Páginas

jueves, 21 de septiembre de 2017

BERTA ISLA


Con esta novela me ha pasado algo curiosísimo, una vez empecé a leerla no podía parar. El estar estructurada en capítulos cortos, a pesar de su gran extensión, me ayudaba a, inconscientemente, atreverme con otro, aun a riesgo de no poder realizar otra tarea, o entrar tarde al trabajo. En realidad esto no es lo más extraño, lo extraordinario es que no sabía nada de ella, me la regalaron el mismo día que salió a la venta, sabe que no puedo resistirme al autor, y a pesar de tener una trama política, de espionaje, sobre lo que no estoy demasiado al tanto porque nunca me ha interesado, ha conseguido atraparme en sus páginas como pocas novelas lo han hecho. Berta Isla es un título peculiar pues la protagonista, que hace honor a su apellido, es totalmente paciente, apenas desempeña nada durante el argumento se “limita” a reflexionar sobre la situación a la que se ha visto sometida por las acciones de su marido; casada con Tomás Nevinson, con quien inició su vida siendo casi una niña: «habían cumplido los quince cuando acordaron salir»; y en cuanto ambos empiezan sus carreras en universidades distintas acepta una vida de espera, de incertidumbre y soledad. Sabe que su marido ha cambiado, ya lo notó antes de la boda; intuye al principio, advierte con el tiempo en qué anda metido pero no conoce nada con seguridad porque nadie le dice nada, o las confirmaciones son hechas a medias. Y sin embargo he sido capaz de ponerme en su piel y sentir su ira, su frustración, su humillación, su amor.

El protagonista es su marido, personaje complicado que, como alumno de la Universidad de Oxford se ve envuelto en un crimen que no ha cometido, pero aparece como principal sospechoso y del que lo redimen un profesor de la universidad y sus contactos con el MI5 a cambio de utilizar sus dotes imitativas y su don para las lenguas, en algunos casos en los que deba salvar la imagen de la Corona y su gobierno. Ahí empieza todo. Javier Marías consigue que empaticemos con Tom, que entendamos la desgracia a la que el ser humano puede estar sometido; debe elegir en situaciones extremas y, en esas circunstancias, demostrará que las convicciones no son tan firmes, que ante todo se intenta preservar la propia seguridad o la vida de que aquéllos a quienes queremos; que un ser bueno, inocente, puede convertirse en el más despiadado del universo; y, lo más triste, Marías nos recuerda que no somos indispensables, que en cualquier momento alguien mejor, más dispuesto, más joven, puede sustituirnos y dejarnos relegados en una niebla que terminará por hacernos desaparecer. Javier Marías diserta, con dureza y objetividad, sobre la inconsistencia del hombre, la levedad del ser.

El pensamiento de Berta es la clave pues desmonta con apabullante sencillez todo lo que el narrador omnisciente alega a favor de Tomás y del espionaje «A casi todos nos gusta creer que somos imprescindibles, que aportamos algo con nuestra existencia, que ésta no es inútil ni indiferente del todo. Yo misma, desde que he sido madre, me considero una especie de heroína […] A casi todos nos gusta creer eso, pero la mayoría sabemos que no es así. Todo eso […] funcionaría igual sin nosotros, porque somos intercambiables y sustituibles […] Si desaparecemos no se notará nuestra falta, el hueco será rellenado sin solución de continuidad.»

Sin embargo, y precisamente por ser omnisciente, el narrador es objetivo, o lo pretende al describir la lucha que Tom debe librar entre sus actos y sus sentimientos; en los diálogos que mantiene va dejando ver su crecimiento personal, desde la timidez más absoluta, incluso la alegría y despreocupación propias de la edad a la seguridad en sí mismo, en su valía, hasta llegar al punto de soberbia del que se sabe vencedor y en el que, irremediablemente algo o alguien, en algún momento, es capaz de destronarlo. Tomás llega a conocerse a la perfección aunque para conseguirlo haya debido darse cuenta de que en realidad sólo cree conocerse; porque todo, incluso el hombre, tiene un punto oculto que puede aparecer para ofrecernos otra visión de nosotros mismos: «uno se crece a medida que va cumpliendo misiones y encargos y no sale mal parado de ellos. Casi todo éxito trae soberbia, y uno desarrolla una sensación de invulnerabilidad, inconsciente […] Hasta que por fin algo falla y uno fracasa. O no fracasa, pero tiene que quitarse de en medio».

No sólo la introspección del ser humano, también la denuncia política puebla las páginas, no importa el país, como tampoco importa dar nombres y datos reales, para que no se olviden —esa memoria histórica tan necesaria y que nos quieren hacer desaparecer— «El 20 de enero (del 68) el alumno de derecho Enrique Ruano, al que tres días antes había detenido por arrojar octavillas la temida Brigada Político-Social, murió mientras estaba custodiado por ésta […] El Ministro Fraga y el periódico ABC se esforzaron por presentarlo como un suicidio». «El 19 de marzo de 1988 sucedió lo que se ha conocido como la matanza de los cabos o ‘the Corporals Killings’ […], durante el entierro en Belfast de tres miembros del IRA […] un paramilitar unionista, Michael Stone de nombre, había atacado el cortejo fúnebre […] por accidente, o porque desconocían las instrucciones últimas, dos cabos del ejército inglés […]irrumpieron en la zona […] La multitud creyó que se trataba de un nuevo ataque […] y los arrojó al suelo, donde fueron golpeados y pisoteados […] Un fotógrafo captó ese momento, y la foto se hizo tan famosa que la revista Life la escogió entre las mejores imágenes de los últimos cuarenta años…»

Todos somos capaces de convertirnos en lo que más detestamos si en un momento dado nos dejamos llevar por la ira, por el desconocimiento y la falta de libertad para actuar como individuos y no como masa, siempre peligrosa, siempre dominada por alguien capaz de confundir.

Y, como no podía ser de otra manera, no sólo encontramos denuncias políticas o pretéritas; el autor no pierde la oportunidad de razonar sobre la sociedad actual, egoísta «una humanidad sobreprotegida y haragana, surgida en un plazo brevísimo después de siglos de lo contrario: actividad, inquietud, intrepidez e impaciencia». El autor no pierde la oportunidad de quejarse con amargura de este país «que siempre desaprovecha lo útil que tiene, cuando no lo expulsa o lo persigue».

El estilo es inconfundible, precisas descripciones psicológicas cargadas de sinónimos que amplían el significado conceptual y puntuales adjetivos que, bien como epítetos o como especificativos consiguen formar en la mente del lector una imagen esencial que da vida a lo narrado «Estos eran los mejores periodos, los más tranquilos y satisfactorios y mansos […] Lograba dejarla en la impremeditada cotidianeidad […] como si fuéramos centinelas bisoños en esos turnos nocturnos de guardia que se llaman imaginarias, quién sabe por qué, quizá porque luego le parece que no hayan tenido lugar».

La descripción es útil a Marías pues no sólo describe acciones o pensamientos del protagonista sino que a veces aprovecha para divagar sobre otro asunto en el que, por supuesto, nos introducimos, y lo pensamos y meditamos al darnos cuenta de que hasta ese momento nos había pasado inadvertido, o sí, éramos conscientes de un hecho concreto aunque nunca nos habíamos parado a pensar el por qué de determinadas reacciones «basta con dejar de ver para ya no ver claro, o no ver nada; y con oír pasa lo mismo, y no digamos con el tacto ¿Cómo puede uno, entonces, recordar con precisión y en orden lo ocurrido hace mucho tiempo?» Preguntas constantes que nos hacemos desde que empezamos a leer Berta Isla y de las que anhelamos una respuesta, por lo que ya al principio se instala en nuestra consciencia el ansia de saber, de que incluso algunas dudas que se nos presentan —bien de la novela bien de nosotros mismos— se resuelvan, o al menos se diluyan, como esas guardias imaginarias, en la no realidad, en el mundo de los sueños, en el paso del tiempo. El carácter reflexivo, grave del autor consigue eliminar cualquier rastro de frivolidad a la vida, las ideas filosóficas —un tanto demoledoras— son constantes en la novela «El estado natural del mundo es la guerra. A menudo abierta, y cuando no latente, o indirecta, o meramente aplazada».

Como también lo son dos pasiones conocidas de Javier Marías, el cine «Tomás Nevinson […] recordaba al actor secundario Dan Duryea y se acercaba al actor principal Gérard Philipe…», «que con sus propias voces y su pronunciación se hacían Laurel y Hardy, el Gordo y el flaco, para la exhibición en el ámbito hispánico de sus ya viejas películas (al fin y al cabo Stan Laurel era inglés, no americano…)». Normalmente Tomás va a estar asociado desde un principio al séptimo arte con todo lo que implica, cambios de vestuario, de apariencia, de voz, de lugares… alguien propicio para el camuflaje y la ocultación, para ser y no ser al mismo tiempo.

Asimismo la literatura, la poesía de T.S. Eliot va marcando su vida, y es a lo largo de ella cuando logra entenderla, como el poema que aparece en Litstle Gidding, y que en un principio ve un galimatías «Ceniza en la manga de un viejo […] El polvo suspendido en el aire señala el lugar en el que terminó una historia […] Porque las palabras del año pasado pertenecen al lenguaje del año pasado y las palabras del año que viene esperan una voz distinta».

Por otro lado Shakespeare es una guía constante en la novela, no podía ser de otro modo; Berta estará relacionada al genio universal desde el principio «entre sus conocidos […] lograba hacerlos creer que lo peor que podría pasarles sería perderla a ella […] No es que en eso fuera una artera, una especie de Yago que dirige y manipula y engaña con el persistente susurro al oído, en modo alguno». Y es que es a Shakespeare, y más concretamente a su obra Enrique V, la que utiliza para hacerle ver a Tom que está actuando sin personalidad, limitándose a realizar lo que le mandan sin pensar «Esos soldados saben que sirven al Rey […] y están bien dispuestos […] como tú desde hace años a servir a tu querida Inglaterra, tan inesperadamente querida […] Y uno de ellos anuncia: “Arduas cuentas habrá de rendir el Rey si no es buena causa la de su guerra”…».

No cabe duda de que Berta Isla lleva el sello de su autor; el espíritu crítico en la concepción intocable de la monarquía, así como el sentido de la justicia se trasluce de las palabras de Wheler, un espía que, al servicio de la Corona, actúa sin escrúpulos porque sabe qué hay detrás de todo «La verdad no cuenta, porque se trata de que decida sobre ella, de que la establezca alguien que nunca sabe cuál es: me refiero a un juez».

La aceptación del destino como algo irremediable, de lo que no podemos escapar es la carta de presentación de Tomás Nevinson, así lo siente Berta porque así se muestra él «mira sus días con indiferencia, sabedor de que sorpresas grandes o gratas no le van a traer».

Intuimos en Berta —y creo que en Marías— la comprensión hacia determinados actos que nos vemos obligados a hacer aunque sea en nuestro detrimento «La alternativa es renunciar a él […] Desentenderme de sus andanzas […] de cómo le vaya en su porción de mundo elegido y secreto, que no es el mío ni lo puede ser; […] lo que será siempre arrugado y brumoso o ni siquiera: será pura oscuridad». Berta decide, ante la pervivencia o no de su marido, seguir viviendo en el recuerdo, en un presente que es pasado. Nada la ha hecho volver a la realidad de los demás. Su vida es una letanía de recuerdos tristes que el autor acrecienta con la anáfora «Cuántas penalidades habrás pasado […] Cuántas infamias [...] Cuántas noches en vela […] cuántas pesadillas […] Cuántas mujeres […] Cuántos secretos […] cuántas muertes habrás causado…».

La confusión entre lo real e irreal no pertenece a Tomás, ni es exclusivo de Berta, todos, en determinados momentos no sabemos a qué atenernos, qué es lo que nos rodea y si pertenece a lo material o al producto de nuestra imaginación; de nuevo los clásicos, de nuevo Shakespeare, de nuevo Marías: «Podemos vivir en un continuado error, creer que tenemos una vida comprensible y estable y asible y encontrarnos con que todo es inseguro, pantanoso, inmanejable, sin asentamiento en tierra firme; o todo una representación…».


Pocos autores consiguen lo que él, con un estilo impecable es capaz de unir la vida privada con la laboral como si de una sola se tratara. Que lo es. Es capaz de encajar los temas más sórdidos, la política, el espionaje, las acciones criminales ocultas según intereses, en una historia de amor. Es capaz de unir a Tomás y Berta en la voz narrativa de la mujer, cómo no sabe nada y lo sospecha todo, cómo se siente maltratada, humillada y perdona u olvida porque sabe que él también ha sido maltratado y humillado y ha podido perdonar u olvidar, que no es lo mismo, aunque tenga la misma consecuencia: el miedo.

domingo, 3 de septiembre de 2017

VERANO EN ROJO



Fantástica la primera novela de la comisaria Ruiz. Intrigante principio que se va bifurcando en otros personajes con historias de pasados envueltos en dolor y dureza. Enigmático arranque que se va haciendo cada vez más misterioso porque cambian los escenarios, y el lector, apasionado, los sigue impaciente tanto o más que los protagonistas, hasta llegar sin decaer un solo momento al apoteósico final digno de una escritora de altura, como es Berna González Harbour.

Empecé leyendo el tercer libro de la saga y me encantó. Alguien muy querido me recomendó el primero y creo que lo he terminado en tres días, tal era mi pasión por saber lo que ocurría, no sólo al final sino tras cada capítulo, porque cada apartado de Verano en rojo es un acontecimiento. ¿Cómo es posible? La autora no da respiro al lector. En otras novelas buscaba, normalmente y siempre que podía, el final de una sección para dejar la lectura; con ésta no ha sido posible, el término de un episodio va ya enlazado con otro anterior, posterior, del mismo personaje, de otro diferente, en el mismo escenario o con un cambio abrupto, pero nunca se pierde el hilo. Berna González es una maga de la escritura y consigue que nos situemos siempre. En ningún momento he debido volver atrás para recordar algo.

Pues eso es lo que me ha vuelto a maravillar de esta escritora, su forma de contar la historia, una historia inclemente que, con lenguaje también duro, se lee sin herir sensibilidades aunque no quede en el tintero nada por contar, crueldades de la vida que retratan una sociedad totalmente actual, una sociedad podrida en muchos aspectos; González Harbour se ha atrevido y ha tocado uno de los intocables «Sólo Dios tiene el poder y la gloria de juzgar al hombre», ha denunciado a la Iglesia y sus incursiones en la pederastia, y ha abierto los ojos de muchos de nosotros al avisarnos de que una víctima presente puede convertirse en un asesino futuro.

Verano en rojo es una novela negra pero al mismo tiempo una crónica policial puesto que el asunto que trata está, tristemente, de plena actualidad. La novela está basada en hechos ocurridos en el pasado, que a su vez se remontan a tiempos más remotos y hoy todavía forman un tema presente. La autora saca su lado periodístico para recopilar los datos más importantes que rodean a las dos muertes ocurridas al mismo tiempo en lugares diferentes, Madrid y Santander, dos muertes relacionadas con un pasaje bíblico, «Entonces, los espíritus impuros salieron del hombre y entraron en los cerdos [...] y todos los cerdos se ahogaron en el lago (San Marcos, 5)», con abusos a menores y, por supuesto, chantajes.

El periodismo, el buen periodista, está presente y perfectamente retratado en Javier Luna, reportero que se introduce en un caso para profundizar en la noticia, contrastarla y tirar de lo que haga falta para denunciar. En el evento que nos ocupa encontramos en este tipo de periodismo un paralelismo absoluto con la labor policial; de hecho a veces no se distingue bien quién es quién «—y ambos ahogados —María comprobó una vez más que Luna tenía información— ¿Tal vez se me escapa algo más, comisario Luna? —Sí. Que fueron al mismo campamento. —Esta vez fue un golpe bajo, directo al estómago». Agradecemos que de vez en cuando nos recuerden que quedan periodistas cuyo fin es el trabajo bien hecho, que permanecen en el anonimato cuando en realidad son verdaderos héroes, reporteros que van siendo aplastados en nuestra sociedad por aquéllos que se conforman con sacar las miserias de supuestos famosos, que supuestamente no deberían de interesar a nadie y, sin embargo, ahí están, porque la mayoría es lo que pide (o lo que han obligado a que pida), la entrevista hueca que cuenta hasta lo más sucio de cada uno para que los critiquemos y pidamos más, demostrando lo morboso que puede llegar a ser el hombre, que detalla en ocasiones mezquindades suficientes para poder entrar en la cárcel aunque estén en lo más alto. Es el periodismo amarillo que se ha forjado cómodamente un hueco en nuestras vidas.

Berna González echa mano asimismo de su vena literaria y nos muestra maravillosas descripciones de una precisión absoluta, por lo que las imágenes acuden a la mente sin esfuerzo «El cura de la familia. Aquel de los mechones lacios sobre la calva, que había señalado al cielo para confiar en el regreso de Alejandro, como otros antes confiaron en el cielo para frenar el socialismo [...] El Padre Saturnino se dejaba caer por ahí, sin invitación alguna, y su madre se volvía loca para improvisar alguna comida más suculenta [...] Cuando alguna vez algún hermano que jugaba en la calle le veía llegar se lanzaba a correr... ¡Que viene el Padre Saturninooooo!... ese sacerdote viejo, de nariz y barbilla curvas, sotana negra y bastón, pariente de otros parientes».

Verano en rojo es una historia cruda, vibrante, con todas las características de la novela negra que, puede ser por la intervención periodística o por bastantes expresiones líricas, se lee con facilidad. La complicada historia se convierte en un argumento sin complicaciones a pesar de que los narradores van cambiando, se traslada el tiempo de acción o varía el foco de atención; los personajes se van alternando junto a sus pensamientos, sus acciones y espacios «Pero eso era cuando aún sabía mantener el tipo [...] Cuando aún llegaba a tiempo de curar a los pacientes. Cuando un joven policía aún no había desenfundado un arma para hacer algo muy distinto a lo que ella esperaba de él: introducir el cañón en su propia boca...»... Pues todo ello facilita que sigamos los pasos de Javier Luna, de la comisaria María Ruiz, del comisario Carlos Fuentes, de Tomás, Esteban y Martín. Todos trabajando unidos, a veces aunque no lo sepan ni ellos mismos, para realizar las pesquisas necesarias y resolver los asesinatos de Alejandro Sánchez y Samuel Gómez en condiciones algo inquietantes que se van transformando en macabras según nos vamos adentrando, para ir uniendo, al mismo tiempo, a los personajes con sus historias y su desgraciado final. Porque no hay nada más espeluznante que los actos de aquellos que se valen de la religión —cualquiera— para someter a los más débiles a sus impulsos, exigencias, neuras, o a sus instintos asesinos, sádicos o lujuriosos. Es la cara tenebrosa de la religión que tanto tiempo lleva saliendo a la luz pero, normalmente, de pasada. La autora manifiesta en Verano en rojo, de forma directa, lo que encontramos bajo algunas sotanas; bajo el aspecto melifluo y beatífico aparecen las ansias de poder —esas que el Magistral Fermín de Pas ya aportaba en 1884 en La Regenta—, aparece el instinto lascivo y el criminal.

La narración, a pesar de todos los cambios, fluye con naturalidad, con palabras precisas, sin aspavientos ni tabúes, incluso a veces con cierto toque de humor y siempre retratando con gran sensibilidad a todos los personajes; no encontramos superhéroes, aparecen personas normales, policías que pueden saltarse a la torera alguna ley porque la angustia y el celo al bienestar de las víctimas, a la justicia, puede más que cualquier otra cosa. Son policías pero ante todo son personas, como demuestran algunos de sus actos y las personificaciones que la autora realiza de sus pertenencias «Esteban encendió el enésimo cigarrillo con el anterior y se pasó otra vez la ley por donde solía al arrojar por la ventana la colilla encendida [...] El coche avanzaba sorteando obras y camiones con las sirenas al máximo, ya afónicas tras horas de presión».

De esta forma podemos introducirnos en un tema durísimo, que probablemente no resistiríamos en la vida real pero que aquí, en la ficción siempre nos mantiene alerta, con ganas de saber más. Una denuncia firme a esa Iglesia que confunde delito y pecado pensando que sólo Dios podrá perdonarlo «Limpiar, lavar, curar, volver a Dios ... Ese era el camino».


Férrea acusación que se une a una llamada de atención para que la sociedad se dé cuenta de la violencia a la que están sometidos muchos ciudadanos, abusadores, maltratadores que han sido en su infancia víctimas  de maltrato y de pederastia «pero el odio descarnado a la humanidad, o a cierta parte de la humanidad, empezó a revivir en su interior como una planta carnívora en un bosque tropical».

jueves, 31 de agosto de 2017

MUSA DÉCIMA


Después de tres años disfrutando (al menos yo) con el blog AURISECULAR hemos llegado a la entrada número 100 y, realmente, no se me ocurre otro libro mejor que éste para celebrarlo porque Musa décima es un compendio de historias actuales, ficticias o verdaderas, que van transcurriendo de forma paralela a otra sucedida en el siglo XVI, la de doña Oliva de Sabuco, nacida el mismo año de Lope de Vega y coetánea asimismo de Cervantes, aunque nuestro creador del Quijote se llevase 15 años con ambos. Pero ahí están, en claro homenaje a estos genios auriseculares, cuya literatura no pasará de moda nunca pues, como muy bien ha demostrado José María Merino la vida es un continuo, una sucesión de hechos que pueden repetirse una y otra vez aunque el paso implacable del tiempo intente borrarlos. Y si consigue desfigurar alguno, anularlo incluso para siempre, la literatura se encarga de adaptarlo a la actualidad, de traerlo fresco a nuestra mente. Está claro que los clásicos nunca mueren. Los auriseculares menos que ninguno; la prueba está en esta novela, un recurso para que Merino establezca una relación actual de amores, celos, intrigas, pasiones, con otras ya escritas por Ana Caro, Lope de Vega, Miguel de Cervantes o doña Oliva, aunque lo de ésta no fuera ficción sino ensayo.

Me ha gustado Musa décima porque no sólo la historia principal es curiosa y con el paso de las páginas va acrecentando su expectación, me ha gustado porque todo gira en torno a la mujer, doña Oliva Sabuco, fue nombrada por Lope de Vega musa décima, demostrando así la admiración que sentía hacia ella. Ya en la Grecia Clásica, Safo ostentó este título para los griegos, y en el siglo XVII también fue designada como la décima musa, sor Juana Inés de la Cruz. En 1587, doña Oliva Sabuco escribió la Nueva filosofía de la naturaleza del hombre, un tratado casi enciclopédico de la nueva medicina basada curiosamente en estas terapias emocionales que hoy han demostrado poder ayudar a los enfermos, o incluso empeorarlos según los afectos que predominen en las personas. Luisa Oliva, una niña ávida de saber participó en las academias de su época y aprendió nociones de filosofía, medicina e incluso psicología —aunque entonces no se conociese—. Cuando escribió su libro, con el beneplácito de Felipe II, el rey, fue un éxito rotundo pero a comienzos del siglo XX apareció una edición introducida por su padre en la que afirmaba haber sido él el verdadero autor. Hay especialistas que afirman la autoría de doña Oliva, otros apuestan por su padre y otros, que pudo ser, por los estilos que aparecen en el libro, una labor conjunta. Hoy eso es lo de menos, lo importante es la inteligencia de esta mujer caída por completo en el olvido como tantas otras a lo largo del tiempo; lo importante de la novela de Merino es la fuerza que la mujer tiene en determinados momentos, la fe, la constancia, el ansia de saber, como le ocurre a Berta, propietaria del libro de doña Oliva y dedicada por entero a la investigación del mismo para demostrar lo avanzado de las teorías de los afectos de la escritora aurisecular, incluso en ella misma, pues consigue mantener a raya un cáncer terminal durante cinco años, a pesar de los disgustos ocasionados por su marido, que la deja por una exalumna de la universidad y su hijo, a quien ve en el paro tras haber estudiado una carrera universitaria.

Si doña Oliva fue el motor que puso en marcha a todas las mentes preclaras de su época, Berta es la maquinaria que hace funcionar no sólo a su hijo Rai, a quien aconseja aun después de muerta, sino que reaviva la ilusión de Marina, otra escritora a la que Berta admira, cuando sus ventas están disminuyendo. Alentada por los apuntes que Berta le pasa sobre doña Oliva, Marina se mueve, investiga e inventa una novela, a la que conceden un premio literario, pero en la que olvida reseñar el agradecimiento a Berta, la mujer que consiguió resucitarla literariamente y quien le dio a conocer a doña Oliva; Berta confió en que Marina escribiese el libro cuando se dio cuenta de que ella no iba a poder terminarlo, «para que nuestros nombres queden juntos para siempre», y sin embargo no cumplió la promesa, «todo lo referente al ambiente era conocido por ella mucho mejor que por Berta [...] Su libro ya no tenía casi nada que ver con el de la pobre Berta». Como curiosidad cabe apuntar que en la novela de Marina, doña Oliva se atribuye ser una especie de doña Quijota por no escuchar las prohibiciones de los demás, como si estuviera influida por los encantamientos, para poder enfrentarse a las malas actuaciones de la medicina de su época.


Por supuesto, Berta es el punto de referencia para que su hijo, Rai, salga de su depresión y se decida —tal y como aconsejaba doña Oliva— a hacer las cosas como es debido, y así va aprovechando las oportunidades que le da la vida y venga la soledad y el sufrimiento de su madre; se hace amante de Olga, la compañera de Raimundo padre por quien abandonó su hogar, para luego abandonarla él, no sin antes haberle transmitido el gusanillo de Berta por el libro, circunstancia que Olga aprovecha para investigar sobre el editor del libro y el director, hasta contrastar la unión con la masonería que tenían los grandes del siglo XVI. Pero Raimundo padre se entera por la propia Olga de la aventura que mantiene con su propio hijo; la reacción del sexagenario es insólita o humillante pues en vez de dejarla recrimina a Rai por hacerle daño a Olga, y de esta manera causarle sufrimiento a él mismo. La venganza ha llegado sola.

Como también llega sola cuando Rai lee el libro de Marina y se da cuenta de que no aparece el agradecimiento que ésta le prometió a su madre cuando Berta la nombró heredera de todas sus investigaciones sobre doña Oliva. Al llamarla por teléfono para increparla la deja con la pesadumbre y el remordimiento de conciencia que no la abandonará durante un tiempo, hasta que, por fin, Rai se decide a escribir un cómic —novela gráfica— sobre doña Oliva y Berta, sacando a uno de los protagonistas de la novela de Marina, el hijo de Oliva, y explicando en la introducción por qué lo hace y de quién partió toda la idea de la novela premiada. Venganza en forma de justicia poética.

Pero aún quedan mujeres fuertes en Musa décima, Yolanda, la hermana de Rail es capaz de demostrar públicamente su homosexualidad yéndose a vivir con Susi. Las tiranteces entre los hermanos también se eliminarán gracias a los consejos que Berta le da a su hijo, todos sacados de la Nueva filosofía de la naturaleza del hombre.

Y por último, Euterpe, una panameña que lleva el nombre de la musa de la música y cierra el libro consiguiendo que Rai cambie de aires, lo deje todo y empiece con ella una nueva vida.

El tema de la mujer es el que más me ha llamado la atención de esta novela en la que el autor se muestra un incondicional de su valía, pero no es el único que encontramos.

Hay otro muy importante, que deriva de la mujer pero se hace extensible al hombre: la exploración de la propia identidad. Partiendo de las consideraciones de doña Oliva el lector intuye a la perfección como es cada uno de los personajes, quienes también lo saben porque en algún momento de su vida reflexionan sobre ello: Raimundo padre es en el fondo un acomplejado que, al final de su vida no quiere quedarse solo aunque implique sentir la humillación y el dolor que él ha causado.

El caso de Rai es una introspección continua, debajo de esa capa de superficialidad, de alegría y despreocupación constante late la responsabilidad que intenta salir en una sociedad que no lo permite, hasta que se da cuenta que deberá renacer en otro lugar, con quien quiere y dedicándose a lo que verdaderamente le gusta. Es curioso cómo el autor liga un drama familiar al hecho literario; es curioso que el destino de las personas quede enlazado a la fidelidad a la escritura, y es más curioso aún que en la escritura se haya dado la suplantación como norma habitual, lo que nos lleva al drama social, al fraude y la deslealtad que el ser humano es capaz de cometer hacia otros, considerados amigos hasta el momento en que resultan prescindibles.

Doña Oliva ha hecho reflexionar a Berta y ésta a su hijo; ambas lo han llevado a cabo, una vez muertas, a través de la escritura, y es en la literatura, en los sueños, donde cobra sentido la realidad, donde hechos aislados forman una unidad indisoluble, donde seres diferentes actúan de la misma manera «Como suele suceder en los sueños, había una curiosa simultaneidad en las escenas y los peces acercaban sus cabezas al cristal como si quisiesen ver también a la paloma posada en la barandilla mientras Grogui se afilaba las uñas en un lateral del sofá, para enfado de Raimundo padre». El planteamiento del Siglo de Oro, la vida es sueño, se materializa en esta novela actual; si Hamlet veía y hablaba con el espíritu de su padre, Berta se comunica con Oliva primero y después con Rai. Todo reside en nuestra mente, donde se incuban los sentimientos (los afectos) de la envidia, la traición, la venganza, el rencor, la corrupción, pero también el amor, la generosidad y la prudencia «Rai se acercó a la urna. “¿Lo ves? Magnanimidad. Para que sepas que yo también aprendí algo de tu querida doña Oliva [...] y de ti. Para que veas que estoy en el libro”».

Novela realista-fantástica y psicológica, en la que los personajes toman conciencia, a través de sus hechos o sueños, de lo que son en realidad porque esas experiencias, reales o fantásticas, les hacen evolucionar.

Escrita con seriedad, basándose en hechos reales de un pasado cada vez más remoto y siempre cercano, no escatima la ironía, el sarcasmo incluso, al referirse al hombre nuevo, triunfador, residente en una sociedad nueva, triunfadora.

Si encontramos atractivo el enterarnos, a través de Berta, de que refranes hoy utilizados, fueron deducidos con buen criterio por los clásicos: «Un clavo con otro se saca» (Cicerón. Siglo I a.C.), «Comer para vivir, no vivir para comer» (Cicerón), «A quien yo quiero mal, déle Dios pleito y orinal» (Coloquio de la compostura, de la Nueva filosofía del hombre. Miguel Sabuco, Oliva Sabuco de Nantes y Barrera), no menos atractivo supone seguir la escritura de José María Merino, a veces humorística en medio de la seriedad «¿Qué pasó entonces con el libro de doña Oliva? —preguntó Yolanda alarmada. —Me pareció que debía acompañarla a ella siempre y lo metí en el ataúd. Ahora sus cenizas están juntas». Otras veces es la ironía la que nos lleva a sonreír «La cosecha anglicista era tan rica que decidió ir apuntando sus descubrimientos en una agenda, y recordó a su abuelo, que hablaba con sarcasmo del gusto de los españoles por ser colonizados». Y otras, la frialdad con que la sociedad capitalista tiene en cuenta a sus habitantes «Los mendigos eran de distintas procedencias: la andrajosa y el acordeonista eran rumanos; el del tenderete parecía español [...] pero el barbudo podía provenir de cualquier lugar lejano y de cualquier tiempo perdido, como la arrodillada». Esto es lo que somos para la sociedad capitalista, un atributo impersonal, y sin embargo dentro de cada uno de los más pordioseros puede residir la persona más digna y con más principios que en el de mayor éxito social:
«—Oye –le dijo– Esa piedra que me vendiste vale más de lo que te di por ella.
El mendigo lo miró con aire huraño.
—Te pedí 10 euros y me diste 10 euros. No hay más que hablar.»


Pero sin duda, lo mejor que he encontrado en Musa décima es ese confluir de historias que se van repitiendo, agrandadas, como una colección de muñecas rusas, para recordarnos, a través de la metaliteratura o del propio pensamiento, que todo vuelve, que el tiempo es circular, lo que hoy te está ocurriendo abarca a lo que le pasó a tu padre y a su vez contiene hechos similares a los de otros antepasados, que confluyen con los de otras épocas o lugares, porque lo que no cambia es el ser humano y la influencia que los sentimientos tienen sobre él.

viernes, 18 de agosto de 2017

LA VIDA NEGOCIABLE

 
Hay algo inquietante en La vida negociable, y es que con una absoluta normalidad se mezcla en la novela lo trascendente con lo ridículo y lo natural con la violencia despiadada.

Hugo Bayo, su protagonista, es como poco, un ser raro, como mucho, un enfermo mental, a veces psicótico, otras sádico pero siempre vago «Si yo me pusiera a estudiar, seguro que sería el número uno del colegio [...] pero yo estaba llamado a otro tipo de tareas [...] y entretanto lo que me gustaba era abandonarme a mi mundo impreciso»; lo que le ocurre a Huguito es que no le gusta trabajar o no le gusta nada de lo que le ofrece la realidad, por eso su imaginación está en constante movimiento para dar con su ocupación perfecta, con su forma de vida ideal, y cuando ya lo tiene todo pensado siempre ocurre algo que impide llevarlo a cabo y siempre, irremediablemente, culpa a los demás de sus fracasos «yo era un instrumento de la justicia y la castigaba por su pecado [...] pero lo más inquietante es el goce que sentía al dominar a mi madre [...] la convicción de que eso era lo justo, lo necesario...».

Luis Landero ha creado un personaje sin escrúpulos, amoral desde su infancia o adolescencia, en la que no le importa chantajear a sus padres hasta el punto de que, de la forma más original, es echado de su casa y apartado de ellos para siempre «Ese mismo día fui al piso, y lo encontré limpio y con olor a limpio, las ventanas abiertas [...] y sin ninguna señal, ni ropa, ni objetos personales, ni un detalle, ni siquiera una foto que recordara a mis padres».

La estructura de la novela, así como la narración, son impecables. Se divide en dos partes casi iguales, trece capítulos cada una y ambas tienen un comienzo —la primera— y un final —la segunda— exactamente igual, la apelación del protagonista al lector a que lo escuche, a que le preste atención porque tiene mucho que decir, tal es su egocentrismo, «Y para mejor contar mi vida, con orden y con rigor, me he imaginado que me dirigía a un auditorio fiel de pelucandos: Señores, amigos, cierren sus periódicos y sus revistas ilustradas, apaguen sus móviles, pónganse cómodos y escuchen con atención lo que voy a contarles». Así pues podemos decir que es una novela cerrada, y sin embargo la vida de Hugo Bayo no se cierra de ninguna manera sino que termina, eso sí, con las mismas expectativas imaginarias que lo acompañaron desde pequeño pero, al ser adulto y en su nueva condición, resulta penoso y más escalofriante que cuando empieza a narrar su historia. Si al final de la primera parte, de su juventud, termina hundido por la realidad, al final de la novela es él quien se lleva por delante su realidad y la del único ser que ha sido capaz de permanecer a su lado. Demoledor «No sabía si quería o no ser campesino. Me sentí cansado, sin ganas ya de pelear, y sin fuerzas ni voluntad para enfrentarme al porvenir [...] pero yo sé que los dos sentimos el roce de la fatalidad [...] me reafirmo en lo mío y sigo pensando, como ya dije al principio, que dentro de mi hay magníficas cualidades innatas...».

La vida negociable es una novela irónica, dura pues destaca la violencia en las relaciones del narrador-protagonista que en ocasiones llega a desarrollar una personalidad psicópata en una realidad turbia en la que es capaz de desmoronarse y ascender una y otra vez haciéndose daño él mismo unas veces, otras a los demás y siempre de forma cruel y grotesca «...en el banco de un parque, le puse la mano en la nuca y lo incité a bajar la cabeza para que me hiciera lo mismo que había visto hacer a la madre de Leo con su marido, y él obedeció, sumiso [...] y a veces al final, ya saciado y avergonzado, le decía: Eres un maricón, me das asco. Y él no contestaba [...] Parecía una araña mojada». Es cierto que siempre achaca sus miserias a su infancia, en la que descubre que su madre engaña a su padre, que su padre, al que creía ser un beato santurrón, engaña y defrauda a todo el mundo, y que el amor no es sino pornografía. Está claro que todo a la vez es para marcar a cualquiera, por eso, es él quien coacciona y extorsiona a sus padres, que llegan a vivir atemorizados hasta el punto de que su madre abandona el hogar consiguiendo que su padre, otra personalidad rara, enferme y vaya a la cárcel para salvarlo a él de los robos cometidos. Si Hugo tiene algún remordimiento por sus actos lo desecha al momento y no sólo con sus padres; con aquellos que se le acercan para ser sus amigos también se comporta a veces como un niño, otras como un amoral sin sentimientos haciendo gala de una crueldad extrema «Comimos los tres en silencio [...] mi madre, quizá alarmada por el temor de que hubiese podido contarle el secreto a mi padre [...] mi padre, cohibido por mi presencia y avergonzado de sus fechorías, no se atrevía tampoco a mirarnos [...] Pero yo era dueño de aquel silencio [...] Antes del postre, me levanté, cogí dinero del bolso de mi madre [...] allí los dejé, cautivos en el silencio, en la incertidumbre y en la culpa».

Hugo Bayo sigue la máxima de su padre: La vida es negociable y ahí es donde se equivoca porque no todo se puede vender, como le demuestran primero Marco y después Olivia «Chaval, tú eres tonto [...] Ni se te ocurra volver a llamarme o a verme, ni te cruces nunca en mi camino, porque en ese mismo momento llamo a la policía». Los momentos picarescos se transforman en desquiciantes para el lector que ve cómo cuenta, en primera persona y con un tono de lo más amable, la vida de un vago embaucador que utiliza a los demás para llevar a cabo las imaginaciones de poder, felicidad y fantasía que pretende sea su vida, sin darse cuenta —o sí— de que la realidad es otra. Realidad actual que Landero ha sabido retratar de forma magistral, en todas sus variaciones: la vidente y su público, la que presuntamente engaña a su marido, un santurrón obsesionado con la religión, o simplemente necesita la ayuda de un psicólogo que la ayude a soportar en plena juventud un matrimonio algo oscuro, el santurrón corrupto cuya impotencia para hacer feliz a su familia lo lleva a la extorsión para poder conseguir todos los deseos de su mujer e hijo, el chico homosexual, temeroso e inseguro, que busca angustiosamente un amigo y se da de bruces con un abusador, la chica de difícil infancia harta de una sociedad caduca y embustera que se enamora —o no le queda otro remedio— del más caduco, embustero y maltratador, pero al que no puede dejar aunque lo intenta, porque en su cortedad de miras o sentimientos, es lo único que tiene.

Realidad actual que, no hace mucho tiempo diríamos ser excepcional, correspondiente a una minoría de los bajos fondos, pero hoy sentimos cercana, muy cercana, la volubilidad y violencia en niños y adolescentes, el maltrato físico y psicológico en jóvenes y adultos, el desequilibrio de un alto número de ciudadanos y el oscuro porvenir de otro número cada vez más elevado.

Luis Landero consigue que nos introduzcamos en ese mundo, que lo vivamos en nuestra propia piel intentando imaginarnos hasta el final una posible salvación para el protagonista; pero el autor va avisando con repeticiones de que el desenlace no será sino otra reincidencia en la vida de Hugo, en la vida de tantos Hugo que van ocupando la sociedad; de esta forma la narrativa, siempre amena y embargante, nos permite reflexionar en lo más desesperanzador de la existencia.

La magia del autor es conseguir que este personaje depravado cuente su vida en clave de humor, como si fuera un juego; a veces cuesta distinguir si Hugo es estúpido, demente o psicópata, por eso el humor, aunque en ocasiones nos haga soltar una carcajada, es en su mayoría un humor triste, agrio e incluso negro.

Lo triste no es que el protagonista sea un inútil, por lo que nos cuenta tiene habilidades para manejar las tijeras y el peine; lo asombroso es que esa cualidad se la descubra durante el servicio militar, el peluquero del cuartel. En todas las ocasiones que ha trabajado en una peluquería, ha tenido éxito, los clientes han salido contentos con el trabajo y sin embargo siempre ha habido algo que lo ha hecho abandonar, sacando a relucir su personalidad agresiva y violenta.

Lo más triste es que Hugo es un inestable, no sabe lo que quiere ni de pequeño, ni de mayor; todo lo hace de forma impulsiva, ahora deja los estudios, ahora piensa que los retomará, ahora conoce a Olivia y decide estudiar de todo para impresionarla hasta que se harta «entonces rompí las fichas en pedazos menudos, y el cuaderno con la retahíla de tareas que me había impuesto para ser admirado y amado [...] Me presentaré ante ella tal como soy...» y entonces viene la gracia, pues, ante la pregunta de Olivia hacia sus proyectos, empieza a enlazar una mentira con otra, «ser médico en África [...] Tocar el saxofón. Aprender lenguas y costumbres primitivas. O escribir [...] Tan eufórico me sentía, tan sobrado de mí mismo, que de pronto, en el colmo de la inspiración me puse a cojear [...] Nada, que ayer me torcí un tobillo trepando a un árbol y me acaba de volver el dolor».


Lo más triste es que, en el fondo de su conciencia que irónicamente deviene, cuando se emborracha, con la segunda persona, sabe que lo suyo es la pereza, que es vago hasta para decidir «con la secreta y heroica convicción de tener por enemigo al mundo, me fui a dormir la mona». Y lo más alentador es, por supuesto, la narrativa de Luis Landero quien, con un vocabulario totalmente coloquial consigue acercarse a los clásicos, en ocasiones me ha recordado al Siglo de Oro, como cuando define el silencio por contrarios, al igual que Lope hizo para el amor «te obliga a decir lo que no quieres y a callarte lo que anhelas decir, urdidor de equívocos, espada que hiere y elixir que alivia...». Con una narración seductora y aguda nos introduce en los entresijos más feos del ser humano «yo tengo cualidades innatas [...] soy formal y simpático».

domingo, 13 de agosto de 2017

MALAS



Malas es una obra de teatro actual, en la que seis personajes femeninos, de la literatura universal, son juzgados por diferentes actos cometidos —cada una en su obra correspondiente—. Quien las juzga es una mujer (esto es lo más duro, que las propias mujeres, a lo largo de la historia, y aun hoy en muchas ocasiones, condenamos determinadas actitudes en una mujer que vemos normales en un hombre); lo curioso de la puesta en escena es el juego de luces. La jueza no debe verse, de hecho puede sustituirse por una voz en off, ésta de hombre según las indicaciones del autor, Miguel Galindo Abellán.

Los personajes son, por orden de intervención, y de aparición en la literatura, Medea, Celestina, Lady Macbeth, Laurencia, Nora y Bernarda. A todas las conocemos, sabemos su historia por lo que lo interesante del texto dramático es ver qué tienen que alegar en su defensa.

En realidad todas justifican por qué actuaron de esa manera, Medea por celos (hoy lo llamaríamos maltrato psicológico), pues tras haber traicionado a su padre y a su pueblo por ayudar a Jasón «a conseguir el Vellocino de oro que defendía aquel enérgico dragón [...] convirtiéndome en una mujer sin honor», él la traiciona a ella y la obliga a vivir con los hijos que tienen ambos y la nueva mujer que Jasón elige.

Su defensa se basa en el amor que le profesó y en no poder soportar que la otra ocupara su lugar ante su marido y sus hijos «extirpé la posibilidad de alargar su mortífera estirpe de traidores. No maté a mis hijos, lo maté a él y me condené a mí misma [...] condenada a amar violentamente a través de los tiempos».

A Celestina se la acusa de prostitución y delitos contra la salud por la práctica de la brujería. Ella se defiende argumentando que sólo practicaba la hechicería (que no es lo mismo) y ayudaba «a devolver a las jovencitas casaderas a su estado naciente» (en realidad, teniendo en cuenta que no ser virgen era un hándicap para la mujer, estaba haciendo un favor social —aun hoy se restaura en determinadas culturas el himen para evitar que la mujer sea rechazada—). Sin embargo, sus asesinos no han tenido tanta repercusión en la historia «los únicos que deberían estar delante de vuecé deberían ser esa pareja de traidores, Pármeno y Sempronio».

A Lady Macbeth la acusa —la historia— de incitación al asesinato, complicidad y conspiración y ella se defiende alegando que incitó a Macbeth a matar al rey —Duncan— porque no veía justo que en un país se mantuviera una línea sucesoria de reyes mediocres, sino que deberían gobernar los elegidos «por leyes divinas, por la potencia de los astros y las fuerzas ocultas de la naturaleza». En realidad Lady Macbeth ha hecho lo único que podía hacer en una época en la que la mujer no significaba nada socialmente «Creer en él y en las predicciones. Le empujé a ser rey de Escocia como cualquier mujer se crecería ante la cortedad de su esposo para enfrentarse a la vida, pero jamás asesiné», sin embargo no fue tan dura como parecía pues su decisión la llevó a la locura y al suicidio; ella no se culpa de nada «Las cosas sin remedio no deben volver a considerarse: lo que está hecho, hecho está».

El crimen de Laurencia, hija del alcalde de Fuenteovejuna, es diferente, ella no mató a nadie como Medea y, aunque instigó a la venganza como Lady Macbeth,

¿Vosotros sois hombres nobles?
¿Vosotros padres y deudos?
[...]
Ovejas sois, bien lo dice
de Fuenteovejuna el nombre

lo hizo por desamparo, a Laurencia sí la ofenden, la violan, le arrebatan su honra y ella no puede defenderse por lo que pide ayuda al pueblo. Laurencia se presenta perpleja ante la acusación pues está convencida de «que un ser humano no obre / sobre otro explotación» (es curioso que el pueblo no se levante hoy, entero, para impedir tanta violencia machista impune).

Nora está desconcertada, la inocente Nora no ha matado a nadie, no ha instigado al asesinato y sin embargo es acusada de abandono del hogar y de los hijos, así como de falsificación documental. Su defensa se basa también en el amor, prefirió quedar ella como cruel socialmente antes que pedir el divorcio, que le hubiera supuesto a su marido «un duro golpe social». Nora representa el sacrificio que han debido de hacer muchas mujeres para llegar a la situación femenina actual.

Por último Bernarda es acusada de secuestro, intento de homicidio e incitación al suicidio; su defensa reside en que no podía dar que hablar al pueblo, había de mantener el honor de sus hijas intacto y respetar lo impuesto socialmente por no parecer malas mujeres, de ahí que llevasen ocho años de luto riguroso. Bernarda es la mujer que no ha gozado de libertad por temor al qué dirán, que ha sido educada con violencia y restricción, por eso ella hace lo mismo «a la juventud hay que obligarla a entrar en vereda con mano dura o pasa lo que pasa».

Todas se declaran «Inocente» de los cargos que les ha imputado la sociedad. Todas han luchado por hacer valer su honor en un mundo pensado por y para los hombres. Aun así esto no es lo importante de Malas (eso ya lo vemos en cada obra de las que son protagonistas).

Lo realmente fantástico de Miguel Galindo es la puesta en escena. Las protagonistas no interactúan entre sí apenas, alguna tiene un gesto, un movimiento, una palabra hacia las demás para reforzar la mitificación conseguida en la literatura. Bernarda da golpes con su bastón en el suelo y tira el abanico que Nora le deja porque no es negro «He dicho un abanico [...] no un soplillo de payaso!».

Nora interrumpe tímidamente a Lady Macbeth para pedir salir de allí puesto que ella cree no haber cometido ningún delito; más tarde, cuando le toca su turno, saca «un paquete de golosinas [...] y le ofrece a las demás [...] Esto era lo único que me recriminaba Torvald...».

Por su parte Lady Macbeth da la espalda a Celestina mientras ésta habla, como dando a entender que no debe estar ante gente de tan baja condición. Y, sin duda la mayor interacción es cuando sale Nora, tras un grito aterrador, el escenario totalmente iluminado y ella intentando escapar por todos sitios, aunque antes de llegar a ningún extremo «se escucha un portazo» que la obliga a volver hacia otra dirección con el mismo resultado. Durante esta intervención de movimientos y gestos de terror, acrecentados por el sonido de las puertas y los gritos, algunas la censuran; «CELESTINA: ¡Detente loca, MEDEA: ¿A dónde quieres ir?, L. MACBETH: Deberían matarte, CELESTINA: ¡Loca!, BERNARDA: (Golpea con su bastón enérgicamente): ¡Silencio!».

Así pues, aunque se trate de monólogos, el diálogo escénico es fantástico. Cada personaje habla según la época a la que corresponde su papel y realiza los mismos gestos que ya vimos en sus obras: la risa infantil e inocencia de Nora, la fe de Laurencia, la soberbia y altanería de Lady Macbeth, la ironía de Celestina y su temor, el cansancio y seguridad de Medea, el desprecio y confianza de Bernarda.

Pero todas experimentan un declive con un gesto que revela su sufrimiento, el desequilibrio mental al que han sido abocadas con sus hechos: Medea «Ríe a carcajadas» «se retuerce de dolor», Celestina «Intenta huir» «cae al suelo», Lady Macbeth «inclina tristemente la cabeza», Laurencia «Llora de rabia», Nora «mira con cierto miedo a Bernarda» (probablemente le recuerda la intransigencia masculina) y Bernarda «triste» rememora el suicidio de su hija, las consecuencias de sus actos.

Lo maravilloso es que a pesar de haber sufrido, de haber sido acusadas por ellas mismas y rechazadas por la sociedad, todas dan por bueno y efectivo su dolor y, como el Ave Fénix, reviven de su cenizas, se enfrentan a lo hecho «(Da un paso adelante)» y se declaran «¡Inocente!» una y otra vez mientras que son, de nuevo, llevadas a su lugar de origen, a la literatura «Una lluvia extraordinaria de libros cae sobre los personajes hasta que los entierra».

Y ahí permanecerán, de manera universal para que no las olvidemos, para que les hagamos justicia y entendamos que sus actos fueron consecuencia de lo que les tocó vivir, para que nos cercioremos de que si hubieran sido hombres, la historia, la sociedad, no las habría censurado por sus actos, para que no nos olvidemos de que aún queda mucho camino por recorrer.


ROLES

La luz no es imprescindible en una representación teatral pero jugar con ella puede contener un significado adicional. Además de la función práctica de hacer visible el espacio, la luz adopta funciones simbólicas y significativas. Con la luz, las ideas se hacen posibles y la historia toma forma. Informa de la atmósfera creada para cada situación. Conduce al espectador hacia donde debe dirigirse y qué percibir. Con la contraposición luz-oscuridad no se hace evidente la noche o el día sino que asociamos las ideas y sentimientos de las protagonistas. Cuando comienza la obra «En el foro aparece proyectado un círculo estático de luz [...] La voz en off (juez) se evidencia modulada a través de la luz del foro, por encima de las mujeres». Está claro que los sentimientos de opresión que sienten estas mujeres las rodean y aprisionan, no llegarán a ser libres nunca. La luz, como signo teatral funciona en razón de su intensidad, su color, su distribución y movimiento; en Malas, la luz aísla y concentra la atención sobre las protagonistas, sus gestos, movimientos, ritmos y sentimientos. Es un código no verbal que marca presencias. Con Lady Macbeth indica los fenómenos sobrenaturales (brujas) y, por supuesto, aporta la dosis de magia necesaria del teatro. Con Nora refuerza el suceso social al ir asociada a los ruidos.

La frialdad de Celestina o la ambición apasionada de la mala shakesperiana quedan reforzadas por el tono azul de la primera y el rojo de la segunda. La luz fría y azul recuerda a la luna, condición que Celestina ya lleva en su nombre, en la función de hechicera que desempeña y en el misterio que la rodea. Éste es por lo tanto el papel que destaca de ella, no el de ser prostituta. Celestina puede significar (a través de la luz) el triunfo de la espiritualidad en contraste con el materialismo del que se la acusa en la obra de Fernando de Rojas. Así pues, la luz articula la visión del espectador, con el sonido, el tiempo y la tensión dramática.

A veces no hay sonido, pero el silencio aporta más tensión dramática que la propia intensidad de las palabras, por eso, las mujeres continúan sufriendo una tiranía constante y una humillación creciente, que entendemos de la respuesta dada a los silencios.

NORA:  ...Perdone, Señoría, perdone, yo quisiera... (pausa. la voz, aunque no se escucha, le ha ordenado que se siente enérgicamente). Está bien, perdone, me siento, disculpe.

La luz y el sonido son elementos —roles— teatrales cuyas implicaciones resultan interesantes ya que se incentiva la imaginación del público y se enriquece, por supuesto, la poética visual de la escena.

La luz y el sonido tienen la cualidad de trascender los límites del escenario y desintegrar el cuerpo del personaje hasta convertirlo en idea. Como consecuencia de este soporte generador surge una tensión entre la palabra del personaje y la sensibilidad, tanto de éste como del público, que pude influir en la realidad objetiva interpretando a ese personaje desde una forma más libre que la que ha traído impuesta por la sociedad.

La obra se presenta como un campo de posibilidades y no como una forma definida. La combinación de movimientos, luces, sonidos, objetos, gestos... se nos ofrece como un recurso sensible (que despierta la sensibilidad) y forma la materia espectacular (que surge de la relación de estos elementos con el espacio). Estos recursos conforman el lenguaje físico, a través del cual se manifiesta la teatralidad. Prácticamente para que haya acto teatral es necesaria la presencia viva del actor en un espacio iluminado, aunque esté vacío: «Cuando se ilumina la escena podemos ver siete sillas ocupadas por cinco mujeres. Dos sillas vacías».

Algunos sonidos (como los tambores que suenan con Lady Macbeth o con Laurencia) aportan información cronológica e histórica (guerra), otros, como «Se escucha un fuerte viento» anuncian cambios estresante, sobre todo al ir acompañados de «Risas de noche de aquelarre» que aluden a las celebraciones paganas en las que había ofrendas al demonio y banquetes de carne humana.

Por último, la violencia que rodea a todas las mujeres se acrecienta con ruidos de golpes y portazos y sobre todo, con el toque a rebato final de las campanas, toque que avisa del peligro de la mujer aunque ésta sea inocente. Aún hoy no es considerada inocente. Aún hay que seguir luchando y sufriendo.

En la conformación de las diferentes personalidades de cada una de las protagonistas no debemos olvidar su posición en el espacio. Por ejemplo al ocupar Bernarda el centro «(Se levanta apoyada en su bastón y avanza hasta el centro del escenario)» retoma, aunque cansada, su posición de enfrentamiento social, quiere alejarse de todos los límites impuestos por los que la rodean.

Y por supuesto los gestos que realizan las protagonistas nos ayudan a ajustar su forma de ser, como el gesto emblemático de Bernarda al golpear el suelo con el bastón, para indicar la fuerza y el poder, el ilustrador de Lady Macbeth al inclinar la cabeza para aportar credibilidad a su fracaso, el regulador de Nora al entregarle el abanico a Bernarda, para interactuar con ella ofreciéndole su ayuda en la comunicación, el gesto adaptador de Nora al correr de un lado para otro de forma inconsciente para incrementar su tensión, y los emotivos con los que todas expresan su orgullo o dolor.

La obra está editada en 2017, por lo que apenas ha dado tiempo a ser representada, aunque el año pasado fue llevada a las tablas del Centro de la mujer Mariana Pineda, de La Flota (Murcia).


Podemos apuntar, como obras con un planteamiento similar, Juicio a una zorra, de Miguel del Arco, estrenada en el Festival de Mérida de 2011, cuya actriz, Carmen Machi, aún sigue defendiendo a su personaje, Helena de Troya, de las acusaciones de adulterio y de causar una guerra. Asimismo, Andrés Pociña publicó en 2015 Antígona frente a los jueces, en la que la protagonista es juzgada por haber desobedecido al rey y dar entierro a su hermano, y Medea en Camariñas, estrenada por la compañía Samaruc Teatre, en la que Medea debe hacer frente a las acusaciones y al rechazo del pueblo de Camariñas.