicho asesinato, pues en su momento llegó hasta un punto en el que no cuadraba la solución que dieron las autoridades.

En la actualidad no corre; probablemente la edad no se lo permita. Ahora trabaja en el restaurante chino de los que en su día, y en La aventura del tocador de señoras fueron sus vecinos. Sin carné ni vehículo, y a su edad, es repartidor, por lo que lleva los pedidos a domicilio en autobús. Allí se dirigía, a la parada, cuando un perro le mordió en la pantorrilla causando la caída del pedido al suelo, el recogido del mismo y el rellenado de los envases. Esto ya me puso nerviosa. Así que cuando, entre unas cosas y otras, entre unas entrevistas y otras, tras llenar varias veces los recipientes con viandas de origen dudoso, consigue llegar al domicilio y obligar al dueño a levantarse de la cama, de madrugada, para que le firme una entrega de sólo dos cajas mugrientas, mis nervios estaban totalmente relajados de reír. 

Creo que únicamente Eduardo Mendoza es capaz de conseguir que del planteamiento de una situación totalmente absurda se consiga un desenlace de lo más coherente. Es inimitable. No me canso de leer las aventuras, o desventuras, de este histriónico personaje que, como los grandes de la literatura, es menos loco de lo que parece, de hecho, desde sus excentricidades plantea una sociedad desquiciante, porque si él es estrafalario, algunos de los que nos representan rozan el ridículo, de ahí que sus actos sólo quepa exponerlos mediante el desequilibrio. En El secreto de la modelo extraviada no se libra nada ni nadie de los dardos, humorísticos aunque certeros e hirientes, de Mendoza:

« Al empezar las obras para convertir las celdas de clausura en pistas de squash y el refectorio en lo que ahora es la piscina cubierta, encontramos dieciséis momias de antiguas abadesas […] ni el obispado se quiso hacer cargo del hallazgo, ni los servicios funerarios del Ayuntamiento, ni el Museo Arqueológico, ni el Museo de Zoología… ¡nadie!.
Así que voy y el día de la inauguración del club, con todas las autoridades y toda la pesca, puse a las dieciséis momias en un palco con un letrero que decía: SOCIAS DE HONOR. Ya se puede figurar la que se armó.»

Y en esta última aventura más que en ninguna otra esa sociedad, que ya apuntaba trastornada, es exactamente la que tenemos. «Linier y otros prohombres de Barcelona se metieron en una operación de movimiento y blanqueo de capitales para invertir en el futuro de la ciudad. Como visión de futuro no estuvo mal, pero actuaron de una manera tortuosa y chapucera y se acabó enterando todo el mundo.» Mendoza retrata a la Barcelona de los años ochenta, pero es perfectamente extensible al resto del país. Y esto es lo triste, que después de casi treinta años, no hayamos sido capaces de levantar nuestra sociedad sino todo lo contrario. ¿Dónde están, para la gran mayoría, todas las expectativas de un futuro próspero y mejor? ¿Dónde ha quedado el esfuerzo de muchos para disfrutar de lo que les correspondería por derecho? No se sabe aunque sea vox populi, así, medio en broma y muy en serio, nuestro autor lo denuncia: «…al final Linier entró en la cárcel […] Un amigo ministro o presidente de autonomía te puede proporcionar bicocas, pero si te trincan, ni el mismísimo presidente del Gobierno moverá un dedo por ti. En la democracia, otras cosas no digo, pero el encubrimiento está mal visto […] Linier no debió de pasar mucho tiempo entre rejas y al salir, como no había devuelto un céntimo de lo que había chorizado ni nadie se lo reclamó, siguió viviendo con holgura.»

Si analizamos la novela desde los temas propuestos, encontramos que el contenido es demoledor: la corrupción gubernamental consigue, por el poder que le ha sido concedido, que aquéllos que nada tienen, los parias de la sociedad, carguen con las infracciones de quienes se ven arropados e inmunes. Así mismo la estulticia no es óbice, sino todo lo contrario, para ostentar cargos relevantes enfocados a dirigir los distintos estamentos que enmarcan la sociedad.

Pero afortunadamente el autor es Eduardo Mendoza, por eso es capaz de mostrarnos un asunto desolador mediante una serie de recursos literarios enfocados a hacernos reír. El humor derivado de la incompetencia de los jefes y la sabiduría de los subordinados es inigualable. El humor blanco, que recuerda a la infancia y dota al personaje de una inocencia maravillosa, utiliza como fuente expresiones populares, para crear ostras dispuestas a alegrar nuestro pensamiento y nuestro rostro «Eché a andar hasta la parada de autobuses, y una vez en ella, al no disponer de dinero, seguí hacia el centro de la ciudad haciendo footing.»

Las paradojas de una sociedad que nos hace sufrir para mejorar, dibujan una sonrisa en el lector que, de alguna manera, se siente identificado «Como no sabía lo que me aguardaba dentro (en la sauna), de poco me caigo. Miré a mis compañeros y al no advertir alarma por su parte, me repuse y sonreí fingiendo dar por bueno aquel horno malsano». El humor metonímico de las descripciones marca, de manera sagaz, la diferencia entre el continente y el contenido, que no hace sino aniquilar la personalidad del personaje, al igual que la sociedad actual intenta aniquilar la personalidad de sus habitantes: «El recepcionista era un muchacho atlético embutido en una camiseta roja con el logo del club y un distintivo de plástico con su nombre escrito: Mingo».

Y si a veces aniquila la personalidad de algún personaje, otras, las más, dota a otros de un temperamento múltiple, o al menos dual, como es el caso de la señorita Westinghouse que, no sólo cambia de sexo y pensamiento según le interese sino que a veces utiliza un lenguaje filosófico, otras científico, notarial, y hasta vulgar, lo que hace que el lector se mantenga extrañado –según un punto de vista literario– ante la galería de personajes que pueblan las páginas de la novela «¡Chicas, chicas, a callar y a estarsus quietas! ¡Y nada de manosear este importante affidávit!»

Al variar expresiones hechas consigue, si no quitar importancia a los hechos, sí trivializarlos; de nuevo una técnica de extrañamiento mediante la que el lector reflexiona desde la ironía que propone el autor: «Cuando empezó el bum-bum de la construcción vendió las tierras a una inmobiliaria por una fortuna, pero nunca llegó a ver un real». Otras veces el humor viene de sustituir un término de expresiones mitológicas con significado concreto por otro de sentido actual, que anula el de la expresión «ha renacido de sus cimientos, como el ave Phoenix».

Y si nos reímos de la alimentación de una parte de esta sociedad avanzada «De camino a la salida prodigué caricias a unos cuantos niños […] En un banco del parque desayuné un bollicao, dos donuts y un kínder sorpresa», nos reímos de la alimentación de otra parte de esta misma sociedad «Al cruzar la plaza de Cataluña estaba tan desfallecido que una paloma me derribó al rozarme con el ala».

Eduardo Mendoza es capaz de reírse de todo y de todos sin que a nadie le siente mal porque aquéllos que se sientan ofendidos serán incapaces de decirlo temiendo el ridículo social que causarían. Nuestro autor lo sabe, por eso califica de absurdas las reuniones de los dirigentes de grandes empresas, las votaciones que no sirven para nada, la manera de prosperar mediante la cosificación de los empleados, la falta de ganas y empeño de la policía para resolver problemas de gente anónima, la tarea inútil de los que no tienen dinero por tener unas condiciones de vida acordes con la época «…mi estado de salud empeoraba [...] Pensé en ir al médico, pero no soy de ninguna mutua».

El absurdo de esta última novela de Mendoza tiene menos de esperpento y más del teatro del absurdo de los comienzos de Mihura, el de Jardiel, aquél que marcaba una sonrisa y ésta a su vez, a veces, se convertía en una mueca de tristeza «Nuestro hijo vive en Australia […] allí hay un montón de oportunidades para la gente joven […] antes teníamos una estufa eléctrica. Hará cosa de un lustro se averió […] De todas formas, confío en solucionar pronto el problema, porque mi hijo vendrá a visitarnos dentro de un año o dos y ya verá como lo primero que hará, en cuanto llegue, será comprar una estufa nueva».

Creo que al desvelar El secreto de la modelo extraviada, Mendoza nos ha desvelado a todos lo que muchos pensamos pero pocos dicen: el mal funcionamiento de las ciudades, la desidia de algunas multinacionales, el pésimo ejercicio penal que permite a los asesinos incumplir las condenas, la corrupción en todos los niveles del funcionariado, no son más que el fruto de lo que hemos ido cosechando: «…un programa de televisión […] lo lleva un exmilitar que despotrica sin razón de todo y de todos. Es un cabrón y un majadero, no lo niego, pero difícilmente podría ser de otro modo: cada país tiene los políticos que se merece y lo mismo sucede con los críticos».

Si ya tenía en lo más alto a Eduardo Mendoza, después de esto propongo formar el clan Mendocista.

jueves, 29 de octubre de 2015

NIEVE EN OTOÑO

La historia de Tatiana Ivanova es la historia del pueblo ruso hasta que llega la Revolución de octubre del 17 para delimitar una serie de cambios sociales a los que no todos se amoldan. En realidad Tatiana no tiene historia, es una anciana de 70 años que no tiene nada. Entró a trabajar muy jovencita en casa de la familia aristocrática Alexándrovich y se quedó allí al cuidado de tres generaciones. Su mundo es muy reducido aunque no le ha hecho falta nada más. Por eso, después de cincuenta años, permanece en la mansión, de buen grado, al cuidado de las pertenencias familiares mientras que dos hijos parten al frente y el resto huye a Francia temiendo las represalias de los revolucionarios. Poco a poco, las riquezas se van acabando, la familia ha terminado con las provisiones que se llevó, uno de los hijos muere en la guerra y Tatiana cruza Europa para encontrarse con los que quedan y llevarles unas joyas que guardó personalmente. Al llegar a París se da cuenta de que ése no es su sitio. Tatiana anhela el frío y la nieve que no llega en otoño.
No sé si catalogar, Nieve en otoño como un cuento, novela corta o relato; pero eso es lo de menos. Lo que importa es la impresión que permanece en nosotros. Al terminar la lectura somos conscientes, no antes, de que no hay grandes descripciones, ni grandes emociones. «Las habitaciones de los chicos estaban en la parte antigua de la casa, un hermoso edificio de noble arquitectura, con un frontón griego adornado de columnas». Precisamente en la ausencia de detalles aparecen las sensaciones divididas de toda una sociedad. El desmoronamiento de la grandeza convive con una sumisión que comienza a dejar de serlo «…los criados recogían los cristales en silencio […] todos repitieron al unísono, como una monótona cantinela aprendida de memoria: —Bueno, pues… adiós, Kiril Nikolaiévich… Adiós, Yuri Nikolaiévich». Pocas palabras bastan, a veces incluso frases sin terminar, para expresar las contradicciones del ser humano «Antaño, cuando se marchaban los barin… Los tiempos han cambiado. Y los hombres también».
Al terminar la lectura somos conscientes de que en realidad hay muy poca acción, prácticamente no pasa nada, si excluimos, claro, el principio y el final. Irène Némirovsky podría haber incidido en la revolución, en el dolor del pueblo, en la muerte del hijo y la pena de los padres, en la angustia de ver destrozado tu mundo acogedor, en las consecuencias de tener que adaptarse a un medio hostil en el que no somos nada. Pero el movimiento, la intriga, los sucesos no le interesan a la autora. Y ante nosotros se levanta un texto metafórico, en el que destaca la lucha interior del ser humano, de ahí su corta extensión; la protagonista nos descubre, con sus ojos de sirviente, la vida de la clase alta, una vida a la que ella se ha amoldado por rutina, que le ha dado cosas buenas o malas pero que no son suyas realmente, una vida dominada por la lealtad; y con sus ojos de trabajadora, la esperanza del que aspira a algo nuevo ahora, al final de su vida, la necesidad de cambio y libertad. «Durante el día, el aire y la luz lo inundaban todo. Pero cuando llegaba la noche, con su extraño silencio, Tatiana Ivanova se decía “Ya es hora de que vengan otros”». Una libertad que ella, sin embargo, no siente que le pertenece, como tantos otros, considera su felicidad en manos de la religión «Aún creía estar viéndola retirarse a su paso, santiguándose.» y sin embargo la nostalgia de sus raíces y del tiempo perdido la aplasta constantemente, no la deja respirar; tenaz en su búsqueda del frío, no parará hasta encontrarlo.
Creo que Tatiana es una heroína diferente, puede que algo similar a la Benina de Misericordia de Pérez-Galdós. Como ella, es leal hacia sus amos hasta límites insospechados. Como ella también, una mártir que, por creencias religiosas y un amor incondicional, vive en busca de la felicidad de los que están por encima socialmente. Nada se dice de sus sentimientos hacia ella misma como persona, durante los 50 años a cargo de la familia Nikolaiévich, pero al final de su vida está sumida, como el pueblo ruso, en el dolor del que no tiene nada, del que le han quitado incluso sus orígenes:
«—¿Aún te acuerdas de nuestra casa? —le preguntó en voz baja su ama
[…]
—¿Que si me acuerdo […] Podría decir dónde estaba cada cosa […] Recuerdo cada vestido que se ponía, y los trajes de los niños […] El canapé donde estaba sentada cuando yo le bajaba los niños […] los diamantes que adornaban su cabello […] ¡Ay, Dios mío! Luliska no los tendrá así»
No se puede decir más con tan pocas palabras. La protagonista, abanderada del obrero ruso, se enfrenta a una sociedad inmisericorde que avanza sin tener en cuenta las reivindicaciones de libertad, reivindicaciones que a modo de implicaturas aparecen veladas en el texto, probablemente por la condición de judía de la autora.
Creo que Irène Némirovsky estuvo influenciada por Anton Chejov; es cierto que le falta el punto de subversión del autor; también lo es que carece del humor blanco que puebla las páginas del maestro del cuento, pero los temas se basan, como los de Chejov, en los problemas y cambios de una comunidad, así como en el destino del hombre en esa organización. Y si los personajes de Chejov se rebelan en la sociedad de finales del XIX, los de Némirovsky denuncian su nuevo destino, que no consigue sino animalizarlos, dejarlos sin ilusión, hasta degradarlos «respirando con repugnancia el tufo de los fregaderos», «iban y venían como las moscas de otoño», «una muchacha normanda […] robusta como un percherón», «Kiril […] volvía a casa […] con el deseo de yacer inerte sobre aquellos adoquines rosáceos»
Igualmente, la técnica del monólogo interior es una constante en la novela; la protagonista, como los personajes de Chejov, reproduce sus impresiones, asociaciones y pensamientos en un libre fluir que se mezcla con las palabras razonadas del diálogo:
«—Bueno, Yuroska, adiós… Cuídate mucho, hijo. Cómo pasaba el tiempo… De niño, cuando se marchaba al instituto de Moscú […] Ay, mi pequeño Yuroska!»
No es sólo la semejanza con Galdós o con Chejov; la novela mantiene el espíritu del Realismo del XIX, aunque cronológicamente podría incluirse al final de la llamada Edad de Plata Rusa (finales del XIX, principios del XX), cuando las vanguardias llaman a la puerta de la literatura. Pero Nieve en otoño no es modernista ni simbolista. La guerra civil de 1918 es la base del relato, en el que aparece la lucha del hombre entre la atracción que le supone lo nuevo «Nilolai Alexándrovich y su mujer los seguían despacio, penosamente, pero con la misma ansia de libertad y aire» y el apego a lo antiguo «Los padres se quedaban allí, escuchando con aire melancólico la música de las orquestas, recordando las islas y los jardines de Moscú».

Irène Némirovsky no pretende describir la vida cotidiana o las costumbres de la aristocracia rusa y su venida a menos; lo que nuestra autora persigue, y consigue, es hacernos comprender la esencia de la vida a través de la representación de la cotidianeidad; de ahí que la prosa se estilice en cada página hasta volverse lírica «Avivó el paso, deslumbrada por una especie de lluvia de fuego que le salpicaba los párpados […] La anciana se acercó al pretil y miró con fijeza la resplandeciente franja celeste».

domingo, 25 de octubre de 2015

LA MUERTE JUEGA A LOS DADOS

La muerte juega a los dados es una novela; da igual que Clara Obligado la haya revestido de cuentos; estamos ante un género mayor. Es una novela en la que construye una realidad de gran riqueza donde se confunde la ficción, se integra en el mundo de manera que cuesta separar la totalidad que la autora nos presenta. Es una novela con diferentes puntos de vista. Es una novela con determinadas peculiaridades que consiguen situarnos ante un género excepcional, original, novedoso y, no obstante, cumple con los requisitos de la novela. Las largas explicaciones descriptivas convierten el lenguaje escrito en fotografías que, impresas en nuestra retina ayudan a configurar a esta contadora de historias como una artista con mayúsculas. El vocabulario, impecable, mezcla expresiones típicas argentinas con otras españolas, dotando de esa manera al idioma con una fertilidad extraordinaria.

La curiosidad más llamativa es su estructura. Está compuesta por diez y ocho cuentos que funcionan como capítulos si se leen de forma lineal, y actúan como narraciones breves si queremos leerlas por separado (aunque mi consejo es realizar la lectura como una novela y releer después algunos de los cuentos; a causa de la mezcla de tiempos, espacios y personajes, es fantástico ir descubriendo la trama hasta llegar a un final prodigioso).

Algunos de estos cuentos son realistas, otros no tanto; encontramos microrrelatos (de cuya técnica la autora es maestra), cuentos surrealistas, cuentos fantásticos, cuentos que podrían formar parte del periodo literario conocido como el boom hispanoamericano, pues el Realismo Mágico aparece en sus páginas con total naturalidad. A veces he tenido la impresión de estar ante un homenaje a Gabriel García Márquez: la muerte anunciada de Zacarías Eldestein, el crimen sin resolver, el color, las mariposas… le habrían encantado al maestro.

Además hay alusiones a otras escritoras que, no cae duda, han influido en Clara Obligado; en el caso de Margaret Michell es evidente la identificación que nuestra autora siente con aquella periodista que, en 1936, escribió en más de 1.000 páginas «la historia de su país con retazos de su biografíaLo que el viento se llevó».

En el caso de Aghata Christie creo que la admiración hacia esta pionera en su oficio y en su manera de vivir nos deja un guiño a todas las lectoras «Mi querido, como repite Aghata Christie: “cherchez la femme”».

Nuestra autora porteña, con finalidad claramente emotiva en una prosa a veces recargada, y otras ligera, enfoca constantemente la soledad de los personajes, sobre todo, femeninos. No sólo hay referencias a escritoras; la mujer es la protagonista indiscutible de esta historia, incluso aquélla que, como Amalia, esposa del investigador O’Brien, aparece sólo durante unos momentos, pero está ahí, forma parte del entramado para dejarnos una teoría filosófica «¿Y si el muerto no fuera el final, sino el principio de todos los problemas? [...] lo esencial no es quién mató a quién […] lo importante es qué sucedió con toda esa pobre gente que se quedó viva»Al terminar de leer la novela comprendemos que las palabras de Amalia no están referidas sólo al caso que investiga su marido. Constituyen una verdad universal.

Pero la novela no consta solamente de relatos imaginarios, las referencias históricas, además de ayudar al lector a situarse en el tiempo «Estaban de viaje de novios en el Cap Arcona…» consiguen ese punto verídico de la historia pues colocan a los personajes en hechos que han ocurrido para ahondar, aún más, en la maldad del ser humano. El lector reflexiona, ayudado por estos datos auténticos, sobre una muerte que, efectivamente, juega a los dados; pero es el ser humano, vivo, depravado, quien los lanza sin importarle otro resultado que no sea ganar.

Otras veces la intención de introducirnos en la realidad viene de la mano del narrador; normalmente omnisciente, va contando los acontecimientos desde un punto en el que no pierde de vista a la mujer y su sufrimiento, sus humillaciones, sus sentimientos, sus ilusiones frustradas, sus pobres deseos de venganza y su solidaridad con otras mujeres que, implícitamente, han pasado por lo mismo. Y cuando la empatía no es suficiente cede su voz a la protagonista quien, de forma epistolar y con elegante afabilidad, tranquiliza a quien sabe que puede sufrir más que ella: «Querida mamá, Londres me ha parecido lindísimo. Hemos comprado una alfombra roja impresionante…». Los lectores nos identificamos, para siempre, con todas y cada una de las mujeres de los diferentes relatos, todas actúan con rencor, odio, egoísmo, locura o depresión, pero a todas las han tratado con violencia, desprecio, crueldad o paternalismo hasta conseguir de ellas una nueva personalidad. Por eso sonreímos cuando, al terminar el libro, recordamos algunos objetos de momentos vejatorios que sirvieron, tiempo después, para ser exhibidos como un trofeo aunque fuera sólo a título personal.

Clara Obligado, con asombrosa naturalidad, cruza tiempos, espacios y personajes para sacar, en la mayoría de las ocasiones, lo peor del ser humano, el sufrimiento, la violencia hacia el más débil. Violencia que nos animaliza. Violencia impuesta. Violencia aceptada por despecho hacia otros —o hacia uno mismo—. Violencia asumida como parte de una situación. Violencia que humilla pero a la que no podemos abandonar.

La muerte juega a los dados es una novela plural en la que se aúnan lo tradicional y lo moderno en lo universal. Todo cobra sentido en la unidad. Los cuentos pueden ser leídos de manera aislada, aunque será en la totalidad del libro donde comprendamos a la perfección todas las acepciones. Igualmente cada relato es significativo al final, pues la narración contiene analepsis que desentrañan el sentido de aquellas circunstancias por las que tuvieron que pasar los personajes hasta llegar a la situación en la que se encuentran. Cada personaje tiene una historia como rasgo distintivo; diferentes historias pues, que posibilitan momentos de grandeza o miseria, felicidad o desdicha, razón o locura. Y lo que consiguen estas particularidades no es aislarlos sino todo lo contrario, identificarlos como parte de la existencia de un ser humano compuesto de matices y ambigüedades, que en ocasiones es generoso y en otras, ruin, tanto, que deja de ser hombre para animalizarse o cosificarse.

El estilo de la narración también participa de esta característica dual; al enlazar términos no comparables aparecen estados de un lirismo espectacular no exentos de dureza «…esa muchacha dormida le ha enseñado las tres cosas más importantes que hay en el mundo: a leer, a escribir, a odiar». El asíndeton favorece a su vez la afirmación categórica: son tres las cosas, no hay más.

Y sin embargo el amor por la naturaleza surge de forma habitual mediante personificaciones de una belleza absoluta «pesaban llorosas las enormes cabezas de los nogales, el río se había desbordado hasta asomarse casi a la puerta del prostíbulo». O mediante metáforas sugerentes «el aeroplano comenzaba a descender atravesando un espeso puré de nubes».

Una belleza que enmarca la fealdad del hombre animalizado, la fealdad de todo lo construido por ese hombre, «el auto detuvo sus toses», «eres una hermosa polilla nocturna». Por eso, cuando conocemos que el crimen de Héctor Lejárrega queda sin resolver, lo vemos como algo normal; en justicia poética, divina o humana es lo que correspondería a un animal «Su mano era posesiva, grande, sigilosa como una araña», «En el suelo, un bulto. No era un pliegue en la alfombra […] como si un animal […] se hubiese tumbado a dormir», «la gran cabeza de toro de Héctor Lejárrega».


Novela compleja, como el propio ser humano, porque La muerte juega a los dados desvela lo intrincado del hombre y la mujer que aquí, más que nunca aparecen como dos seres diferentes que se necesitan y sin embargo se obstaculizan para poder realizarse plenamente.

sábado, 19 de septiembre de 2015

LA CENA

Estaba deseando terminar La cena, creo que no he entendido bien el objetivo de Herman Koch al escribirla. La estructura está bien pensada. Todo se desarrolla durante una cena en un restaurante de lujo de Holanda. Así pues se divide en cinco partes: Aperitivo, Entrantes, Segundo, Postres y Digestivo, más la Propina (esto no es ironía, o sí), en las que los lectores nos vamos enterando de la vida de dos familias de clase media-alta, o al menos de los sucesos más relevantes de su vida.

El protagonista, narrador en primera persona, acude a una cita familiar; dispone de tres horas aproximadamente para describir las raciones que tan explícitamente les va detallando el maître y que a nosotros, más que aclararnos datos gastronómicos, nos aporta una información relevante sobre su personalidad pues, lo de menos es la comida, importa lo insoportable que se le llega a hacer el camarero, de ahí que su máxima fijación la constituya el dedo meñique con el que va señalando minuciosamente los componentes de cada plato que va llegando a la mesa, para destacar la procedencia o la manera en la que están cocinados. Asimismo, mediante analepsis, vamos conociendo a otros personajes que se cruzaron en su camino y le resultaron igualmente insoportables «Nuestras posturas eran irreconciliables» «En un grupo de 100 personas, ¿cuántos cabrones hay? ¿A cuántos capullos les apesta el aliento, pero no hacen nada por remediarlo?...». Y si ya desde el Aperitivo adivinamos  en Paul una personalidad obsesiva, en los Entrantes, Segundo y Postres, confirmamos nuestra sospecha: Paul Lohman es un acomplejado; desde su infancia, probablemente, ha ido a la sombra de su hermano Serge, el vencedor, el que ha triunfado de manera absoluta en la política, el que se ha granjeado fama de honrado y buena persona al adoptar a otro niño, tras haber tenido dos biológicos, el que consiguió una mujer guapísima que lo admira y es admirada por todos, de ahí que constantemente tenga la necesidad de mostrarse a sí mismo lo anodino que es Serge, la admiración, incluso deseo, que su cuñada Babette siente hacia él, y la felicidad evidente y real que él experimenta con su mujer Claire y su hijo, Michel; una mujer inteligente, cuya personalidad se le amolda a la perfección y un hijo cuyo físico es un calco absoluto de él desde que nació. Paul siente una profunda envidia hacia su hermano; las causas no son relevantes, sin embargo el lector no entiende las consecuencias de esos celos pues, conforme va avanzando el menú, nos enteramos de que Paul, un fracasado, imposibilitado para el trabajo a causa de una enfermedad (que aunque no se especifica sabemos que es genética y que se manifiesta mediante la violencia si el paciente deja la medicación), ha agredido de manera extrema a Serge en más de una ocasión. ¿Por qué Serge no lo denuncia? En la Propina a la que antes aludíamos asistimos, estupefactos, al daño irreversible que Paul le ha provocado a su hermano, no sólo físico sino también laboral y por supuesto emocional. ¿Es que en Holanda no se investiga nada?

Michel, digno hijo de su padre, heredero de ese gen maligno, continúa asimismo su trayectoria aunque, como es obvio, profundiza más; no hay nada como tener un buen maestro. Así pues, este adolescente llega a la tortura y asesinato… ¿Tampoco se investiga nada?

¿Qué pretende Herman Koch? ¿Hacernos creer que es fácil salir indemne de situaciones violentas en las que es posible atentar contra el vecino (una y otra vez) y seguir con la vida como si tal cosa? No hay que ser demasiado inteligente para darnos cuenta de que no, no es posible. Podríamos pensar que se trata de una novela, de algo ficticio, pero es que el autor se ha basado totalmente en la realidad; por un lado, en España fue noticia la tortura y muerte causada a una indigente en un cajero automático, igualmente, las palizas a mendigos grabadas con cámaras y subidas a internet ocuparon las pantallas de televisión durante un tiempo; por otro, en 1993 algunos científicos estudiaron a una familia holandesa en la que el comportamiento agresivo de los hombres era notable y se heredaba según las leyes de Mendel; descubrieron entonces una mutación en el gen que modifica la enzima Monoamino-oxidasa A (MAO-A). La ciencia creyó haber encontrado la respuesta a la violencia; de hecho, estudios posteriores explican por qué los hombres portadores del gen MAO-A no pueden controlar su comportamiento. Sin embargo, el responsable de la agresividad no sólo es este gen, sino que también la determinan los factores sociales y familiares.

Así entendemos mucho mejor la conducta de Michel pues tuvo en su padre, Paul, un modelo provocador y de extrema violencia en ocasiones, capaz de enviar al hospital a determinadas personas a las que propina brutales palizas o amenazas, a la luz del día, delante de testigos, con la única consecuencia de recibir una baja laboral que se extendía ya más de 9 años. Comprensible, entonces, que el angelito Michel haya ido adoptando la actitud fría, calculadora y sin emociones de un padre que ha ido marcando su niñez con experiencias traumáticas.

Si Koch pretendía describir los estragos que un gen violento puede ocasionar en una persona, en los que la rodean y en toda una sociedad, no lo ha conseguido. Paul descubre lo que hace su hijo, y decide sin ningún tipo de «presión enzimática» dejar de tomar la medicación, empeorar su estado mental, por decirlo de alguna manera, para no encontrarse con ningún tipo de trabas a la hora de ayudar a Michel a salir del atolladero. Resuelve «hacerse violento».

Además está Claire, su mujer, quien como el mismo protagonista recuerda una y otra vez, es inteligente, mucho más que él. Por eso deducimos que ella sabía perfectamente a quién se unía antes de casarse; de hecho, ella, que no es portadora de ninguna enfermedad rara, es la más violenta de todos los personajes de La cena. Esto fue lo que atrajo a Paul «tenía una mirada que intimidaba a los hombres». Claire encontró en su marido la fuerza que ella no tenía, ella sabía que había dejado la medicación y en ningún caso le dice que se la tome, incluso es así como le gusta, violento… Está encantada, como también lo está de que su hijo Michel haya heredado de su padre el comportamiento, y lo alienta. Es una mujer sin escrúpulos que justifica lo que hace su hijo, no por amor sino porque el daño lo causa a seres que ellos consideran inferiores.

Tampoco hay ningún valor de protección paterna en la novela. Ambos hermanos, Paul y Serge, están preocupados por sus propios intereses. El problema de los hijos no es más que eso, algo que de alguna manera les impedirá seguir con la vida que llevan. Babette, la mujer de Serge, llora no por lo que su hijo haya perpetrado sino por las consecuencias, molestas, que traerá en su vida de cuento de hadas. Por último tampoco creo que el objetivo del autor haya sido reflexionar sobre el comportamiento racista de la alta sociedad puesto que no profundiza en ello, de hecho el estatus social es un mero añadido. Así pues llego a la conclusión de estar ante una novela que plantea la situación de que hay personas malas, sin corazón, que se acercan a la animalización, y que viven entre nosotros sin consecuencias aparentes.

Debo añadir, con pesar, que bien el trabajo de la traductora, bien las erratas tipográficas, consiguen que esta novela descienda aún más en su nivel:

Hay acentos que sobran, por ejemplo en los pronombres átonos —por eso se llaman así—, «Después me dirigió una mirada especial, no me ocurre otro modo de describirla».

Hay sílabas que faltan: «detrás de los arbustos, en la cera de enfrente».


Y hay construcciones que rayan en lo vulgar «A bote pronto».

sábado, 12 de septiembre de 2015

HASTA AQUÍ HEMOS LLEGADO

Procuro, últimamente, no enterarme de demasiadas noticias. Las del corazón no me han atraído nunca; siempre he pensado que es una pena que los estudiantes de periodismo dediquen el mismo tiempo a preparar su carrera tanto si piensan trabajar después en noticias del corazón o de otro tipo. Es cierto que en los llamados programas rosa la mayoría de los que cobran no tienen estudios universitarios, pero sí he visto a periodistas que ante una cogida gravísima de un torero, le preguntan a su mujer “¿cómo estás?” Sin palabras. Por otro lado no entiendo la necesidad apremiante que tienen los españoles de enterarse de las peleas de familias a las que no conocen excepto por televisión.

En cuanto al resto de noticias, se han reducido a casos de violencia hacia los más débiles: mujeres, niños, inmigrantes o mendigos y a casos de corrupción que no hacen sino agravar las crisis que padecemos. Yo no sé cómo se gobierna un país, veo soluciones fáciles que, sin embargo, deber ser inviables cuando no se les han ocurrido a los gobernantes. Si sé que esta situación, insostenible para muchos, me afecta seria y directamente.

Todo este preámbulo es para autojustificarme por no haber tomado con el entusiasmo debido Hasta aquí hemos llegado. La ansiedad que genero ante la crisis social afloró con la lectura de las primeras páginas.

La novela comienza in medias res, por eso me resultó dificultoso seguirla al principio. No se presentan a los personajes ni la situación, ni se explican las causas por las que se ha llegado hasta ahí. Será en el transcurso cuando el lector se entere de quién es el protagonista, un policía, y distinga a su familia, con la que mantiene verdadera amistad, de sus amigos, considerados por él como auténticos familiares. Dicho protagonista, Kostas Jaritos, es asimismo el narrador que, en primera persona y en presente inmediato, va contando los hechos. Este tiempo verbal confiere una sensación apremiante en el lector, que sufre con el propio Kostas el desasosiego provocado por la lentitud de la resolución.

La impresión de ansiedad aumenta con el empleo de conectores de orden y adverbios temporales con los que el propio narrador-protagonista se apremia en sus reflexiones. Para la narración apresurada Petros Márkaris hace acopio de una serie de recursos bastante efectivos como la escasez de descripciones plagadas de adjetivos. En Hasta aquí hemos llegado importa el hecho y la acción, de ahí que los sustantivos y verbos adquieran protagonismo: «Interrumpo la conversación y me dedico al registro […] Empiezo por los cajones[…] El primero está lleno de fotocopias […] También las hay en el segundo cajón […] En el tercer cajón hay planos […] Aquí termina mi registro».

Asimismo el narrador utiliza sobre todo la frase corta, igualmente aparecen coordinadas en las que los diálogos se introducen de forma directa, sin verba dicendi: «La inspiración me llega en el coche patrulla. Debería haber pensado en ello antes, lo sé, pero después del problema de Katerina mi cabeza está hecha un lío y pierde revoluciones.
Telefoneo a Kula
—Kula, imprime unas cuantas copias…»

Kostas no sólo cuenta lo que ocurre sino que sus apreciaciones ante los hechos y las impresiones de otros personajes ocupan un lugar importante por lo que la narración, aunque pretende ser objetiva, tiene el punto de vista de un hombre bueno que se niega, mediante el humor, a que la crisis le afecte más de lo necesario. Por eso es capaz de encontrar una excusa para hacer de su vida algo más cómodo «…no tiene sentido gastar dinero para circular con mi coche […] No obstante, ahora que al trayecto casa-trabajo-casa se añade la visita al hospital, seguida de otra a casa de Katerina hasta que se recupere del todo, moverme en transporte público me hará perder mucho tiempo».

Aunque hay que seguir pensando siempre en el ahorro «…pido […] que tengan listo un coche patrulla, pues tampoco hace falta ahora pasarse con mi Seat».

Los chistes sobre los coches dan para mucho, así Kostas Jaritos reflexiona, bastante coherentemente, sobre las ventajas de esta penosa situación «La crisis ha acabado con los atascos de tráfico en el centro de Atenas».

O sobre aquello que no queda más remedio que aceptar, «Además, me pagarán la gasolina, ya que lo utilizo por cuestiones de trabajo. Ahora bien, ¿cuándo me la pagarán? Ésa es ya otra historia».

Y no hay que olvidar que el modo de enfrentarse a las leyes no es igual en países del sur o del norte; aunque parezcan tópicos, algunos inmigrantes alemanes afincados en Grecia, como Uli, así lo corroboran: «Lo segundo que quiero deciros es que ya soy un poco griego. Paso con los semáforos en rojo, me meto por calles en contradirección, me da igual que me hagan cortes de manga y, cuando tengo prisa, aparco en la acera».

El buen humor aparece al trasladar el significante a otro significado correspondiente a una situación distinta «Le explico que el suicida era de origen griego, pero nacionalidad alemana […] está de acuerdo conmigo y debo reconocer que los alemanes han contribuido a nuestra reconciliación».

Por último, Márkaris no consiente que su protagonista abandone el buen humor, aunque sea para remarcar su cansancio extremo «De lo que pasó después, no recuerdo nada, como diría un asesino que ha cometido un crimen pasional».

Las situaciones y expresiones coloquiales son tan actuales que, a veces, debemos esforzarnos en recordar que se trata de una novela:
«Subo al despacho de Guikas con el rabo entre las piernas»
«mi cabeza está hecha un lío y pierde revoluciones»
«Les he dicho que se vengan también Maña y Uli»
«me ponía de los nervios»

La crisis es el escenario donde ocurre todo. Una de las consecuencias es la situación absurda y dolorosa que los habitantes de cualquier país debemos soportar «…”No te he pagado los estudios para que se aprovechen los extranjeros”, me dijo. En Singapur cobraría más y sería jefe del Departamento Forense. Aquí cobro menos y soy ayudante de Stavrópulos. —Hace una pausa antes de añadir— y gilipollas».

Aunque la más dolorosa de dichas consecuencias se hace eco de la condición vergonzosa, humillante e infrahumana de algunas personas: «…vengo de un país donde no hablas. Te hacen lo que te hacen, no hablas. Venir aquí y tampoco hablar. Me destrozaron la tienda, vendieron droga a mi sobrino y yo no hablar. En mi país si hablas te pegan paliza. Aquí hablas, te pegan paliza. No hablas, también paliza. Es mejor entonces hablar y recibir paliza».

En Hasta aquí hemos llegado hay dos sucesos que ocupan a la policía de forma paralela puesto que ocurren casi al mismo tiempo. Ambos tienen un problema colateral común: la inmigración. En el primer caso, la hija de Kostas, Katerina, abogada, es apaleada brutalmente en plena calle, a la luz del día, delante de los juzgados, por defender a unos africanos. El racismo planea sobre el asunto, no se puede ayudar a los que son más oscuros de piel, que además no tienen medios para vivir, entre otras razones porque no se puede consentir. De esta situación xenófoba son cómplices tanto los griegos de a pie, incluso parados indigentes, como los que velan para que se cumplan las leyes pues, desde la incultura, culpan a los débiles del desastre por el que están pasando.

El segundo caso se abre con el suicidio de Makridis, un griego nacionalizado alemán, y continúa con los asesinatos de cuatro griegos que extorsionaban a los demás. Lo que proyecta este acontecimiento es la venganza por la corrupción aceptada que envuelve a un país en la miseria y que, por supuesto, afecta más a los más infortunados.

El protagonista utiliza a veces el diccionario, recurso que acrecienta el realismo ya que al mismo tiempo que razona sobre el significado de ciertas situaciones, ayuda al lector a ir marcando conscientemente los tópicos del argumento: Violencia, Fascismo, Quiebra, Sablazo, Burocracia, Obstrucción, Ineptitud.

La lectura desenfrenada se va relajando al final del libro. Cuando aparecen las cartas de Makridis, nos vamos enterando de lo ocurrido, atamos cabos: «Aquí el clima y la naturaleza te llevan al paraíso, mientras que las condiciones de vida y supervivencia en medio de la crisis son un infierno. En Alemania, por el contrario, el clima es un infierno pero las condiciones de vida son paradisíacas»

Podemos, entonces, empezar a entender los asesinatos de forma que en las últimas páginas, análogas a Fuenteovejuna, llegamos a desear que la solución sea también un calco de la obra teatral aurisecular. Con ello podríamos asegurarnos la ficción novelesca. tan necesaria para la salud mental, porque el resto de Hasta aquí hemos llegado es la vida misma, que aunque se desarrolle en Grecia, podría trasladarse a España.

El final es épico, teatral y efectivo, una justicia poética para solucionar algunos problemas que nos avergüenzan.

Con profunda tristeza traslado a España la conclusión a la que llega Kostas Jaritos «…en Grecia no se premia a los mejores».


¡Bravo, Márkaris!

Dedicado a Alberto Sáez