Páginas

sábado, 2 de diciembre de 2017

EL PARAÍSO PERDIDO



Pues sí, de nuevo sé algo más gracias a los alumnos, a veces no sé qué haría sin ellos; esta vez, María decidió exponer en clase de Literatura Universal El paraíso perdido; había oído hablar de él y tenía ganas de leerlo, así pues, lo compró, lo leyó y su exposición me atrajo tanto que a mí también me entraron ganas de leerlo. Obviamente no lo había hecho. Gracias, María, primero porque me has dejado el libro, y sobre todo, porque he descubierto a otro de los grandes poetas del siglo XVII. Indiscutiblemente el adjetivo aurisecular no es gratuito.

Pues en 1667 John Milton, ciego, y perseguido por sus ideas liberales (era republicano, a favor de Cromwell) escribe un poema épico inigualable. En 10.565 versos expone la caída de Adán y Eva y su expulsión del Paraíso, explicada brevemente en el Génesis ¿Por qué, entonces, tan extenso? La respuesta está en los temas que aborda, en la defensa del poema, en sus aceptaciones y rechazos hacia la Iglesia, en la explicación del mal en el mundo, en las relaciones de pareja y, sobre todo, haciendo gala de su Humanismo, en la defensa de la dignidad del hombre.

Hay muchas originalidades en el poema. Formalmente, encontramos la primera: no existe rima; con ello Milton defiende también la libertad en la escritura, que además, tratándose de un poema tan extenso la rima constreñiría bastante la lectura, mientras que su ausencia dota a los versos de una musicalidad increíble. La traducción de Esteban Pujals es fabulosa, creo, pero sería una gozada saber inglés y poder leerlo en su lengua original. Asimismo el poema está distribuido en doce libros, como La Eneida, y al igual que Virgilio, comienza su historia in medias res.

El poema seduce por varias razones, pero el vocabulario es una de ellas, destaca el lenguaje culto, sublime «boscoso», «mayestática», «espesa salvajez», «umbría», «fingida faz», «fantasía mímica», «calvero», «prístinas», «solio», «calcañal», «aspilleras». Destacan afables metáforas que aportan mayor musicalidad si cabe «las suaves brisas, abanicando sus fragantes alas», «los riachuelos […] sobre perlas de oriente y áurea arena». Las sinestesias referidas al árbol de la vida son exquisitas «Fruto ambrosíaco de oro vegetal». Las comparaciones ayudan a entender algunos términos cultos «Como un lobo […] penetra en la majada». Las anáforas exigen la importancia divina: «Placentero Dios / Placentero jardín». Las enumeraciones repiten con insistencia el concepto que interesa «Resplandecía la gloriosa imagen de su creador, verdad, sabiduría. / Santidad, severa y pura, severa / pero asentada en la verdadera / libertad filial». Encabalgamientos que unen la mujer al hombre y ambos a Dios, planteando la duda entre existencia real o la idea «Él solo para Dios, ella para Dios / en él». Epítetos sugerentes, algunos recordatorios del epíteto épico «afelpada colina», «flamígeros dardos», «lúgubre silbido», «bélica labor», «satánica mesnada», «balsámicos trofeos».

Otra originalidad, y esta se une a la anterior en el aspecto formal es la cantidad de nombres diferentes que se asignan al diablo. Si Fray Luis de León conjuga elementos bíblicos, patrísticos y grecolatinos para ,a través de distintos nombres, establecer la figura de Dios en De los nombres de Cristo, John Milton hace lo propio con el diablo y lo llama «El Adversario», «Satán», «El enemigo sumo», «Belcebú», «Ángel apóstata», «Príncipe», «Jefe de entronizadas potestades», «sumo diablo», «el General», «Demonio», «Moloc», «Camos», «Abarim», «Horonaim», «Elealé», «Baalim», «Astarot (Astarté)», «Dagón», «Rimnón», «Osiris», «Isis», «Orus», «Belial», «Belus», «Serapis», «Azazel», «El Arcángel», «El porqué de la huida a Egipto», «Mammón», «La serpiente infernal», «Satanás», «Dragón», « Lucifer», «Asmodeo», «el pavoroso rey», «cuervo marino».

Todos estos nombres hacen del diablo un personaje complejo, como complicado es el poema, pues su abundancia de fuentes consigue que Satán sea «transformado en dragón, aún más enorme que Pitón» (y curiosamente esta serpiente era hija de Gea, nacida del barro que quedó después del gran diluvio. El monstruo vivía cerca del Parnaso y custodiaba el oráculo hasta que Apolo la mató (Apolo Pitio), fundando los juegos píticos para celebrar su victoria). El diablo se enamora de Eva al verla; su humanidad enternece pero aparecen los celos, y cuando se da cuenta de «tantos placeres que le están negados; / pronto recobra su aversión violenta».

Lucifer, llamado así porque «entre la corte / de los ángeles brilló un tiempo más que aquella / estrella en medio de las estrellas», tiene ansias de libertad, por lo que rechaza la monarquía absoluta de la creación «Este día (—dijo Dios) he engendrado al que declaro mi único Hijo, y en esta montaña / sagrada he ungido a quien ahora veis / a mi diestra […] Os lo nombre cabeza […] Quien no le / obedezca, me desobedece a mí». El diablo se siente degradado y no lo acepta por eso maquina derrotar al nuevo rey; tema éste, de los celos y ambición expuesto en el teatro de la época por Shakespeare en Othello; por supuesto los disidentes terminan mal, sin embargo el razonamiento de Satán se acerca al pensamiento actual «¿Es que pensáis / inclinar vuestra cerviz y doblar / vuestra dócil rodilla?» Abadiel intenta convercerlo de que no desobedezca al Creador, pero Lucifer, humanista, no recuerda haber sido creado por nadie sino que «hemos sido engendrados y creados / por nuestra propia esencia y en virtud / de nuestro poder vivificador»; por supuesto este pensamiento le costará sufrir toda la eternidad. El apasionamiento que atestigua lo perturba, así, en claro homenaje al Fausto de Marlow, alude a que no puede huir a ningún sitio, ni nunca estará en paz, pues «Dondequiera que huya es el Infierno; / pues yo soy el Infierno; y en lo más / profundo del abismo otro se abre / más hondo que amenaza devorarme, / comparado con el cual el Infierno / que padezco parece incluso un Cielo».

Esta personalidad atormentada contrasta con la fría divinidad que creó un universo «Malo por maldición, y solo bueno / para el mal; donde la vida muere, / la muerte vive, y la Naturaleza / perversa engendra seres…»

Dios aparece como un ser cruel, como todos los poderosos que temen ser derrotados, así sólo ayuda a quienes están a su lado «esta tolerancia y gracia mías / nunca disfrutarán los negligentes / y desdeñosos». Pero, por si acaso, crea a su sucesor, quien se ofrece a redimir al hombre siguiendo los pasos de su padre «De este modo / el amor celestial eclipsará / el odio al Infierno, al someterse / a la muerte».

Está claro que todo parte del génesis, y sin embargo, Milton, intelectual evidente, hace referencia constante a los clásicos, a la mitología, la poesía grecolatina y a la realidad, pues los lugares del Paraíso o del infierno que aparecen tienen su correspondencia en la actualidad.

Otra originalidad son las interpretaciones que podemos darle al poema, la religiosa es indiscutible puesto que la existencia del mal desde los comienzos de todo es patente, pero personalmente prefiero una interpretación política. Las ideas de Milton están distribuidas por su “Paraíso”, renegando de la monarquía y del absolutismo. Como quiera que el encargado de atacar a ese despotismo es el propio Lucifer, no cabe duda de la simpatía del autor hacia dicho personaje, superior moralmente a Dios, totalmente egoísta y petulante. Esta visión, aunque sigue hoy vigente se mostró bastante audaz en el siglo XVII.

Los temas que aparecen en el poema son universales, de ahí que hoy siga manteniendo su interés: el pecado, la culpa, el destino, la lucha entre el Bien y el Mal, el libre albedrío de que disponen los hombres y es la causa de la existencia del mal, el sufrimiento que Dios inflige a todos los que no lo siguen y que manifiesta el interés de Milton en abolir la jerarquía eclesiástica, la venganza llevada a cabo a través de otros cuando se está seguro de que no hay nada que hacer; es cierto que Satanás decide vengarse de Dios mediante aquéllos creados en constante felicidad (Adán y Eva), puesto que una vez que sube, con su ejército, al Cielo para dialogar o luchar, se ven reducidos a seres diminutos mientras que los querubines son transformados en seres enormes. Pero también lo es que Dios, el Tirano, reina por la negligencia de todos los diablos que combatieron y perdieron «Cuando el fogoso enemigo acosaba / nuestra desbaratada retaguardia / insultante, y nos perseguía / hacia el abismo».

Entre los diablos hay quien prefiere «vivir, incluso en este / vasto reducto, libres / […] / prefiriendo la dura libertad al suave yugo / o la pompa servil». Pero Belcebú no está dispuesto a renunciar a lo que fue suyo. Por eso Dios, tras dos días de contienda sin desenlace certero, envía a su Hijo para que ponga fin al tercer día, todo un simbolismo «El tercero es el tuyo; para ti / lo he destinado […] y acabes esta guerra […] Levantó a los derrotados / […] / los condujo ante sí anonadados […] De cabeza se despeñaron todos […] Durante nueve días estuvieron / cayendo […] El infierno, por fin abrió sus fauces / y a todos recibióles». Tampoco es Dios el que da la cara para expulsar después a Adán y Eva del Paraíso sino que se lo encarga a Miguel «arroja sin piedad del Paraíso / de Dios a la pareja pecadora».

La simbología del número es evidente en el poema, si doce son los libros, como en La Eneida, el 1 es la divinidad, y el 3 es el día liberador de esa divinidad que es 1 en realidad, el 9 son los planetas, los círculos que separan el Cielo del Paraíso y los días que tardan en caer los demonios al infierno, el 7 son los días que Satán está dando vueltas al Paraíso para ver cómo puede entrar para destruir al hombre «hijo del despecho» (fue creado una vez expulsados los ángeles del cielo) porque «despecho con despecho se paga», concepto que leeremos en la Biblia, por boca de Dios, bajo «La ley del Talión».

Lo interesante y emblemático a la vez es que, en Milton no hay castigos corporales para los residentes en el infierno; no se queman eternamente como leemos en la Biblia o son torturados constantemente con castigos diversos según el círculo en el que se encuentren de la Divina Comedia. El Infierno de El Paraíso perdido es un lugar donde reside el eterno descontento, la insatisfacción y desesperación. Esto es lo verdaderamente apasionante para el lector de hoy, pues los demonios son viajeros que van por el cosmos desde el cielo hasta el infierno pasando por el Paraíso.

En el Libro I, el poeta se dirige a la musa de la Astronomía para que cuente cómo surgió el Cielo y la Tierra. Luego insta a Dios a que le explique qué pasó para que el hombre fuera expulsado del Paraíso y Dios, sin paso previo aclara de quién fue la culpa «La serpiente infernal; ella fue quien / de envidia y de venganza corroída, engañó a la madre de los hombres».

En el Libro IV es interesante leer la descripción del Paraíso, como un locus amoenus, donde el poeta hace gala de polisíndeton que alargan la belleza de la naturaleza «cedros, pinos y abetos y copudas palmeras…» y la mezclan con paradojas extraídas de obras realizadas por el hombre «se ofrecía un boscoso anfiteatro». Un lugar cerrado, no sabemos muy bien si para proteger (¿de qué?) o para que su emperador tuviese todo bajo control «surgían los muros del Paraíso / de verdor llenos, que a nuestro primer padre / ofrecían una amplia perspectiva / de los alrededores de su imperio».

El demonio, lógicamente, tiene envidia de los deleites de Adán y Eva, aun así razona con bastante sensatez y se percata de lo absurdo de la prohibición de tocar «el fruto del árbol de la ciencia, / plantado junto al árbol de la vida. / Tan cerca está la muerte de la vida»; por eso se pregunta perplejo ante el sinónimo muerte-conocimiento: «¿Puede ser un delito el saber? / ¿Puede ser muerte?».

En el Libro V, Rafael, como Mercurio, con alas en los pies, baja al Paraíso para hablar con Adán, ante el peligro que acecha. Otra peculiaridad de Milton es que dota a los ángeles de propiedades materiales y espirituales pues «al gustar / digieren, asimilan y consienten lo corpóreo en incorpóreo». Y en el Libro VIII, a pesar de que la mística neoplatónica queda expuesta, «el alma con el alma», se da por hecho que hay un goce carnal.

Lo llamativo del Libro IX es que Eva se cansa de estar todo el día junto a Adán y le recomienda que trabajen por separado para verse al final de la jornada y «se interpongan miradas y sonrisas / o algo nuevo a conversar nos mueva». Aquí empieza la perdición, pues la serpiente aborda a la desvalida y sola Eva para que coma del árbol de la Ciencia, ella lo hace y, consciente de su inferioridad, duda en compartir el fruto con Adán para «añadir / lo que le falta al sexo femenino».

Pero se lo ofrece, él lo come y ambos culpan de su desgracia a Eva; de hecho en el Libro X ella es la que tiene la peor parte del castigo «Aumentaré con creces tus dolores / desde la concepción…». Ambos, además, van a morir; así pues el pecado se une a la muerte y construyen «una ancha vía, sin obstáculos / lisa y fácil, que llevaba al Infierno».

Eva, en un resto de lucidez, propone no tener descendencia para que no sufra nadie ni muera, pero Adán rechaza esta idea pues no quiere seguir enfadando a Dios. En el Libro XI, Eva acepta su condición y lo hace con orgullo pues «aunque fui la primera en traer la muerte al mundo / me honra en hacerme fuente de vida». En el Libro XII, Miguel relata a Adán cuál será el futuro de la humanidad; a Eva la dejan dormida (¡Qué pronto empieza la mujer a no contar para nada en los planes del hombre!), y Adán también queda agradecido al enterarse de que de su estirpe nacerá María y de su seno «El Hijo de Dios Todopoderoso». Así pues, Adán y Eva «cogidos de la mano y con paso / incierto y tardo, a través del Edén / emprenden su camino».

No cabe duda de que hay un mensaje, del siglo XVII, para la pareja, y es el triunfo del amor, capaz de superar cualquier dificultad, pero tampoco podemos obviar la condición que la mujer ostenta en todas las sociedades.

Adán es el primero en mostrar curiosidad: cómo caen los demonios, cómo se formó el universo, cómo se dividió el imperio, cómo funciona la astronomía, cómo fue creado él, por qué se le enseñó el árbol de la vida e inmediatamente se le prohibió, cómo ve pasar a todas las fieras y él está solo… Exige una compañera, cuya descripción, una vez creada alude a su sensualidad y a su sumisión. Y después de esto, ella es la culpable de todo, ella es el pecado con forma de mujer y la que quedará como curiosa eternamente; de su unión con Satán, nacerá la muerte. La mujer es inferior pues «La serpiente infernal engañó a la madre de los hombres», de hecho, su trabajo ha consistido siempre en servir; mientras Adán «estaba sentado a la puerta de su fresca enramada […] Eva, en el interior, / obligada por la hora, preparaba / un almuerzo». No es de extrañar, por lo tanto que la luz de las lunas que acompañan a los soles sean de dos tipos: masculina, si es directa o femenina (indirecta).

Antes hemos aludido a la perfección externa de la mujer, sin embargo «no está tan acabada en su interior / […] /De la naturaleza es inferior / en mente y en internas facultades».

Creo que es lo más triste del poema y, en general, de la humanidad, que la mujer haya sido considerada como un ser inferior, creado para estar a expensas de los caprichos del hombre. Lo malo es que han pasado muchos siglos y aún se sigue pensando esto en determinados ambientes.

De la total actualidad de este poema épico, queda constancia en el hecho de que el Premio Nacional de Cómic 2016 recayese precisamente en la adaptación que de esta obra realizó Pablo Auladell.


Lo mejor del poema es que es una metáfora; si antes decíamos que los demonios viajan por el cosmos del cielo al infierno, los hombres somos viajeros que vamos —Según Dante— desde el infierno al cielo pasando por el caos de la tierra, antes Paraíso; la distancia entre el Bien y el Mal es insondable pero inferior a lo que parece pues tanto el cielo como el infierno están en nosotros, y de nosotros dependerá en gran medida llevar «dentro de ti un Paraíso más feliz».

sábado, 18 de noviembre de 2017

LA LENGUA DE LOS DIOSES


Está claro que han pasado miles de años, por lo tanto ya no queda nadie que sepa cómo sonaba el griego, quizá por eso la llaman lengua muerta, porque ninguno es capaz de recordar su melodía, su fonética. Una vez leí que cuando alguien muere sigue vivo mientras se le recuerda, no tanto su voz sino sus actos, su forma de ser, su manera de entender la vida. De ahí que los artistas revivan cada vez que leemos sus libros, miramos un cuadro y nos habla, oímos una canción y nos conmueve o nos llena de nostalgia. Este es un aspecto bello del ser humano, si no la vida en general no tendría mucho sentido —puede que en realidad no sea tan bueno dada la cantidad de libros que hoy escribe cualquiera, incluso quienes no saben hablar, pero eso es otra historia en la que hoy no profundizaremos—. Pues, si estamos de acuerdo en que esta visión de la concepción de la vida o la muerte es hermosa, estamos obligados a leer La lengua de los dioses ya que eso es lo que transmite: el griego no es una lengua muerta, simplemente ya no se habla, pero la seguimos recordando, seguimos profundizando en ella, seguimos encontrando, sorprendidos, algunos porqués de la nuestra y seguimos apreciando su legado. Es cierto que ahora es imposible saber cómo hablaban los griegos, pero quienes han estudiado su lengua y su cultura tienen plena certeza de que el griego era mucho más musical que las lenguas romances que derivaron de ella, y sobre todo advierten que la forma de sentir el mundo de los griegos era diferente, más tranquila, ordenada, precisa… Andrea Marcolongo, una erudita en la lengua griega, es capaz de escribir de manera que se nos haga atractiva; las curiosidades, paradojas y el sentido del humor inundan las páginas de este libro, subtitulado con gran acierto “Nueve razones para amar la lengua de los dioses”. Y sea por su juventud, sea por su inteligencia, o por su gran experiencia derivada de diferentes estancias en países, su escritura llega a todos, los que saben griego, los que están estudiándolo, los que no lo sabemos pero estamos convencidos de que el pensamiento y la lengua están relacionados y los que son profanos en cualquier cuestión lingüística. La manera de explicar el género, el número, los casos o el verbo es clara y entretenida, llena de ejemplos actuales en nuestra lengua que consiguen que entendamos mejor a los padres de la civilización. Por alguna razón el griego no ha muerto. Si hoy vuelven a estar de moda los superhéroes o los vengadores, ya realizaron hazañas similares Aquiles, Teseo o Jasón, si hoy luchamos por la libertad de pensamiento, por la igualdad de la mujer, por una escritura razonada y precisa, ya comenzaron a expresarse como los mismos dioses Safo, Sófocles y Eurípides, como lo atestigua Andrés Pociña en su adorable libro Medea, Safo, Antígona (Tres piezas dramáticas).

Está claro que Ulises deja en mantillas a cualquier superhéroe actual al luchar contra monstruos como Caribdis y Escila. Si en un momento Dante imaginó su Divina Comedia, ya Orfeo había bajado a los infiernos y había conseguido sacar de ellos a su amada Eurídice, y si en el cristianismo Dios se convierte en paloma para fecundar a María, Zeus se transformó en cisne para fecundar a Leda, en toro para raptar a Europa, en lluvia dorada para fecundar a Dánae o incluso en el propio marido de Alcmena, para fecundarla y concebir a Hércules.

Y sin embargo, la concepción del hombre era mucho más hermosa que la de la Biblia en la que Dios, lleno de ira, se limita a expulsar a Adán y a Eva del Paraíso despojándolos de todo bien y condenándolos al sufrimiento: pasarán frío, enfermedades, vida penosa al trabajar y muerte. Qué distinta la concepción griega, según Platón, en la que las personas eran redondas y conservaban tres sexos, masculino, femenino y otro que participaba de ambos. Cada persona, redonda, poseía cuatro manos, cuatro pies y dos rostros iguales. Eran extraordinariamente fuertes por lo que los dioses, temerosos de que les vencieran, los hicieron más débiles cortándolos por la mitad, así el amor es innato en los humanos, que pueden restaurar su fuerza al unirse a “su media naranja” y hacer uno de dos. Maravilloso.

Sabemos que el griego no ha muerto, es asignatura estudiada incluso en naciones cuya lengua no deriva de él, lo que entraña una ironía para este país que nos ha tocado en suerte habitar, en el que cada vez se piensa menos porque cada vez se quiere más, dinero o fama efímera, los cinco minutos de gloria que necesita gran parte de la sociedad para que se hable de ellos, aunque al momento vuelvan al olvido social. Creo que quien aprende esta lengua la siente viva porque se va impregnando de una forma diferente de ver la realidad, tan distinta a la actual y tan cercana a la vez. A pesar de estar formado por múltiples dialectos, todos sus hablantes tenían conciencia de formar una nacionalidad, la griega —¿será por eso que avanzaron tanto que luego esa sociedad pretendió “Renacer” en el siglo XIV?—. Esto es lo que debemos meditar y a lo que nos obliga —sin querer— Marcolongo, a comprender que sólo los grandes pueden hacerse fuertes, a pensar que “nosotros” es más provechoso para uno mismo y para un país que “yo”. ¡Qué presente hemos de tener, precisamente ahora esta idea!

Hay algo fundamental del pensamiento griego que se nos ha olvidado, de ahí que no le demos importancia a la memoria histórica, y es que el paso del tiempo no era importante respecto del pasado, una vez ocurrido ya está, lo fundamental eran las consecuencias que tenía ese pasado (para repetir o no las mismas acciones).

Me siento rara al comentar La lengua de los dioses porque no sé griego, por lo tanto, poco o nada puedo aportar a la gran cantidad de aspectos curiosos que Andrea Marcolongo expone sobre esta lengua mal llamada “muerta” pero así sentida por todo el estado español pese a que gran parte de nuestro vocabulario, de nuestra arquitectura, pintura, literatura…, y no sólo artes sino estilos de vida, se lo debamos a la Grecia clásica. Cuando explico literatura recuerdo casi siempre que hemos inventado poco, que ya los griegos impusieron, por ejemplo, el mito de la mujer curiosa, capaz de traerle al hombre todos los males del mundo, aunque si la curiosidad de Eva fue la causa de que se desatara el mal entre los cristianos, en Grecia no fue directamente Pandora sino Epimeteo.

Por supuesto, lo que más trato es lo referente a la literatura, pero la arquitectura, la escultura están ahí y no han perdido vigencia. Hace unos meses visité en Madrid la exposición AGÓN! La competición en la antigua Grecia, y no pude sino maravillarme con la perfección de formas de las esculturas y las imágenes pintadas en cerámicas.

La importancia de conocer la lengua griega es obvia, aunque sólo sea para entender palabras como misoginia, hegemonía, demagogia, alergia o para saber por qué todo lo relacionado con el dolor acaba en -algia. Pero no soy la más indicada para entrar en esto. Simplemente observo cómo vivimos en una sociedad en la que lo más importante es la ciencia, la robótica, la tecnología… sin tener en cuenta que para ser un buen médico, ingeniero o economista hay que poseer una cultura que sólo se adquiere mediante las humanidades; y para poder empatizar con los demás, si queremos ser buenos médicos, ingenieros o economistas, hemos de tener una base sólida del conocimiento de nuestra lengua y de la civilización. Y eso es lo que está desapareciendo del sistema educativo; hoy no hay tiempo para afrontar los extensos temarios de lengua española, latina, griega, francesa… porque las horas de estas asignaturas han disminuido hasta desaparecer en algunos casos. No hay tiempo. Vivimos en el mundo de la rapidez, la inmediatez, lo efímero, los nervios, así que lo de menos es que el alumno sepa expresarse de forma adecuada, porque se acortan las palabras, se repiten expresiones comodín hasta la saciedad y al final no se dice nada, nadie escucha porque hay poco que escuchar, ya casi nadie diserta, ni escribe cartas a un amigo, todo son mensajes cortos, tanto que incluso a veces se sustituyen por dibujitos, emoticonos; pero que quede claro, una carita mandando un beso es un salir del paso, no es un mensaje de amor, no es la expresión de lo que sientes por esa persona en ese momento ¿cómo va a recibir la misma carita, tu amiga, tu madre o tu novio? El significado no es el mismo… pero escribirlo es molesto; «ya nadie sabe llamar por teléfono, y por lo tanto la gente se olvida de que sabe hablar». Tendemos a expresarnos de manera tediosa, mientras que «los antiguos griegos daban a cada color otro significado, un sentido de luminosidad, de gradación de claridad. Veían la luz y coloreaban su intensidad; así el cielo es broncíneo, ancho, estrellado, nunca es solo azul, y los ojos son glaucos, chispeantes, nunca solo azules o grises».

En fin, porque he descubierto cierta paz y orgullo en el pueblo griego recomiendo la lectura de La lengua de los dioses. Está claro que «haber estudiado griego antiguo imprime cierto carácter en la forma de hablar, de escribir y de pensar… Y seguirá… estando dentro de nosotros, y tenderá a salir a la superficie en formas y en situaciones inesperadas y fulgurantes. “Abre la mente”… No es sólo una cuestión lingüística, es una cuestión de actitud ante la vida…”

Esto afirma Andrea Marcolongo, y yo estoy totalmente de acuerdo con ella porque conozco a estudiantes de griego, que son tenaces en la comprensión de tradiciones culturales, porque conozco a Pepi, a Sara, a Ana, que han estudiado griego, son excelentes personas y saben vivir “dentro de ellas mismas”. Porque conozco a José Antonio, el mayor helenista que podamos imaginar, admirable por su plena libertad en la comprensión del mundo y quien, indirectamente, me instó a leer este libro. Y sobre todo porque conozco a Amaya, que no sólo ha estudiado Clásicas y se dedica a enseñarlas a jóvenes de la comunidad valenciana, sino que he descubierto en ella, al leer a Andrea Marcolongo, una forma de ser pura, precisa, paciente, humilde y orgullosa de lo que tiene.


No voy a decir que La lengua de los dioses deba figurar en el programa educativo pero sí que es urgente reavivar la fuerza de las Humanidades en colegios e institutos españoles «porque somos víctimas de uno de los sistemas educativos más retrógrados y obtusos del mundo» La pena es que dudo mucho que esto llegue a quien debiera.

domingo, 5 de noviembre de 2017

NO ME TOQUES



Cuando terminamos de leer No me toques tenemos la impresión de que la estructura era algo desordenada, esto es sólo una impresión, otra magia de la literatura, porque en realidad está escrita a modo de diario, es decir, ordenado por días de forma lineal; puede que encontremos algún flashback o prolepsis que aportan cierta sorpresa al lector, pero en general es como un informe policial que el comisario Luca Maurizi, de la Jefatura de Roma, escribe desde el 7 de junio de 2010 hasta el 5 de julio del mismo año, cuando da el caso de la desaparición de Laura Garaudo por concluido. En este “informe” aparecen cartas de amantes de la protagonista, notas de secuestro, noticias periodísticas… diferentes modalidades con distintos tipos de letra para que sigamos el caso como si fuese actual

IL MESSAGGERO
LA DESAPARICIÓN DE LAURA GARAUDO
PODRÍA SER UN RAPTO

Si esto es así, incluso cada capítulo lleva como título el día del mes, ¿cómo antes he señalado el desorden estructural? Puede que sea porque el contenido no responde a ninguna modalidad textual concreta, en realidad no es un diario, aunque sepamos casi en todo momento los pasos que va dando Laura; tampoco es informe porque el comisario Maurizi no va dejando en comisaría el resultado de todas sus pesquisas, y sin embargo el lector no solamente es consciente de dónde está Laura, sale de Roma y pasa por Florencia, Pisa, Padua, Murano, Madrid… sino que, y esto es lo más importante, va tomando conciencia de cómo es esta chica, una joven de vida algo desordenada, capaz de cambiar de amante de forma constante a pesar de estar casada con el famoso escritor Mattia Todini, un sesentón que sabe perfectamente de la vida sexual de su mujer pero no se inmiscuye porque la adora, y ella a él; por eso siguen juntos aunque Todini no quiera profundizar sobre el porqué del comportamiento extraño de su mujer; la deja sola el tiempo necesario para que se le pase un malhumor que la invade de vez en cuando, sabe que tiene cartas guardadas de sus amantes y es incapaz de leerlas por considerarlo una profanación y no le interesa investigar sobre respuestas o silencios que Laura tiene ante él, se conforma con tenerla a su lado y a ella le basta sentirse, más que querida, protegida por un señor que la cuida, la respeta, le da libertad absoluta y no se enfada con las imprudencias que pueda cometer. Es una relación extraña la que mantiene el matrimonio, y Luca Maurizi es el encargado de desentrañar cómo es cada uno. El retrato psicológico que consigue de Todini no es demasiado profundo pero le basta darse cuenta de que para él, su mujer es como una hija, la que quiere y venera pues supone el acompañamiento a su vejez; por eso decide, incluso cuando es consciente de que Laura no ha muerto, a pesar de que las pistas señalen lo contrario, continuar la investigación para llegar a entenderla, para profundizar en una personalidad difícil, para saber por qué ha desaparecido o ha decidido desaparecer.

Para ello se entrevista con todos sus allegados, amantes, examantes, el profesor de universidad con quien trabajó en una investigación sobre Nolli me tangere, un cuadro de Fra Angélico en el que ella fue capaz de intuir algo que hasta entonces no había salido a la luz; se entrevista con su única amiga, que lo conduce a otra obra artística que impresionó bastante a Laura, The cocktail party, una representación teatral de T.S. Elliot; esta chica es quien lo pone al corriente de una novela que Laura terminó, todos pensaban que la estaba escribiendo al amparo de su marido para sacar provecho, y se la dio a ojear a ella. Así pues, Giulia es la única persona que leyó la novela puesto que una vez que lo hizo, Laura la destruyó «…me dijo que se había percatado de que no había escrito una novela, sino un balance de quiebra […] la historia de un girar en el vacío […] Creo que fue esto lo que le dio miedo. Y por esa razón, cuando se la devolví, la quemó».

El señor Todini permite al comisario leer las cartas de Laura puesto que todo lo demás que le pertenecía, el ordenador, los libros, las llaves de un piso que tenía (y que pone en venta), su dinero… todo se lo lleva sin dejar rastro. De esta forma conocemos que, a pesar de su inteligencia, y de la pasión con la que la abordó, dejó a medias la tesis sobre Fra Angélico porque se enamoró perdidamente del cadete Ernesto, perteneciente a la Academia Naval; por esta razón lo dejó todo y se fue con él. Al poco, Laura le comunicó por carta que estaba embarazada a lo que Ernesto respondió aturdido, primero, pues no se encontraba preparado para tener un hijo, pero tras meditarlo, pidió permiso en su destino para reunirse con Laura y celebrar la noticia, sin embargo Laura ya había abortado. En este caso es Ernesto el que la deja al no entender su reacción, mucho menos el que hubiera tomado la decisión tan repentinamente.

Asimismo, al leer la obra de Elliot, el comisario avisa al señor Todini de que su mujer puede haber huido con Wilson Peixoto, una especie de padre espiritual que les presentaron en el homenaje a un escritor brasileño; de hecho, el abogado de Laura vende su casa y transfiere todo el dinero a una cuenta de Peixoto a modo de dote. Pero la idea de que Wilson Peixoto quiera aprovecharse de Laura no se sostiene dado que él es millonario.

Entre todas las pesquisas que Manzini va desentrañando con gran agudeza se encuentra con las barreras típicas de la sociedad, las noticias periodísticas que llevan a falsas pistas y la presión de la propia policía que lo insta a cerrar el caso para no quedar más en ridículo ante todos, así como la presión moral del propio Todini, que vive en continua congoja desde la desaparición de su mujer; incluso es internado en el hospital al leer la noticia de su secuestro. Pero ambos, Maurizi y Todini, saben que no ha sido recluida, que ella está bien y que va dejando pistas de por qué ha tomado la determinación de desaparecer. Y entre todos los que han tenido contacto con ella llegan a la conclusión final, sorprendente para el lector, pero lógica para una personalidad inconformista como la de Laura. Por medio de los diálogos Andrea Camilleri desentraña a fondo la psicología de Laura Garaudo hasta el punto de que el lector empatiza con ella y respeta su decisión, como así hace el comisario.

Camilleri escribe una obra corta, bien podría llevarse al teatro pues lo de menos son las fechas del seguimiento de la investigación o las analepsis que surgen de vez en cuando. Si el personaje queda perfectamente retratado es por lo que piensan y dicen de ella cada uno de los que han tenido contacto con Laura.

No me toques podría encuadrarse en el teatro psicológico, aquél que deriva del realismo y naturalismo de Meyerhold para imbuirse con Antón Chejov o Luigi Pirandello en una reflexión vital sobre los grandes interrogantes de la existencia, el ser, el parecer, la verdad, el tiempo… la muerte.

Pero no es teatro, es una novela dialogada en la que, el creador de Salvo Montalbano, que curiosamente esta saga policiaca no ha sido llevada al teatro pero sí adaptada a la televisión por el propio Andrea Camilleri, utiliza a otro policía con rasgos que nos recuerdan a Montalbano, como la inteligencia, la fidelidad, el ser un antihéroe, la cultura que posee derivada de la lectura, el razonamiento y, sobre todo, la falta de prejuicios. Al coincidir estos dos detectives en la base de las novelas, al tratarse de novelas policiacas en las que lo de menos es la acción y lo más importante el sentido del humor, la bondad, la ingenuidad incluso de los personajes, me da la impresión de que éste es el sello del autor, un guionista televisivo, director teatral y novelista nonagenario, lúcido, inteligente y bueno.

El estilo es bastante coloquial, al tratarse de diálogos es usual dejar frases inacabadas

—Quizá porque querían retrasar el descubrimiento del secuestro.
—Es posible, pero…
—¿Pero…?

O utilizar expresiones corrientes típicas entre el habla policial —o de cualquier trabajo—, siempre de superior a subordinado

—¿Y cuál es esta prueba?
—Una rosa del desierto
—¿Qué coño dice?
—Disculpe. La rosa estaba dentro de un paquete…

Asimismo encontramos reflexiones enigmáticas, tanto de personajes reales de la novela

—…Y, como es natural, de esas cartas habrá obtenido una imagen, como poco, pésima de Laura.
—Con sinceridad, no.

como de otras metateatrales que sirven para aportar soluciones definitivas

Reilly: […] Ha dicho dos cosas: ¿cuál es la primera?
Celia: Una conciencia de soledad… Que uno está siempre solo.
Reilly: ¿Y el segundo síntoma?
Celia: Éste es aún más extraño… es un sentimiento de pecado.

Por supuesto no falta el humor, el buen humor, hiperbólico, metafórico, derivado en este caso de la criada, más preocupada por sus labores cotidianas que por lo que les pueda ocurrir a sus señores, gente que vive otras experiencias más idealistas

—¿Qué podía hacer? Lo he arrastrado hasta la cama y he llamado a su médico.
—¿Qué ha dicho el médico?
—Que ha sido el golpe de la carta…
—¿El médico ha leído la carta?
—Eh, sí.
—Y ahora, ¿dónde está?
—¿El médico? ¡Y yo qué sé!
—No, hablaba de la carta.
—¿Y dónde va a estar? Sobre la mesa de la cocina.
—Déjela allí. Llego enseguida.
—Pero deprisa. Tengo que ir a hacer la compra.

Aunque parezca increíble, en este informe policial-diario dialógico, lleno de referencias al arte, a la cultura, y a la biblia incluso «Nunca le he preguntado si era creyente o no, pienso que no lo es, aunque aplica al pie de la letra el precepto “Ama al prójimo como a ti mismo”», hay un fondo poético que es lo que consigue que la novela se lea de un tirón, mientras experimentamos, con esa protagonista ausente, sus mismos sentimientos.

Como director y guionista televisivo conocí a Camilleri en la serie policíaca Montalbano; por cierto, le puso ese nombre a su protagonista en honor de Vázquez Montalbán, a quien siempre le estuvo agradecido por haberle descubierto los secretos de la novela negra; por eso, según el propio Andrea, al recibir en 2013 el premio Pepe Carvalho, fue «sentir el calor de la amistad». Debe ser eso, que los grandes y los buenos se juntan y quedan unidos eternamente.


Pues me gusto la serie del comisario Montalbano, también disfruté con el joven Montalbano, pero no conocía al Camilleri novelista y, aunque un poco tarde, me he sentido reconfortada por dos cuestiones, la primera es que queda gente buena en el mundo, la segunda es que se pueden pasar los 90 años con una lucidez increíble.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

EL SÉPTIMO CÍRCULO DEL INFIERNO


La última novela de Santiago Posteguillo, si es que podemos considerarla novela, es apasionante, aunque ciertamente su encuadramiento en un género literario sea difícil —esta sociedad nuestra que ha conseguido tenerlo todo estructurado, incluso nuestra mente—.

¿Por qué, entonces, El séptimo círculo del infierno la he incluido como tal? Puede que porque consta de una serie de personajes ficticios, u obras literarias que conviven con sus autores en cada capítulo y que, aunque no tengan una trama en común los veintinueve capítulos que la componen, sí estén regidos por un mismo tema, todos son personajes malditos pues la sociedad los ha incluido en ese círculo dantesco al que iban los criminales o los blasfemos. Y sin embargo, Santiago Posteguillo encierra en este séptimo círculo del infierno de la Divina Comedia, el río Flegetonte, de sangre hirviente, guardado por el Minotauro y centauros, en el que las harpías y perras famélicas devoran o lanzan piedras a quienes quieran abandonarlo, a todos los perseguidores de la literatura, sacando a la luz, como si de un Orfeo se tratase, a esos libros que nunca han debido estar prohibidos por ser considerados pecado.

El autor califica al libro de «viaje literario» por el que la Historia pasa, y en la que los autores deben sortear «persecuciones, enfermedades, pérdidas de seres queridos, prisiones, intolerancia, campos de exterminio, servicios secretos, dictadores y hasta corruptos». Realmente es un infierno, y lo más grave es que no ha terminado. En pleno siglo XXI y en plena democracia sigue estableciéndose una censura sutil, por eso Posteguillo critica abiertamente los libros catalogados, en la web de la librería del Museo del Prado, desde LA1, moralmente aceptables, hasta LC3, censurables del todo por sexo o cuestiones religiosas; lista a la que le gustaría pertenecer pues están, entre otros «Goytisolo, Benedetti, John Irving, José Luis Sampedro […] por mencionar algunos autores inmortales y perversos. Un dulce infierno». Asimismo, Posteguillo, ataca la reducción  de «las asignaturas de humanidades. Eliminan horas de historia, arte, latín, griego, literatura, filosofía y tantas otras materias claves en la evolución del pensamiento humano». Está claro que el gobierno tiene miedo, como lo han tenido los gobernantes de todos los tiempos, de que llegue un momento en el que aparezca la revolución más temida «la de la inteligencia». Gracias Santiago por ser tan directo, gracias por apoyar, de manera indirecta —o directísima— a tantos profesores que, consternados, ven impotentes cómo no pueden educar a sus alumnos por el simple hecho de que no hay horas disponibles.

Pero no es momento ahora de analizar la buena, mala o pésima situación educativa por la que atraviesa nuestro país, sino de profundizar en esos autores que este escritor ha rescatado del olvido e insta a que los leamos, que reflexionemos sobre lo que ellos ya hicieron tiempo atrás.

En el siglo VIII a.C., Safo queda unida, mediante la escritura, a la actualidad, en este capítulo aparece el padecimiento que, al separarse de su adorada Atis, dejó escrito en un poema. Para insistir en su dolor pero también en sus ganas de luchar por los derechos de la mujer, no me cansaré de recomendar Atardecer en Mitilene, obra teatral de Andrés Pociña.

Es curioso cómo Horacio, tan conocido por sus odas, en el año 42 a.C. dejó por escrito el miedo que sintió en la batalla de Filipos y su huida

Contigo compartí el desastre de Filipos y una huida poco honorable, abandonando mi escudo de forma innoble…

Y es curioso porque, a pesar de su vergüenza, si no lo hubiese hecho probablemente no habríamos podido leer los mejores versos de la poesía latina.

Otro dato extraordinario de este “viaje” es el del escritor Rustichello da Pisa quien, en el siglo XIII, conoció a Marco Polo en la misma celda y redactó sus viajes, asombrado de que hubiese visitado Asia, porque Marco Polo no sabía escribir y, curiosamente fue Rustichello quien lo dio a conocer a la posteridad, aunque él, que «ya tenía algunos romances en lengua provenzal sobre los caballeros del rey Arturo […] fue un escritor tan genial como invisible».

Si hablamos de escritores invisibles no debemos olvidar a Cristina de Pizán quien, muertos su padre y su esposo, siguió adelante, sola, escribiendo, y en el siglo XIV fue capaz de entregar todo un manifiesto en favor del reconocimiento de los derechos de la mujer «germen de ideas feministas» La ciudad de las damas, leída o conocida por muy pocos en el siglo XXI.

Creo que a estas alturas queda clara mi admiración por el Siglo de Oro, por eso me ha encantado recordar ese Hombres necios con el que sor Juana Inés de la Cruz burló a la censura de la Inquisición, la misma que le prohibió ir a la universidad sólo `por ser mujer «siempre tan necios andáis / que, con desigual nivel, / a una culpáis por cruel / y a otra por fácil culpáis».

En el siglo XIX, nuestro donjuán por excelencia, José Zorrilla, intentó enamorar a Emilia Serrano a golpe de verso y, una vez que lo consiguió se zafó de ella como si fuese el propio Tenorio. Pero Emilia no quedó maltrecha, llegó a ser baronesa de Wilson y escribió numerosos artículos, obras literarias y el primer libro de viajes sobre el continente americano que existe, aun así todos recordamos los versos ripiosos y machistas de Zorrilla y pocos se acuerdan de la baronesa.

En fin, El séptimo círculo del infierno está plagado de sorpresas, la mayoría de ellas referidas a mujeres que han debido luchar contra el intrusismo, la ignorancia o el olvido, como Concha Espina que no llegó a conseguir el Nobel por un voto, y que a pesar de ser feminista, liberal y católica en el siglo XX, pocos han leído su novela El metal de los muertos, sobre los mineros en Córdoba, donde fue y convivió un tiempo para escribir con plena conciencia y denunciar las condiciones en las que trabajaban.

Sin embargo a Pearl S. Buck sí le concedieron el Nobel de literatura y, aun así estuvo proscrita en China desde que llegó el comunismo por haber tomado «una actitud distorsionada y vil hacia la gente de la nueva China y sus líderes», a pesar de haber luchado por la discriminación de los chinos en EE.UU. y haber constituido una agencia de adopción para niños mestizos que nadie quería.

Otra que fue vetada por el Comité de Actividades Antiamericanas, por haber simpatizado en algún momento de su vida con los comunistas, fue Vera Castany quien, a pesar de que sus novelas adaptadas al cine supusieron verdaderos éxitos de taquilla, no pudo escribir durante 10 años.

Son mujeres que han combatido el horror, que han superado su miedo al maltrato, la tortura, y se han impuesto sobre todos aquellos que sí han caído en el olvido como el marido de Buchi Emecheta, nigeriana que hubo de separarse para poder escribir, al tiempo que trabajaba, sacaba a sus hijos adelante y recibía el premio de la Orden del Imperio Británico. Premios que, a veces y a pesar de ser siempre justos y merecidos, no trascienden lo que debieran. En ocasiones, alguna famosa y aceptada, como Doris Lessing, llegó a utilizar un pseudónimo, a modo de experimento, sin obtener reconocimiento; de hecho al firmar como Jane Somers en obras similares a las que tuvieron éxito, éstas fueron catalogadas como «un precioso suéter tejido por una mujer con artritis», mientras que utilizando su nombre real consiguió el Nobel de 2007.

Todos conocemos, o al menos hemos oído hablar del spanglish pero pocos saben que este idioma puede que se deba a Dolores Prida, cubana que tuvo que exiliarse a Nueva York donde escribió su teatro de esa forma. Probablemente la cátedra de spanglish de la universidad de N. Y. se formó gracias a ella.

Merece la pena leer El séptimo círculo porque no sólo expone anécdotas o sucesos de otros tiempos sino otros totalmente actuales que todos deberíamos conocer, como que en 2004 se estrenó en Londres Romeo y Julieta en O.P. “original pronuntiation” y resultó que, teniendo en cuenta los cambios fonéticos surgidos desde hace años, los chistes del genio universal sonaban mejor y eran más atrevidos, pues al pronunciar como se hacía en el barroco, no se traducía «De hora en hora, maduramos y maduramos, / de hora en hora, nos pudrimos y nos pudrimos» sino «De puta en puta, maduramos y maduramos, / De puta en puta, nos pudrimos y nos pudrimos». No cabe duda de que este verso haría reír mucho más a un público ávido de morbo en los juegos de palabras y que hoy podemos recuperar en el Teatro Globe.


Y merece la pena llegar al final del viaje para ser testigos de la feroz crítica que Posteguillo hace no sólo a estos culpables del abandono de la cultura humanística; también arremete contra los gobernantes que, incultos e incapaces de pensar en algo que no sean ellos mismos y su bienestar, realizan experimentos con seres vivos sin saber nada de ciencia o de otra cosa que no sea corrupción, como el caso de Ana Mato que decidió matar a Excalibur, el perro de una enfermera contagiada de ébola, por si su animal de compañía lo transmitía al resto de la sociedad, en vez de preocuparse, como han hecho en otros países, de promover laboratorios y científicos en condiciones que puedan resolver estos problemas. Ya ha pasado un tiempo, y España sigue a la cola de la ciencia, así pues, nuestro autor nos ofrece una lista de perros que, a través de la literatura, lo han dado todo por sus dueños: Pilot, en Jean Eyre, Argos y Ulises, Buck, en La llamada de la selva, Crab, de Los caballeros de Verona, Laska, de Ana Karenina, Fang, de Harry Potter… o Cujo, el perro con rabia de Stephen King, que le regalaría a la ex ministra, Ana Mato.

jueves, 19 de octubre de 2017

LLUEVE SOBRE MI LÁPIDA


En la última novela de Juan Ramón Barat he encontrado los aspectos literarios que definen al autor junto a otros nuevos que me han sorprendido gratamente. Así pues, si ya me gustaba la narración de este valenciano, y no dejo de recomendarla a los jóvenes porque creo que es una buena fuente para iniciarse en la lectura, ahora considero que se hace imprescindible. Cualquier chico, a partir de 12 años (es por poner la edad con la que suelen entrar al instituto porque no me gusta etiquetar la literatura, de hecho yo sigo leyendo intrigada sus aventuras, puede ser que incluso antes también sea bueno que lean estas novelas), se siente fascinado por las tramas de Daniel Villena, el protagonista de una saga que empezó con Deja en paz a los muertos —que supuso un éxito rotundo— y ha terminado, por ahora, con Llueve sobre mi lápida. La mezcla de aventuras, peligro, investigación, realidad, suspense y personajes malísimos que son descubiertos por el protagonista es todo un acierto, una llamada al lector para que no se aburra; de hecho a la novela no le sobra ni le falta una sola página. Los capítulos se suceden con naturalidad y siempre terminan en un clímax acertado para que los lectores ansíen seguir leyendo. De la misma forma, el relato concluye dejándonos igual de intrigados que los anteriores, aviso claro de que habrá una próxima entrega.

En la anterior de la saga, La sepultura 142, Daniel Villena vio, sólo él, un coche rojo con el que terminó la novela; coche que ha tenido protagonismo en Llueve sobre mi lápida «Intenté mover mis pies, pero era imposible. Mis zapatos se habían adherido al asfalto de manera siniestra. Alcé los ojos aterrado […] y vi con espanto que nadie viajaba en el interior de aquel automóvil. Un Alfa Romeo rojo». También esta última acaba con otra visión de Daniel, así que esperamos impacientes la próxima.

Es un recurso que Barat maneja a la perfección, mantener la curiosidad, por eso es absolutamente recomendable para nuestros adolescentes y jóvenes.

Otro recurso es el empleo perfecto de la lengua, las expresiones coloquiales propias de cierta edad conviven en armonía con otras cultas, de un lirismo exquisito; abundan las metáforas sin resultar empalagosas, aumentando la belleza de lo escrito, algo que empieza a olvidarse, por desgracia «La carretera zigzagueaba como una serpiente plateada. La extensión ilimitada del firmamento se combaba sobre el mundo y en ella flotaba la luna creciente vertiendo una blancura sulfúrica sobre la oscuridad».

Las personificaciones añaden tensión a situaciones ya de por sí intimidatorias «Contemplé la tumba, roída por la humedad y devorada por el paso del tiempo».

Hay comparaciones totalmente poéticas que acrecientan el sentimiento del protagonista «Alicia temblaba como un árbol azotado por el viento».

Las frases cortas ayudan a profundizar en la crítica hacia estos países en los que vivimos y sin ningún pudor llamamos prósperos o simplemente civilizados «Estoy llorando mientras te escribo, mamá. Me siento muy triste. Pienso que el trabajo infatigable que hacemos no sirve para atajar esta hemorragia de muerte. La guerra en Somalia no es la única […] África entera se desangra en una guerra sin sentido. Y los países desarrollados no hacen nada».

El léxico culto ayuda a la función poética: palmatoria, sudario, cirio, luz espectral, flanqueaban…

Al mismo tiempo, y en feliz armonía, aparecen expresiones coloquiales hiperbólicas «¡Dios mío! ¡Me duele hasta respirar!». Locuciones que empezaron en la jerga juvenil y se han instalado en todas las edades «Este tío me da mal rollo», «estás como una cabra». Enunciados familiares «Me rugen las tripas». Dichos escatológicos «la mierda de los murciélagos…». E incluso metáforas empequeñecedoras que recuerdan a las usadas por Dante en su Divina comedia «y yo conduje con la cabeza hecha un avispero».

Otra técnica que da verosimilitud a la novela es el concepto de la familia, ya que, al ser un valor fundamental en las novelas de Barat, y sin caer en la cursilería, el autor plantea una relación de confianza, de respeto, libertad y amor; eso también gusta porque parece utópico, pero por eso es literatura, además son situaciones que aunque en la realidad no abunden demasiado, hay conexiones familiares en las que predomina el buen humor

—No seas protestona. Lo bien que lo estamos pasando aquí […] En Gélber te estarías aburriendo, todo el día tomando el sol, como las lagartijas…
—Hombre, ahí te doy la razón –concedió Alicia–. Desde luego contigo es imposible aburrirse. Con tanto muerto y tanto fantasma…

Otro recurso, sin lugar a dudas el más importante, es la sensibilidad de Daniel Villena para intuir, soñar e incluso vivir situaciones que en principio parecen paranormales pero que se van desarrollando desde una perspectiva lógico-deductiva, tal y como actúan la policía o los detectives. Comento esto porque, si es que alguien lee estas críticas, quiero que aquellas personas que por su religión o convicciones tienen prohibido creer en aparecidos, fantasmas, o muertos vivientes, no dejen de leer estas novelas. Aquí todo es real, los vivos están muy vivos y los muertos pertenecen al mundo de los sueños.

De hecho, en Llueve sobre mi lápida aparece un recurso de la Antigüedad: el sueño dentro del sueño, algo que en la realidad algunos hemos experimentado, soñar que soñamos, y ahí reside la confusión, pues si sueño que sueño ¿no estoy despierto? Esta pregunta es la que atormenta regularmente a Daniel, porque lo vive una y otra vez «Entré en el hostal sin hacer ruido, subí las escaleras de puntillas […] Abrí la puerta con cuidado para no despertar a los que dormían en las otras habitaciones. Al fijar la vista en la cama, ahogué un grito de pánico […] yo estaba durmiendo profundamente. Como un angelito. ¿Cuál de los dos era yo en realidad?».

Son novelas que no atentan contra nadie ni contra nada, al contrario tienen un fondo didáctico y moral, la finalidad que persiguen los protagonistas es ayudar a los demás y hacer el bien.

Dicho esto, en Llueve sobre mi lápida he encontrado algunas diferencias respecto de las anteriores. La primera es la madurez del protagonista, Daniel es un adulto en toda regla, ha terminado primero de periodismo y disfruta de más libertad; tiene permiso de conducir, y que su padre le deje el coche le permite moverse con total autonomía. Esto nos lleva a la segunda diferencia; el protagonismo que tenían sus padres y hermana ha cedido algo en favor de Alicia, su novia, quien puede considerarse, al menos en Llueve sobre mi lápida una coprotagonista. Entre ambos forman una pareja de detectives en la que ella, si bien toma la iniciativa alguna vez, es sin duda más audaz, imaginativa y realista. En La sepultura 142 ya encontramos cierto feeling entre ellos, pero ahora el nivel de comunicación y seguridad al que han llegado como pareja es envidiable. Por eso hay más escenas eróticas, que no de sexo, en esta novela que en las anteriores; los protagonistas han crecido y sus deseos también, aunque no se explicite demasiado sino que se insinúe:

—Eso es una declaración de amor.
Sus ojos color de caramelo me miraron intensamente. Su barbilla empezó a temblar.
—Tendrás que ser más convincente –musitó.
La levanté en volandas y crucé con ella media casa hasta llegar al salón y colocarla con cuidado sobre el sofá.
—Conque tengo cuerpo de saltamontes, ¿eh?

También es cierto que tanto el papel de Alicia como el de Daniel están marcados como viene siendo habitual en las parejas reales de jóvenes, ella está totalmente enamorada de él y no necesita a nadie más. Daniel también está enamorado de Alicia, eso es indudable, si bien a veces pueda sentirse atraído por otra chica, aunque sólo sea físicamente. Debe ser que las mujeres somos diferentes al menos en la juventud; si nos enamoramos sólo tenemos ojos para esa persona, ellos pueden separar los sentimientos.

Sin embargo está claro que en la novela hay un punto feminista muy importante, no sólo por el papel de Alicia, no sólo porque son mujeres, primero Inés Molina y luego Irene Villena, la hermana de Daniel, las que muestran una solidaridad extrema con los necesitados, no sólo porque es Alicia la que salva la vida a Daniel, y porque Úrsula contribuye a terminar con la maldición de Aurelio Valdivia. Es por todo, y puede que sea la conjunción de mujeres que rodean a Daniel Villena, por lo que él las trate también con un afecto especial, con cariño y respeto «Alicia se reía con Irene. Y yo comencé a ver a mi hermana con otros ojos […] Para ser sinceros, yo empezaba a sentirme orgulloso…».

También he encontrado en Rosaura, amiga de Inés, al espejo del propio autor. Rosaura es profesora de instituto, es una consumada lectora y autora de poesías y letras de canciones. No conozco en profundidad a Barat pero me atrevería a asegurar que también es tranquilo y disfruta ante una infusión y, por supuesto, Rosaura como Juan Ramón son músicos, ambos tocan la guitarra. Y nadie que no sea profesor puede dedicarnos palabras tan ciertas «la literatura es un mundo. Y la docencia. Creo que tengo suerte. Ser profesor es una tarea que exige dedicación. Tienes tus malos momentos, pero también te llevas muchas alegrías […] El profesor es un espejo donde la mayoría de esos jóvenes se mira todos los días. Es una gran responsabilidad».

La novela merece la pena porque como hemos visto no sólo se lee con facilidad, con intriga y apasionamiento, no sólo porque el argumento esté bien construido y el estilo no lo desdiga para nada, sino porque además fomenta una serie de valores que desgraciadamente nos tocan muy de cerca y se están perdiendo, o hace que nos demos cuenta de que nuestra insensatez, derivada de obtener más beneficios en nuestra sociedad, colabora a que nos olvidemos del cambio climático «—Me dijo que se iba a apuntar a SOSUR. —¿A esa plataforma que lucha contra la desertización del sureste español?».


Y, lo más importante, esa insensatez consigue que nos olvidemos de todos aquellos que no somos nosotros, unos porque nos pillan demasiado lejos, otros porque están tan cerca que los vemos desdibujados «Cada día llegan mil personas nuevas buscando ayuda […] muchas deben permanecer en las colas dos semanas para recibir su primera ración de alimento o su primera atención sanitaria»